Ilustración tomada de Pinterest

No puedo dormir. Estoy nervioso. Mañana comienza el cole. Ya sé que este año va a ser diferente. En la mochila, junto con los libros, mamá me ha metido dos mascarillas y el gel desinfectante. Y me ha advertido que las mesas estarán más separadas, por eso de guardar la distancia de seguridad, y que no podremos juntarnos con los compañeros. Eso tiene ventajas e inconvenientes. Ventajas, que así Lucas no podrá esconderme las pinturas; es un gamberro. Y tampoco me podrá empujar en el recreo para quitarme el balón y chutar él primero; bueno, eso si podemos jugar al balón y si hay recreo. Y el inconveniente es que no podré dar la mano a Rocío que es mi mejor amiga, y me gusta porque la tiene muy suavecita. Quizás tampoco pueda tocar a Laura, mi profe. ¿Llevará esa pantalla sobre la cara que se ponen algunas personas mayores? Si es así, no sé si la voy a entender cuando me explique las cosas. ¡Cuántas dudas y qué nervios!

Ya me sé de memoria las nuevas normas. ¡Cómo para no saberlas! Nos las han repetido mil veces, papá, mamá, los abuelos, los tíos, en la tele… Pero es que esto es muy muy serio. 

Yo al principio no sabía muy bien qué pasaba. Todo era muy extraño. Es como si de pronto estuviéramos viviendo en otro planeta, o mejor en una peli de ciencia ficción: una de esas en las que los monstruos invaden a la Tierra. 

Empezó un día en el que yo estaba tan tranquilo, esperando ilusionado el fin de semana porque íbamos a ir a visitar a los abuelos del pueblo. La abuela me había prometido hacerme los bizcochos que tanto me gustan y el abuelo que me llevaría a ver el riachuelo. Era un día normal. Hasta que dijeron por la tele que nos teníamos que quedar en casa en cuarentena. Pues nada, no hubo visita al pueblo, ni bizcocho, ni nada. Tampoco desde ese día volvimos al colegio. Con las prisas, me olvidé mi estuche de pinturas -seguro que me las escondió Lucas- , y no las pude ir a buscar.

El monstruo Covid 19, asaltaba al planeta y atacaba con todas sus armas, invadiendo a las personas y haciéndolas enfermar. La única defensa posible era encerrarse en casa y no salir para nada. Yo hubiera llamado a la Patrulla Canina, o a los PJ Masks o a las SuperNenas para que echaran una mano y combatieran al bicho, pero al parecer, en este caso, sus poderes no servían. 

Eso de no ir al cole no estaba tan mal, y lo mejor de todo es que mis padres también se quedaron en casa. Trabajaban con el ordenador y Uno de los dos salían de vez en cuando al super o a la farmacia. 

Como pasaba el tiempo y no podíamos volver al colegio Laura, mi profe, me mandaba deberes por el ordenador de mis padres, ósea que de vacaciones nada. Tenía que estudiar pero no tenía lo mejor del cole:  jugar con mis amigos.  Al principio parecía ser divertido: toda la familia en casa, pero luego fue bastante agobiante, mamá y papá se alternaban para trabajar y ayudarnos con los deberes y las tareas de la casa, Blanca, mi hermana, pequeña todo el día brincando y dándome la lata. 

Mis padres, cuando vieron que la situación iba para largo hicieron lo que llamaron un estrategia militar de campaña, e decir, un horario con la rutina de la mañana a la noche: tiempo de deberes, de juegos, de ver la tele de hacer ejercicio… Hacíamos gimnasia juntos, caminábamos en la cinta eléctrica de mamá y, lo que nunca, a veces nos dejaban saltar en las camas. 

Las ocho de la tarde era la hora más emocionante del día: entonces, dejábamos lo que estuviéramos haciendo y salíamos a la ventana a aplaudir a los sanitarios, a los policías, a los bomberos, a las ambulancias, a todos los que estaba luchando contra la invasión del bicho, que eran los auténticos superhéroes, más que Batman o Superman. Era muy bonito ver a todos los vecinos aplaudiendo. Y después cantábamos Resistiré. Y después del Resistiré, un vecino ponía todos los días otras canciones. 

Pasaba el tiempo, y la situación no mejoraba. Aunque mis padres procuraban que no oyéramos noticias, todo el mundo hablaba de los muertos y los enfermos y que los hospitales estaban llenos y que como no se tenía vacuna, hasta que no la inventarán, había que quedarse en casa, lavarse muy a menudo las manos y usar el gel desinfectante, y si tenías que salir llevar siempre mascarilla. 

Lo de salir a la calle aún tardó un tiempo. Una mañana, mamá nos dijo que las cosas habían mejorado y que podríamos salir un ratito con un juguete. Yo me puse muy contento porque pensé que ya podría ir a ver a los abuelos, o jugar en el parque con mis amigos, pero ¡qué va!, los parques estaban cerrados y solo se podía pasear una media hora alrededor de casa, con mascarilla y con cuidado de no tocar nada, y al regresar lavarse y desinfectarse bien las manos. 

Yo no lo llevaba tan mal, he leído mucho, y también nos dejaban ver algo más los dibus. Lo peor que no podía hablar con mis amigos. Menos mal que existe internet, y así pudimos ver y hablar con la familia y alguna vez con los amigos con el móvil de mamá, haciendo video chat. Con los abuelos hasta hacíamos juegos de palabras y cantábamos canciones. 

Y fueron pasando días, y meses, se seguía luchando contra el invasor extraterrestre, y aunque la guerra no debe de estar ganada las cosas mejoraron y un buen día todo el mundo pudo salir de sus casas y volver a hacer vida normal, bueno, como he oído que lo llaman “nueva normalidad”, porque lo normal de ahora no es igual que lo de antes. 

Tenemos que seguir llevando la mascarilla y aunque puedo jugar con mis amigos, a los abuelos y a la gente mayor, es mejor no abrazarles ni besarlos y seguir lavándonos y desinfectándonos las manos. Y reunirnos al aire libre. 

Este verano no hemos ido de vacaciones a la playa porque también había que llevar mascarilla y según mamá había más riesgo de contagiarse por lo que hemos pasado las vacaciones en el pueblo, que también ha estado genial, correteando todo el tiempo por la calle y buscando lagartijas por el campo con el abuelo. 

A ver cómo resulta ahora el cole. Papá dice que hay que cumplir muy bien las normas que nos digan los profes, y que hay que hacerlo todo muy muy bien para que nadie se infecte y no tengan que volver a cerrar el colegio. Dice, que cada niño es como un escudo protector para el resto de sus compañeros y que si nos protegemos estamos protegiendo a todos. Y así tiene que ser hasta que los científicos encuentren una vacuna.  He pensado que de mayor voy a ser investigador para inventar más vacunas y medicamentos, por si sufrimos otra invasión. 

Estoy nerviosísimo, me parece que no voy a poder dormir casi nada esta noche. He comprobado dos veces que la mascarilla está en la mochila. ¿Encontraré mañana mi estuche de pinturas?

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