Capítulo del libro ESPANTAPAJARÓN

Ilustración de Andrea Suarez

Sabes que no  puedo dormir si mamá no sube a darme un beso. Estaba arrebujada en la cama, esperando el beso y que me metiera las mantas bien prietas debajo del colchón, cuando creí ver una cara redonda y blanca reflejada en el cristal. Como si la luna me estuviera mirando a través de la ventana. Pensé que estaba soñando, o en las nubes,  o con  las musarañas. Abrí y cerré varias veces los ojos para bajar de las nubes,  y también sacudí la cabeza para despejar las musarañas. Y volví a mirar a la ventana. Estaba vacía, negra como boca de lobo que dice papá de las noches sin estrellas. Entonces entró mamá  y  la habitación se llenó de ese olor que tiene el  aire después de llover, o el del jardín recién regado. Olía a limpio. Olía a mamá.

Esa noche tuve suerte y  me contó un cuento. Siempre que puede lo hace, a no ser que  esté muy cansada o tenga que ayudar a Serafín con los deberes o  hablar de cosas importantes con papá y la abuela: esas que se hablan sin los niños delante. Cuando salía de mi habitación ya se me cerraban los ojos. Y me hubiera quedado dormida si no me hubiera asustado un ruido: parecía que alguien tiraba  piedras contra el  cristal. Miré de reojo; tapada con la sábana hasta la nariz.  Allí no había nadie. Cerré  los ojos otra vez y al rato…clas, clas. Otros dos golpecitos.  ¡Mi hermano!, seguro, pensé furiosa; ¡si era otra de sus bromas se iba a enterar! Al día siguiente hablaría sin falta con papá.  Miré de nuevo a la ventana esperando otro chinarro de Serafín, pero lo que vi me sentó de golpe en la cama.

De nuevo una luna blanca y redonda me miraba. Pero no. No era la luna porque tenía ojos,  nariz y una boca sonriente que parecía una raja de sandía. Del susto que me dio me escondí entre las sábanas y me tapé cabeza y todo ¿Me habría quedado dormida y era uno de mis sueños malos? me preguntaba sin atreverme casi a respirar, mientras que sentía golpear mi corazón como si fuera un  tambor con eco. Pero no estaba dormida, estaba despierta y bien despierta. Empecé a sudar, no sé si por el  miedo o por el calor que hacía debajo de las mantas, pero el pelo se me pegaba a la cara. Hay que ser valiente, nos dice siempre papá. Así que decidí hacerle caso y ser un poco valiente: tenia que volver a mirar.  Saqué la cabeza muy despacio y mire de reojo: la cara ya no estaba. En su lugar, había una flor dibujada en el cristal. Esto sí que era un misterio. Entonces alguien dijo: “no tengas miedo” Eso me asustó un poco más porque en la habitación no había nadie. Me quedé muy quieta, sentada en la cama, conteniendo la respiración, a ver si : allí seguía la cara: era rara, parecía la de un niño y me sonreía todo el rato. 

No tengas miedo, me dijo.  Aunque no te lo creas, es verdad que lo escuché. La cara sin mover los labios había hablado. Y siguió haciéndolo: soy Nuno, me dijo. Y me enseñó una flor.

Yo abrí la boca varia veces sin saber qué decir ni qué hacer. Nos estuvimos mirando un buen rato: los dos quietos. Hasta que desapareció y de nuevo la noche llenó el hueco de la ventana.

Etiquetas: Felicitas Rebaque, Masticadores infantil y juvenil, narrativa