Ilustración de Emiliano Molina Capdevila
  1. MÓNDEROK

Fragmento del primer capítulo de El Reino de Úlver

Por fin había llegado. Desde el promontorio las montañas aparecían majestuosas, los sotos de castaños, los viñedos, los prados con ganado, los cerezos. Toda esa belleza a la vista para ocultar la verdadera maravilla que guardaban: el oro de los mouros. Aquellas montañas eran el cofre del tesoro de los Señores de la Piedra, en ellas habían construido sus moradas con interminables cuevas y pasadizos para vivir según sus ancestrales tradiciones. Antes de irse, habían fundido todo su oro y, con fórmulas mágicas, lo habían mezclado con la tierra arcillosa en pedazos tan diminutos que algunos eran solo polvo, tan difícil de rescatar que nadie intentaría robarlo.

            Pero Mónderok era un mago aurífilo, uno de los magos oscuros más poderosos, capaz de cualquier cosa para conseguir el preciado metal, sin el que no podía vivir ni mantener sus poderes. Tenía un sexto sentido para detectar el oro escondido en cualquier río, en cualquier montaña, en cualquier cueva, en cualquier cofre; allí donde estuviera en cantidad suficiente como para justificar el viaje desde su guarida. Y en aquellas montañas había tanto oro que compensaba con creces las molestias. Ante su proximidad, se esfumaron el cansancio y los dolores padecidos. Los ojos negros de Mónderok resplandecieron con brillo metálico cuando, frente a su objetivo, sus labios se torcieron en una fría sonrisa.

            Ahora tenía que encontrar un refugio para ocultarse los próximos días, mientras urdía un plan para convencer a Aric III de lo bueno que sería para su reino extraer el oro de las profundidades de las montañas. Mónderok confiaba en la avaricia de los hombres, una fuerza infalible que él sabía utilizar a su antojo.

            En lo alto de una de las montañas más agrestes encontró una cueva, solo su caballo y él se atreverían a llegar hasta ella. Era amplia, seca y recóndita: el refugio perfecto. Algo cansado, ató el caballo en un arbusto que crecía a la entrada de la gruta, dejó sus cosas dentro y se quitó la impresionante túnica negra, totalmente bordada en oro, que llevaba. Ya desnudo, se acercó al nevero que había un poco más arriba y comenzó a frotarse la blanca piel con puñados de nieve. Le encantaba la reconfortante sensación del intenso frío, era estimulante y hacía desaparecer cualquier fatiga.

            Después del aseo, dejó que su cuerpo se secara con los últimos rayos de sol de la tarde, sin importarle la brisa fría que soplaba a esas horas. Una vez seco, se cubrió con una túnica más sencilla: de hilo tosco y sin bordados. Al día siguiente no debía presentarse ante el rey como un mago poderoso, sino como un hombre acostumbrado a ganarse la vida con su trabajo, un artesano conocedor de los secretos de la tierra que tenía un proyecto importante que proponerle. Pensando en lo que diría para convencer al monarca se fue quedando dormido, después de una frugal cena.

Ilustración de Emiliano Molina Capdevila

                                               

Etiquetas: Elisa Vázquez, Masticadores Infantil y Juvenil, Narrativa