No todo van a ser manzanas o naranjas, albaricoques o plátanos. A veces la naturaleza se divierte y crea un árbol de guitarras.

Claro que para que eso pueda llegar a suceder, se ha de contar con un sitio adecuado. Una pequeña colina en algún punto de una llanura. Ni seca ni anegada. Ni amarilla ni verde. Pero lo suficientemente lejos del ser humano, porque, para que un árbol de guitarras llegue a darse, se necesita tiempo en soledad.

Su semilla fue a parar a ese preciso lugar y tuvo tiempo, agua y viento para formar un tallo. Y ese tallo tuvo tiempo, agua y viento para formar el tronco. Un tronco corto que pronto se dividía formando una uve o unos brazos abiertos. De tono más bien gris, como las ramas, desnudas en invierno, con hojas duras en verano. Hasta aquí, nada extraordinario.

Pero el tiempo acabó trayendo flores, rosadas y en corimbo, y, por fin, las flores dieron fruto. Para cuando el árbol fue descubierto, las guitarras, aún pequeñas, colgaban de las ramas como si tal cosa, con sus cajas, sus mástiles y sus cuerdas. Dieciséis frutos en total.

El árbol de guitarras fue descubierto por un viajero con gato, lo cual tampoco es que sea habitual. Hacía años el gato se pegó a él y él se dejó acompañar, pues ni uno ni otro hacían preguntas. Desde entonces viajaban juntos, más bien en silencio y sin condiciones, pues en cualquier momento sus caminos podían separarse como las ramas del árbol de guitarras.

Hablar de un gato tiene importancia porque, en realidad, él fue el primero en fijarse en el árbol. Se acercó dejando atrás al viajero y se quedó un rato mirándolo desde abajo. Tras ese rato, el viajero echó de menos al gato y lo buscó en derredor. Allá lo vio, contemplativo a los pies de un árbol solitario en una pequeña colina. Se acercó y entonces reparó en aquello que llamaba la atención del gato, las guitarritas pendientes de las ramas. “¡Vaya!”, fue lo único que dijo y también se quedó a observar.

Al cabo de unas horas, llegó el hambre, así que el viajero decidió que la sombra de aquel árbol sería igual de buena que otra para comer y así, mientras tanto, estaría cerca por si sucedía algo. Otras horas más tarde llegó el cansancio, así que el viajero decidió que los pies de aquel árbol serían igual de buenos que otros para dormir y así, mientras tanto, estaría cerca por si sucedía algo. El gato prefirió un lugar algo más elevado, así que trepó y se arrulló en una de las ramas más gruesas. El último pensamiento del viajero antes de dormirse fue que quizás la noche, la ausencia de luz, trajera respuestas.

Quizás respuestas no fueran, pero la madrugada sí vino con cosas que contar. Las guitarras empezaron a sonar. Las dieciséis. Acompasadas en una misma melodía. Una cadencia de ritmo lento, de olor nostálgico. A volumen de guitarra cachorro, eso sí.

El gato saltó al suelo asustado y el viajero se incorporó con las primeras notas. A las cuerdas no las movía el viento y, aun así, sonaban. El viajero se rascó la cara, pensó “¡vaya!” y siguió escuchando.

A los pocos minutos la música cesó. El viajero volvió al catre y el gato, aún con miedo, esta vez se quedó cerca.

La música no volvió a sonar durante el resto de la noche. Al despertar, el viajero y el gato se miraron y luego al árbol. “¡Vaya!”, dijo el hombre, que sonaba a algo así como que podía reemprender su camino y que, sin embargo, no lo haría. De momento se quedaría cerca por si una nueva noche traía una melodía distinta.

Pero no. Esta se repitió. En ejecución, duración, volumen (las guitarritas seguían siendo cachorros). Después del segundo día, hubo que esperar para comprobar si algo diferente sucedía con el cambio de estación. Y después, con el cambio de año… 

Para cuando cambió el año, en la llanura, en la colina, junto al árbol, veíase una cabaña. Porque a veces la naturaleza se divierte con un árbol de guitarras. Y un viajero deja de viajar para quedarse cerca. Y un gato no sale huyendo, aunque tenga miedo…

La melodía seguía dividiendo el sueño en dos: el de antes, de esperanza; el de después, de seguridad. Y dieciséis guitarras cherrys sonando con olor a nostalgia.

Así parecía que iban a quedarse las cosas, en una casual eternidad plantada en una colina. Pero la naturaleza no se divierte para siempre y una noche el antiguo viajero se despertó sin que sonara música alguna. El gato merodeaba el árbol. Una guitarra debió de creerse madura y había caído al suelo. El hombre se atrevió a hacer algo distinto: por vez primera, tocó uno de los frutos del árbol. Lo recogió del suelo con su mano y fue a observarlo a la luz del candil. 

Y mirando lo que había en su mano, se dio cuenta de cómo se escribe a veces el final de una historia. Sintió de golpe el peso de sus huesos, los de alguien que anduvo en demasía. Sintió que su sangre ralentizaba su discurrir. Sintió, en definitiva, todo el cansancio de una vida y dijo: “¡Vaya!”. Miró al gato, miró al árbol y de nuevo a su mano, la cual sujetaba una pera.

Sin soltarla, se la acercó al pecho y se tumbó para acabar.

Cayó otra pera. El gato se alejó de allí.

Lectura recomendada a partir de 12 años

Etiquetas: Mayte Guerrero, Narrativa juvenil, relato