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Dos primeros capítulos del libro inédito : El pequeño pianista de Elisa Vázquez

Imaginad una ciudad en guerra. Una cualquiera. Una como la vuestra. Es difícil, lo sé. Cerrad los ojos. ¿Ahora? ¿Tampoco? Bueno, pues no los abráis todavía.

            Imaginad esa ciudad, la vuestra, un día cualquiera. Sus calles llenas de coches, de gente, de niños que van alegres al colegio, o remoloneando con el sueño pegado a las pestañas. Los sonidos del tráfico, los saludos de las personas que se paran un momento con los vecinos para hablar del tiempo. Imaginad que está nublado y amenaza lluvia; o mejor: que el cielo es de un azul radiante, como a principios de verano cuando aún refresca por las noches.

            Es posible que, si apretáis más los ojos, podáis escuchar esa melodía, alegre y ligera, que se escapa por la ventana de uno de los pisos de un edificio cualquiera. ¿Es bonita, verdad?

            Pues si ya os habéis imaginado su sonido, es el momento de imaginar uno mayor. Repentino, como un trueno terrorífico que lo paraliza todo. El ruido de una explosión demoledora; los gritos, los destrozos, el pánico de una ciudad en guerra.

            Ya estáis en ella, imaginándola. El cielo gris por el humo, las calles vacías, silenciosas. Las víctimas bajo los escombros. Las casas partidas en dos, dejando ver en su interior los muebles rotos, inservibles. La gente escondida en los sótanos o huyendo hacia las afueras. Sin nada, solo con el miedo a perder la vida…

            Sé que es muy triste imaginarlo, pero es necesario, porque en esta ciudad que ahora estáis viendo empieza la historia que quiero contaros; la de un niño que tocaba el piano. Sí, aquella melodía que llegasteis a oír, alegre y ligera, la tocaba un niño pequeño acompañado por su madre. Un pequeño pianista llamado Uriel cuya vida cambió cuando su ciudad fue alcanzada por la guerra.

                                                           URIEL

Se llama así porque su madre siempre creyó en los ángeles. Esos seres de luz que se quedan, atentos y sonrientes, a nuestro lado desde el mismo momento en que nacemos para cuidarnos durante toda nuestra vida.

            Uriel es un nombre de ángel. De uno de los más importantes —en realidad un arcángel— y significa “fuego de Dios”. Algo así como la llama, la luz, que nos guía hacia la verdad. Por eso su madre escogió el nombre: porque el niño se convirtió en la luz de sus ojos desde el mismo momento en que lo tuvo entre sus brazos. Y no solo le regaló el nombre; también le transmitió, a través de la sangre y la costumbre, su amor por la música y la maestría prodigiosa que le permitía tocar el piano como un pequeño genio.

            ¡Ah, se me olvidaba! Le regaló, además, un “llamador de ángeles” diminuto, de filigrana de plata, que colgó de su cuello el día en que cumplió su primer año. Y esto es muy importante para nuestra historia porque, de ser cierto lo que cuentan las antiguas leyendas, es posible que el casi inaudible sonido del pequeño amuleto alertara a todos los ángeles necesarios para que se obrara el milagro de que Uriel saliera con vida de la terrible explosión que os habéis imaginado antes.

            Volvió en sí al atardecer, entre los escombros de lo que había sido su casa. Una viga enorme, colocada en un ángulo imposible, formaba un tejado sobre su cabeza que le protegía del derrumbe.

            Notó un fuerte dolor por todo el cuerpo; los brazos y las piernas magullados, rígidos. La boca seca, llena de polvo, con sabor a tierra y a cemento. La lengua como lija.

            —¡Mamá! —gimió, intentando moverse.

            Pero no había rastro de sus padres, ni de su salón ni del piano en el que momentos antes tocaba aquella melodía, alegre y ligera.

            Logró incorporarse.

            Ni rastro de su calle ni de la gente ni de la ciudad que conocía.

            El sol anaranjado del atardecer se filtraba entre el polvo y el humo de las explosiones, produciendo una sensación de irrealidad desconcertante; la apariencia de estar en otro mundo.

            Se levantó despacio, mareado. Se sacudió la ropa y comprobó que podía andar y que había perdido un zapato. El pie descalzo tenía un poco de sangre seca en las uñas. Sin darse cuenta comenzó a llorar y las lágrimas formaron extraños dibujos en la suciedad de su cara, dándole el aspecto de porcelana rota.

            —¡Mamá! —esta vez gritó con todas sus fuerzas, con su voz seca.

            Pero no tuvo respuesta. Nadie acudió a su llamada. Estaba solo y anochecía. Tenía que encontrar a sus padres, a alguien, antes de que el frío de la noche y el miedo lo paralizaran por completo.

            Comenzó a andar lentamente, con cuidado, en medio de aquella terrible destrucción.

            Solo.

            Un niño pequeño con un pie descalzo y un “llamador de ángeles” al cuello.

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