Imagen tomada de Pinteres

Era una ciudad. Y en la ciudad, un charco, de esos hechos con prisas tras un trueno. Un charco de tamaño breve y breve vida.

Era un pájaro de plumas pardas, un pájaro también de ciudad, que fue a beber de ese charco. El agua tenía el sabor de nube de tormenta, de tormenta en primavera.

Tras beber de él, al ir levantando la cabeza, vio que de la punta de su pico venía pegada la boca de un pez. Un pez también pardo, de pequeño tamaño y ojos que jamás pestañearon. 

El pájaro se asustó como se asustan los pájaros y dio saltitos hacia atrás. El pez lo miraba como miran los peces después de un beso. Un instante después, se sumergió en el agua.

El charco volvió a ser un charco de ciudad, sin más. El pájaro echó a volar.

Pero no fue lejos. Se posó en la cornisa más cercana para coger perspectiva. Desde arriba, nada raro parecía haber sucedido.

En unas horas, el charco habría de desaparecer, pero, antes de que eso ocurriera, el pájaro pardo se acercó de nuevo al agua. A saber si había miedo o curiosidad en ese hecho, el caso es que se quedó esperando a que pasara algo. Pero, como nada ocurría fuera, sumergió la cabeza.

Por atreverse, hasta abrió los ojos una vez dentro. Y, para más sorpresa, vio el interior de un mar.

Sacó la cabeza para respirar, lo cual que se hizo urgente a pesar del asombro. A su alrededor seguía estando la ciudad, la misma tras la tormenta, la misma llena de asfalto, tan lejana de cualquier playa.

El pájaro podía haber marchado y ya está. En cambio, metió la cabeza en el agua de nuevo. Dentro seguía habiendo un mar, del que ya percibió detalles: era inmenso, claro, fresquito… 

El pez no estaba.

Hasta que el pez estuvo. 

Apareció, desde una oscura profundidad, nadando de la nada. Y en nada estaba cerca. Y unió su boca al pico. Y el pájaro no se asustó. Y el segundo beso supo a mar. Y, tal como vino, el pez se marchó.

En todo esto que tarda tanto en contarse, en realidad había pasado un parpadeo de tiempo.

Quién sabe en qué pensaba el pájaro cuando se alejó, esta vez sí. Lo cierto es que fue tomando más, más y más altura. Cualquiera diría que iba en busca de las nubes. Quizás para encontrar respuestas.

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