Ilustración José Luís Ocaña

En un lugar del espacio a muchos años luz de la Tierra, los habitantes de un planeta llamado Androm estaban pasando una época verdaderamente angustiosa. Desde hacía tiempo los andromedianos no podían dormir, y no sabían el porqué.

Antes, los bebés nacían en unas probetas de cristal de las que se hacían cargo las nodrizas espaciales. Los alimentaban y los acostaban en unos cestillos que colgaban de los techos de unas habitaciones llamadas reposorios; estos cestos se balanceaban despacio al compás de una música muy suave que venía de las paredes. El ambiente que se respiraba en esas salas hacía que los niños durmiesen plácidamente y que se criaran muy felices. Sin embargo, los espacios para reposar ya no se utilizaban, nadie podía dormir desde que llegaron los ladrones de sueños.

Los ladrones de sueños eran los habitantes del planeta Lucxus. Tanto Lucxux como Androm formaban  parte de la galaxia Andrómeda. Los lucxurianos envidiaban a sus vecinos y deseaban controlarlos.

Zárcalux, el jefe supremo de Lucxus, encargó a los ingenieros del Centro de Inteligencia que buscaran una forma de aniquilar a sus vecinos. Tenían que encontrar cómo hacerlo sin declararles abiertamente la guerra pues, de esa forma, tendrían todas las de perder ya que el planeta Lucxus era más pequeño que Androm.

Se dieron cuenta de que el cerebro de los andromedianos emitía unas ondas que les eran necesarias para dormir. Si conseguían destruirlas, el cerebro olvidaría cómo descansar; todos enfermarían y podrían vencerlos.

Para lograrlo construyeron unas máquinas instaladas en unos drones que sobrevolaban el cielo de los andromedianos cuando estaban  durmiendo; de ese modo aspiraban las ondas y las destruían.

En Androm estaban cada día más agotados. Los médicos pensaban que la falta de sueño era algo pasajero y preparaban somníferos para que pudiesen dormir, pero cuando los doctores se dieron cuenta de que había algo más detrás de aquellos prolongados insomnios, ya era demasiado tarde. No quedaba en Androm ningún cerebro capaz de producir las ondas necesarias para encontrar el descanso, y la vida en el planeta se alteró por completo.

Pasaje del libro: No estamos solos

Etiquetas: Conchita García-Bayonas, Masticadores Juvenil, novela, ciencia-ficción