Imagen tomada de Pinterest

AMIR

Amir llevaba unos cuantos días, rascándose su peludo cuerpo con desesperación. Como era un gato muy presumido se sentía mal por verse tan despeinado. Su amo, Ahmed, estaba muy preocupado porque a pesar de ser un invierno muy frío observaba que el animal se escapaba  todas las mañanas al jardín a revolcarse en la tierra escarchada. Daba tres o cuatro volteretas, hacía fú otras tantas y regresaba al hogar en busca de calor.

 Ambos vivían solos en una pequeña casita de las afueras de Villaviciosa, casa cedida  por Venan, un amigo con el que habían viajado desde Rabat. Allí,  Ahmed había trabajado al servicio de este gran amigo,  profesor de español, hombre bueno y generoso, que, entre otras cosas buenas, le había regalado al pequeño Amir. Por aquel entonces el animal era  una pequeña bola peluda, simpática y glotona. Ahora, en cambio, era un gato de abundante pelo largo dorado, con orejas y rabo blanco, cariñoso y juguetón.

Pasaban los días y el pobre felino seguía con sus picores, no tenía hambre  y ni siquiera salía a dar el paseo de las tardes para encontrarse con sus amigos del barrio. La última vez que se había reunido con ellos, la gatita Vietni se había reído de él y su orgullo gatuno había quedado muy herido. Estaba un poco enamorado de ella y había pensado pedirle ser su novio, pero después de aquellas risas había decidido mandar a Vietni a la mismísima porra.

-Ja, ja… pareces un mono de feria- le había dicho la gata con una pícara sonrisa. Él no había podido olvidar aquella horrible sensación de ridículo, porque si algo indigna a un gato es verse despreciado por su amada. Así que entre los picores del cuerpo y su corazón medio destrozado por la actitud de sus amigos, Amir estaba un poco deprimido.

-¿Qué te pasa?- preguntaba su amo con insistente dulzura intentando acariciar a su querido gato, que rechazaba ser tocado.

-Miaaaaaauuuu- refunfuñó Amir. 

Estaba de los cohetes, sentía como si le estuvieran mordiendo su cuerpo y no podía expresarlo con el lenguaje de los humanos.

Aquella actitud tan extraña provocó que Ahmed pensara en telefonear a su amigo. Le daba un poco de vergüenza llamarle para contarle su preocupación, pues bastante le debía con disfrutar gratis de su casita pero, sobre todo, por haberle ayudado a encontrarle su estupendo trabajo en una empresa de construcción. ¡Le debía todo! Por eso, todas las mañanas oraba por él y su familia, agradeciendo  la bendición de haber llegado a este país gracias a él, por tener paz, un mísero sueldo, pero una vida digna muy alejada de la que había llevado en su país hasta que Dios quiso que Venancio se cruzara en su destino.

Pero no le quedaba otra alternativa. Amir era como una especie de niño para los dos, así que decidido le llamó un sábado por la tarde.

Venansio! ¡Venan! ¿Qué tal os va por casa? ¿Todo bien?  Espero que sí.  Yo feliz, siempre felís, pero preocupado por nuestro querido Amir, no come, está triste y se pasa el día rasca que te rasca, va a quedarse cojito de su patita trasera…, hasta salta en el aire de desesperación- explicó con exageración. -¿Qué puedo hacer? Empieza a perder su pelo. Cuando se deja coger veo que tiene como heridas en la cabeza y en las orejas, Venan.

– No te preocupes, amigo. Voy a coger el coche,  prepárame un té, que dentro de media hora paso por tu casa. 

Antes de los treinta minutos señalados, Venancio se presentó con Laila, una amiga común, emigrante de Rabat,  que había estudiado veterinaria en España. Ahmed se puso muy contento por la visita, pero Amir corrió a esconderse debajo del sofá, pues su culete recordaba los pinchazos de las vacunas que Laila solía ponerle. No estaba dispuesto a sufrir más. Los tres se echaron a reír, tomaron su té con calma observando los movimientos del pobre gato, que no solo se rascaba, si no que emitía maullidos un poco escandalosos, mezcla de dolor, mezcla de tristeza.

Laila logró coger a Amir, le miró con su otoscopio y dio el diagnóstico a sus amigos: ¡sarna! Está infectado de sarna y ha podido contagiarte, querido Ahmed. Tienes que lavar los cojines, su mantita, limpiar el sofá…., todito todo, con lo que haya tocado el gatito para desinfectarlo.

La experta doctora fue a por su maletín, sacó unos antibióticos y un champú seco para aliviar las dolencias del pobre Amir; y también ¡unas tijeras! Y sin consultar a sus amigos: piti, piti, piti,… empezó a cortar el pelo al querido gato, que aliviado, por fin, dejaba de quejarse. Venan y su amigo no paraban de reírse del nuevo aspecto de Amir, al tiempo que le animaban: -¡qué guapo estás! ¡Pareces un elegante príncipe gatuno!

Llegada la noche, después de la cena, Amir, se miró en el espejo del salón y dio un salto enooorme: -¡Por San Antón! ¡Qué pinta más rara tengo! ¡Ahora sí que seré la risión de mis amigos! ¡No me verán así! ¡Qué vayan a reírse a otra parte, pero no de mí!- se dijo para sus adentros. Ahmed se acercó  a él y como si hubiera adivinado sus emociones, comenzó a acariciarle en silencio. Lo cogió en sus brazos y se fueron a dormir.

A la mañana siguiente, después de su desayuno, cuando Amir estaba contemplando el jardín desde el amplio ventanal se encontró horrorizado con sus amigos. Estos se habían acercado a dar un paseo por su propiedad. Atónitos ante la nueva imagen de su amigo, se quedaron paralizados, todos menos Vietni que exclamó: -¡Qué guapísimo estás Amir! ¿Te animas a dar un paseo? Hoy hace un sol…- añadió con sugerente voz.

-Gracias, Vietni, pero, pero….no sé, otro día. 

Dudaba de las intenciones de su amiga, pero ante las insistencias recibidas esa tarde por parte del grupo, decidió salir de casa, no sin antes despedirse de su amo, que dormía plácidamente ante la televisión.  E

Pancho, Manuela, Popeye y Vietni le preguntaron a la vez: -¿por qué te han cortado el pelo, es que es la nueva moda?  ¿No tienes frío?

Amir, que tenía buenos sentimientos les contó la verdad: que estaba bien de salud, que no quería contagiar la sarna y que por eso se había consentido que la veterinaria le dejara sin su pelo. Esta respuesta hizo reflexionar a sus amigos pues, con su  sinceridad,  habían recibido una lección. Y ahora se sentían avergonzados por haberse reído de él. De repente se apartaron un poco. Amir sentía miedo por si tramaban algo  en contra, pero nada más lejos de la realidad, ya que se acercaron para darle un fuerte abrazo gatuno al tiempo que le pedían perdón por haberse mofado en su momento y por no haber sido compasivos cuando se rascaba tanto y tanto. Hasta Vietni le dio un beso antes de despedirse: -perdóname querido Amir, no  he sido justa contigo.

Ese beso le supo a gloria a nuestro amigo, que corría de emoción por todo el salón de la casa y no dejaba de mirarse en el espejo.

Con el paso de las semanas Amir recuperó el esplendor de su pelaje. Se veía guapo, sí, mucho, pero por lo que más contento estaba era por tener unos amigos tan estupendos, valientes, capaces de haberle pedido perdón; porque los animales- se dijo- también tenemos sentimientos, y tener buenos amigos es un tesoro, tal como decía su amigo humano. 

En efecto, Ahmed daba las gracias a Dios todos los días porque Venancio era un regalo, el mejor, un AMIGO, con letras mayúsculas, un maestro que le había enseñado a leer, a hablar el español, un maestro de la vida que llenaba su corazón. 

Amistad y bondad, dos buenos valores para interiorizar y poner en práctica, tanto con  humanos como con no humanos.


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