Imagen tomada de Pinte

Por Mercedes G. Rojo

            Hace mucho, mucho, mucho, muchísimo tiempo, existía un bello y lejano país, en el que vivía un hermoso animal de fantásticas formas y hermosos colores, un hermoso animal al que no se le veían los ojos, ni las orejas, porque tenía todo el cuerpo cubierto de bellas guedejas de lana que le caían por todos lados. A causa de esa larga melena, a simple vista podía parecer que tampoco tenía boca, cosa que cualquiera que le oyera cantar podía comprobar que no era así. Y es que este extraño animal se pasaba el día cantando y cantando sin parar, alegrando a quienes se acercaban a él, dejando henchidas de felicidad a cuantas personas lograban escuchar su bella voz. 

            Vivía este fantástico ser en un milenario árbol que se erguía en medio de un gigantesco castillo rodeado de almenas y en el que también vivía una niña, llamada Paula, que era su mejor amiga. Con  ella compartía largas horas de juegos, historias y confidencias y así transcurrían felices los días de ambos. Un día, y otro día, y otro día…, hasta que uno de ellos el sol no salió como todas las mañanas, oculto por negros nubarrones cargados de tristeza, nubarrones que se prolongaron durante muchos días. 

Entonces, aquel extraño animal de fantásticas formas y hermosos colores, sintió que no podía ya alegrar a los habitantes del castillo con sus canciones, porque era precisamente el sol  que salía cada mañana el que le permitía cantar.  Y fue así que comenzó a sentirse enfermo de tristeza, y con él también la niña Paula que era su mejor amiga. Y pronto la  tristeza de ambos comenzó también a contagiar a cuantos vivían a su alrededor, sin que nadie pudiese hacer nada por evitarlo, porque nadie conocía la causa de esa tristeza ni tampoco el remedio contra ella.

Fue entonces  cuando un hermoso perro San Bernardo, que siempre iba pisándole los talones a Paula, su dueña y amiga, decidió que había que ponerle una solución a aquella insólita y desesperante situación. Y una noche en que la luna, una blanca e inmensa luna llena,  logró asomar un tímido rayo de su luz por un pequeño resquicio abierto entre las espesas nubes, subió nuestro San Bernardo hasta la más alta almena de la más alta torre del castillo y desde allí lanzó un aullido largo y profundo hacia el blanco disco lunar. Aquel chillido no era otra cosa más que la llamada de auxilio acordada por él  con un personaje muy especial, presente en la mente de muchos niños y niñas que han leído su historia, un personaje que no era ni  más ni menos que nuestro querido Peter Pan, el eterno niño. No tardó este en presentarse ante el perro que, inmediatamente, le informó de todo lo que estaba pasando en el castillo, comenzando por la tristeza que invadía al animal de fantásticas formas y hermosos colores y continuando con el contagio de la niña y del resto de personas que habitaban o visitaban lo que hasta ahora había sido un lugar feliz lleno de risas. 

Peter Pan, naturalmente, no podía quedarse de brazos cruzados y lo primero que hizo fue acudir a saludar a la niña que dormía abrazada a su hermoso animal. Tardó un buen rato en despertarla, porque aquella tristeza que sufría la tenía inmersa en un profundo sopor. Cuando consiguió hacerlo, enseguida le contó que la solución de sus problemas la encontrarían sin duda en el libro del último mago que habitó el castillo, libro que se custodiaba en la biblioteca y que tenían que encontrar cuanto antes. La biblioteca se hallaba en el último piso de la torre más alta del castillo. Y hacia allí se dirigió Peter Pan seguido de Paula cuya presencia sería imprescindible para poder solucionar aquel grave problema que ya se estaba empezando a extender incluso fuera de las murallas del castillo.  Pero la niña estaba tan cansada que, ante el temor de no alcanzar a tiempo la biblioteca y encontrar el libro antes de que la luna desapareciera hoy del cielo, el niño volador la cogió de la mano y la subió en volandas hasta la misma, en la que se colaron a través de la saetera que se abría al exterior. Una vez dentro buscaron y buscaron entre las estanterías aquel libro sin duda lleno de hechizos, pero no eran capaces de dar con él repleto como estaba el lugar de miles y miles de ejemplares. Ya desesperaban de conseguirlo cuando Paula recordó que habitaba el lugar una pareja de ratón y ratona que eran los guardianes de todo aquel tesoro de palabras.  Solo un silbido podía hacerles aparecer y ella no sabía silbar, así que volvió a ser el turno de Peter Pan que sí que silbaba a las mil maravillas ¡no en vano había practicado durante años, años, años y más años!

Se presentaron raudos los pequeños personajes a la llamada del silbido y puestos en antecedentes de lo que necesitaban, por Peter Pan y su joven amiga, corrieron enseguida estanterías arriba hasta alcanzar la más alta de todas ellas, precisamente aquella en la que se escondía el manual del mago. El libro abultaba mucho, pero empujándolo entre ambos consiguieron desplazarlo hacia fuera, de tal manera que éste se precipitó al vacío. La niña se echó las manos a la cabeza temiendo que se rompiera al caer. Afortunadamente, en ese mismo momento entró volando un pato de doradas plumas que consiguió recuperarlo al vuelo. Sujetándolo   sobre su lomo y volando con mucho cuidado, el pato consiguió depositarlo entero y sin daño en  las mismas manos de la niña. Paula comenzó enseguida a buscar entre sus páginas un conjuro con el que devolverle el color y la alegría a su amigo, pero la tarea se le estaba haciendo cuesta arriba, porque no conseguía encontrar nada que le sirviera para ello. Cuando ya desesperaba de conseguirlo un golpe de viento abrió el libro por una página en la que se leía: 

Conjuro para devolver la alegría a animales de fantásticas formas y hermosos colores.

            Resopló. Iban a necesitar una cacota de dinosaurio y un cubo de agua de la que las ballenas expulsan por su lomo. El problema es que no le iba a servir una ballena cualquiera sino la última ballena blanca que habita el océano. En aquellas páginas estaban perfectamente recogidas todas las instrucciones para conseguir ambos elementos,  pero eran muy complicadas para que una niña de su edad pudiese hacerlo sin ningún tipo de ayuda. 

-¡Eh!- le increpó entonces Peter Pan a su lado– ¿Es que acaso yo no pinto nada? 

            ¡Claro!, como niño con capacidad para volar, era el único que podía solucionar la papeleta a tiempo.  Lo primero era conseguir la cacota del dinosaurio y para ello Peter Pan tendría que viajar hasta la sabana africana. Allí tendría que convencer a un elefante para que se colocara de rodillas bajo el “gran baobab” y a su vez persuadir luego a la jirafa más alta de la manada para que se subiera a lomos del elefante y que, gracias a su largo cuello, alcanzara  la hoja más alta del árbol que tendría que depositar en sus manos resistiendo la tentación de comérsela. Podéis imaginar que no fue tarea fácil conseguir todo esto pero, una vez logrado el reto, Peter Pan voló raudo en dirección al siguiente reto: buscar al último tigre blanco que quedaba sobre la tierra y que se escondía en lo más recóndito de la selva asiática y darle a comer aquella hoja conseguida con tanto esfuerzo. Una vez localizado este en lo más profundo de un antiguo bosque de la India, con mucho cuidado y un poco de distracción, consiguió metérsela en la boca  mientras él se subía sobre su grupa agarrándose fuertemente a sus orejas. Cuando el tigre masticó aquella hoja ambos salieron despedidos a otra época, tiempos antiguos en los que aún vivían los dinosaurios. Una vez allí consiguió hacerse (no sin alguna dificultad) con una gran cacota seca de un diplodocus (justo la que necesitaban) y con ella en la mochila volvió rápidamente al presente. 

            La primera tarea estaba conseguida. Ahora tocaba la segunda, tanto o más difícil que la anterior. Viajó ahora hasta el lejano océano donde habita la última ballena blanca, pero era tan grande aquel mar que tuvo miedo de no  conseguir a tiempo recoger el agua que necesitaba, así que pidió ayuda a un pequeño y rápido pez dorado con el fin de que localizara a la ballena y le pidiera en su nombre el favor de recoger el agua que necesitaban. Aún tardó un rato en aparecer el blanco cetáceo, pero al fin asomó por el horizonte resoplando y resoplando en dirección al lugar donde se encontraba Peter Pan. Ayudándose de su habilidad para volar, este consiguió colocarse sobre el lomo de la ballena, armado con un cubo y dispuesto a recoger el agua que ella expulsará. Ya la tenía consigo y estaba a punto de emprender el regreso cuando un fiero tiburón saltó fuera del agua intentando atraparlo entre sus fauces. El susto que se llevó fue tan grande que estuvo a punto de perder cubo y agua, por no decir que hasta la vida. ¡Menos mal que la ballena estaba atenta y le asestó un coletazo al tiburón que consiguió devolverlo al mar y desplazarlo tan lejos que no le quedaron ganas de volver! Se despidió Peter Pan agradecido por la inesperada ayuda y voló raudo hacia el lugar donde la niña esperaba cada vez más angustiada ante el avance del tiempo.

            Una vez juntos y con los elementos necesarios para solucionar el terrible problema conseguidos, venía ahora lo más difícil: hacer que su amigo, el extraño animal de fantásticas formas y hermosos colores, abriera la boca para poder introducirle en ella aquella cacota de dinosaurio. Su tristeza le mantenía con la boca cerrada a cal y canto, ¿cómo conseguir, pues, que la abriera? Pues no se les ocurrió cosa mejor que acudir al gatito que siempre andaba correteando entre sus guedejas provocándole cosquillas; tal vez si se las hacía justo debajo de la garganta lograría que abriera la boca. ¡Y el truco funcionó! Entonces Paula, que estaba muy atenta a que esto sucediera, aprovechó para lanzarle dentro de ella la cacota de dinosaurio  mientras Peter Pan lo rociaba con el agua expelida por la ballena. En aquel mismo momento comenzó a soplar un fuerte viento, fuerte,  muy fuerte, cada vez más fuerte, que fue llevándose una tras otra todas las nubes del cielo, mientras el sol comenzaba a brillar de nuevo.  Y así, como por arte de magia (que yo creo que un poco sí que lo era) el extraño animal de fantásticas formas y hermosos colores comenzó a cantar una vez más y a alegrar a quienes estaban a su alrededor. Luego llegó la noche, y con ella volvieron el silencio y la oscuridad; pero, ahora, nuestro extraño animal de fantásticas formas y hermosos colores sabía que, a pesar de que a veces desapareciera, el sol volvería a brillar de nuevo. 

            Y ya nunca más se dejó invadir por la tristeza acumulada en las nubes grises, llenando de ilusión y de esperanza a todos cuantos podían disfrutar de su canto.

Y colorín, colorado

si este cuento os ha gustado

acaso merezca vuestro aplauso. 

Este es un  relato de Mercedes G. Rojo, perteneciente a la serie “Revoltijo de cuentos traviesos”, ideada para un proyecto de Educación para la Igualdad con niños y niñas de Ed. Infantil (5 años) en el Ayuntamiento de San Andrés del Rabanedo (León). Las historias fueron creadas a partir de los personajes y pautas de lugar y tiempo que al azar fue proponiendo el alumnado de cada aula participante.

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Entradas: Mercedes González Rojo, Masticadores infantil y juvenil, cuento.