Imagen sacada de Pinterest

Mercedes G. Rojo

Hace algún tiempo, cuando vosotros erais tan pequeñitos que aún erais unos bebés recién nacidos, existió, en algún recóndito lugar, una princesa con una imaginación tan desbordante que todo lo que hacía lo convertía en una aventura fascinante. Y, así, el parque que rodeaba su castillo era como un bosque mágico en el que habitaban seres fabulosos; las películas que veía en el cine se adaptaban a su propia fantasía; y hasta las visitas que por protocolo real o por simple placer realizaba a la catedral se convertían en escenarios de las historias más disparatadas. 

Y así recuerdo que una cálida tarde de otoño en la que la princesa leía al sol, en la terraza de la torre más alta de su palacio, pasó sobre ella, surcando el cielo, un avión. Volaba tan bajo que se oía perfectamente el rugido de sus motores y el ruido que provocó al pasar consiguió distraerla de su lectura justo a tiempo de ver como el aparato dejaba caer sobre el parque del castillo una especie de espuma de colores que cubrió momentáneamente árboles, suelo y cuanto sobre el mismo se encontraba. Sin perder un solo minuto, la princesa abandonó su lectura y bajó rápidamente a ver qué estaba sucediendo en el jardín. Cuando llegó allí le pareció que, aparentemente, todo estaba en orden; hasta que se adentró en la zona más arbolada del mismo. Descubrió entonces como, bajo la sombra del más alto y frondoso de los árboles, se extendía un grupo de coloridas setas que nunca antes había visto. Se acercó curiosa a las mismas y, al hacerlo,  creyó descubrir un montón de diminutos bichitos que se movían rápidamente, de un lado a otro, entre ellas. Se acercó con precaución y observó divertida que “aquello” que se movía tenía un característico color azul y  que no eran otra cosa que ¡pitufos! Ella nunca había visto ningún pitufo de verdad, es más, hasta ahora siempre había pensado que solo eran seres fantásticos que vivían en la mente de los guionistas de los dibujos animados con los que a veces entretenía sus tardes. Estaba a punto de darse media vuelta para subir a su habitación, en busca de una lupa que le permitiese seguir con más facilidad los movimientos de aquellos diminutos seres, cuando de pronto oyó un gran ruido que venía del otro lado del parque. El ruido tampoco pasó desapercibido para los pitufos que rápidamente abandonaron sus casas- seta para ir a esconderse en un hueco del árbol que les daba cobijo. La princesa, en vez de asustarse también, cruzó decidida el parque para ver que pasaba y, al otro lado del mismo,  descubrió un grupo de cerditos que corrían despavoridos delante de un fiero dinosaurio, uno de esos que llaman “velocirraptor”, que los perseguía con ganas de devorarlos. Al descubrir a la princesa entre los árboles los cerditos le hicieron señas para que les ayudara, pero ella estaba tan asombrada por la presencia de aquel bicho de aspecto tan impresionantemente fiero que ni se fijó en sus aspavientos,  petrificada como estaba mirando al dinosaurio con la boca abierta. Menos mal que justo en el momento en que el velocirraptor iba a echar sus garras sobre los asustados cerditos, apareció dando saltos un pollito, que lanzando sobre dinosaurio una larga cuerda a modo de lazo–al más puro estilo vaquero-, consiguió sujetarle con ella la mandíbula y mantenerle la boca cerrada mientras se subía a su grupa para dirigirlo hacia un lugar bien, bien lejano. Los cerditos aplaudieron entonces a aquella diminuta cría de ave como a un auténtico superhéroe, porque en realidad era como el pollito se había comportado, y es que  ya me diréis si no como un animal tan pequeño iba a hacerse con el control de un velocirraptor y salvar a aquellos incautos cerdos de ser devorados por él. 

Pero esta no es la única historia de cuento que nuestra princesa podría contar. Otra  tarde cualquiera ella acudió al cine a ver una película que trascurría en el fondo del mar. Como es lógico imaginar, ésta estaba llena de animales marinos, animales de todo tipo que cantaban y bailaban al son de hermosas canciones. Como era una gran aficionada a la música y a la danza, aquella tarde disfrutó de lo lindo, especialmente cada vez que en pantalla aparecía alguno de los cuatro animales que más le entusiasmaron, hasta tal punto que –en esos momentos- ella se dejaba llevar alegremente por la música y cantaba y bailaba desde su butaca. Aquella noche, ya en su cama –siguiendo la rutina de todos los días- cogió para leer un libro de su estantería, con aquella historia marina flotando aún en su memoria. Las páginas le mostraron la historia de Caperucita Roja, una niña que atravesaba el bosque recogiendo flores mientras iba de visita a casa de su abuela para llevarle unas viandas. Era uno de sus cuentos favoritos, pero estaba tan cansada que se quedó dormida en mitad de su lectura. Y la niña de la caperuza apareció  en medio de sus sueños caminando por un bosque de algas marinas que se elevaban  sobre su cabeza intentando alcanzar la superficie del mar que brillaba espléndido iluminado por la luna.  A su alrededor nadaban brillantes peces de colores y numerosas criaturas marinas la espiaban por doquier. Se acercó a una diminuta estrella de mar y la cogió para prendérsela  a modo de broche en su roja capa. Después  recogió con cuidado a un viejo cangrejo ermitaño que se había refugiado en una hermosa y vacía caracola desde donde interpretaba una hermosa melodía y lo depositó sobre su mano para verle tocar mejor. 

La  luz que se filtraba entre las aguas era cada vez más tenue y Caperucita supo que era hora de volver a casa. Desconcertada miró a un lado y a otro para darse cuenta de que no sabía como volver y comenzó a ponerse muy nerviosa, hasta que notó como una redonda esponja de mar nadaba junto a ella susurrándole al oído un consejo: 

  • ¡Busca al pulpo azul que se esconde entre las rocas porque solo él podrá  ayudarte a volver a casa.

             Así que, ni corta ni perezosa, allá que se dirigió la niña para contarle al cefalópodo de su angustia y solicitar su auxilio para volver a casa. Posó entonces el pulpo cada una de sus ocho patas sobre los hombros de la chiquilla, tomó aire y se infló como si de un globo se tratara, un globo que comenzó a deslizarse mar arriba con intención de alcanzar la superficie cuanto antes. Al principio se deslizaba muy despacio pero poco a poco fue alcanzando tal velocidad que Caperucita empezaba a sentirse un poco mareada. Estaban a punto de alcanzar la superficie cuando el libro que sostenía la dormida princesa sobre sus piernas cayó al suelo con un estrépito tremendo que la despertó de su sueño. Mientras lo recogía y lo devolvía a su estantería se rió para sí misma dándose cuenta de que una vez más su imaginación le había hecho una trastada y había mezclado en una misma historia a los personajes de, por lo menos, dos cuentos diferentes. 

Tampoco la catedral estaba a salvo de sus ataques de fantasía. Era este templo de su reino grande y bello como la misma catedral de la ciudad de León. Para la pequeña soberana era un lugar mágico, siempre oliendo a velas y a incienso, con la música del órgano deslizándose entre sus columnas y un derroche de luz entrando a raudales por las vidrieras que lo iluminaban todo de colores. Cuando podía escaparse por unos segundos de sus compromisos, le gustaba sentarse en un banco y observar con atención las diferentes escenas que llenaban de historias aquellos cristales coloreados que eran para ella como el mejor de los  libros ilustrados,  lleno de personajes que compartían con ella las mil y unas aventuras de sus vidas. En una de esas visitas, sentada bajo una gran araña de cristal que colgaba del techo, la princesa miraba con atención el hermoso dibujo de unos camellos que se mostraban en la vidriera más próxima a sus ojos. La luz del sol entraba por ella  de tal forma que parecía  les diera vida y movimiento a aquellos animales, y se quedó absorta mirándola.  Tal  vez por ello no se dio cuenta de cómo aquella araña de cristal bajo la que se encontraba sentada, comenzaba a transformarse moviéndose sobre ella lentamente, acercándosele en silencio, pues parecía haberla convertido en su próxima presa. Menos mal que, en otra de las vidrieras, un enorme dragón de cola roja vigilaba expectante sus movimientos para impedir que nada le ocurriera a la real chiquilla. Y justo cuando la araña iba a abalanzarse sobre la princesa y el dragón sobre la araña para que esta no alcanzase su objetivo, justo en ese momento, un luminoso rayo de sol se coló por un agujero abierto en la vidriera del fondo deslizándose hacia los ojos de la princesa que se vio arrancada rápidamente del sueño. 

Y entonces sucedió que… pero bueno esa es otra historia que ya os contaré otro día porque 

colorín colorado

esta historia aún no ha acabado. 

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