Imagen tomada de Pinterest

El faro pequeño, blanco y  discreto, observaba tímidamente todos los días  las aguas bravas del Cantábrico, como si mirase al horizonte  asomado desde un balcón. No recibía a los barcos imponentemente cerca de la costa, en medio del batir de  las olas, como alguno de sus compañeros, no; él aparecía colgado de una pequeña elevación del terreno,  en la punta de un cabo que cerraba la bahía.  Sin embargo, cuando había temporales , el agua llegaba hasta él y azotaba continuamente sus costados. Estaba cansado de aguantar sus embestidas: en invierno,   tormentas y borrascas, y en verano, las galernas. Eran estas las que más le asustaban: el viento, que se producía casi repentinamente, empezaba como una fresca brisa hasta que se convertía en un huracán. Todas sus paredes crujían bajo su fuerza y ,en cualquier momento, temía desmoronarse como si fuera un castillo de arena de los que hacen los niños en la playa. La humedad se introducía entre sus  vigas y ladrillos y esto le producía una artritis muy molesta. Solo su escalera de caracol se mantenía vigorosa, aunque se cimbreaba desde el primer peldaño hasta el último, como hacen las palmeras cuando son movidas por el viento.

  En la torre estaban las dependencias en donde vivía la familia del farero: José y Lucía con sus dos hijos Pedro y Rosarito.

José cuidaba del faro, lo limpiaba, bruñía la escalera de caracol para que estuviese perfecta y lo mantenía siempre encendido, iluminando la bahía cuando la noche era  oscura. Entonces, las miradas de los marineros buscaban desesperados encontrarse con su pequeña luz, señal de que ya estaban en casa. Cuando algún barco se acercaba a la costa guiado por él,  todos sus sufrimientos se sentían recompensados.

Antes, lo encendían con leña, después con  petróleo y por último lo electrificaron. Ahora siempre estaba más limpio y tosía menos, aunque  él se sentía viejo y sin fuerzas.

Había conocido varias familias de fareros, pero afirmaba que a la que más había querido de todas era a la de José.

Los hijos de José, Pedro y Rosarito hacían las delicias del viejo faro.

— ¡Papa, esta escalera de caracol es mágica! —decía Rosarito a grito pelado mientras se asomaba desde el balconcillo que rodeaba  la linterna.

—¡Es muy divertido bajar por ella! —añadía Pedro deslizándose por la barandilla a una  velocidad  muy peligrosa para un niño tan pequeño.

—¡Te vas a matar! —le gritaba su madre. ¡José!, tienes que prohibirles que hagan eso. Como sigan desobedeciéndome, me marcho a vivir al pueblo; no puedo estar con el corazón encogido continuamente.

José se divertía viendo a sus hijos deslizarse por ella; era la única distracción  que tenían tan apartados de la ciudad. Las voces de los pequeños  alegraban sus paredes  y se elevaban por la torre, como la savia  sube por los árboles.

Un día se escuchó el sonido de un golpe tremendo contra el suelo. Las risas de los niños se cambiaron  por  un grito desgarrador, después un leve quejido, y por último, el silencio.

José y Lucía habían ido al pueblo a por comida para la semana. Nunca dejaban a los niños solos, pero aquel día se decidieron a hacerlo, Pedro ya era casi un hombre.

Al  llegar, Rosarito les esperaba en la puerta con los ojos enrojecidos por el llanto y la cara pálida:

—Pedro, no se mueve — decía a sus padres.

El pequeño faro, lleno de terror, escuchó una frase que le llenó de esperanza:

—Todavía respira, ¡rápido al hospital! —gritaron José y Lucía mientras llevaban el cuerpo del niño en sus brazos.

El pequeño faro, después de lo que había sufrido aquella mañana, estaba muy triste; se sentía culpable de lo sucedido, así que desde aquel día se fue apagando, hasta que  dejó de alumbrar la pequeña bahía.

Pasaron unos meses que a nuestro amigo se le hicieron eternos, pero una mañana, Pedro y Lucía aparecieron por allí: volvían a por sus pertenecías. Lucía ya no quería vivir en ese lugar, le traía malos recuerdos. A partir de  aquel suceso se habían instalado en el pueblo.

Cuando José abrió la puerta de la torre, un torrente de vida entró de golpe en el edificio; dentro se volvieron a escuchar risas: eran Pedro y Rosarito; ¡el niño vivía! solo había  perdido el conocimiento con el golpe. La alegría que sintió nuestro amigo fue enorme. Las manos de los niños volvieron a acariciar la barandilla de la escalera y el faro vibró de felicidad al sentirlos ¡no le guardaban rencor! Cuando sacaron todos los paquetes y  se cerró la puerta por última vez, el farero miro a  su amigo de muchos años  y lloró.

Pasó casi un año, y los habitantes del pueblo reclamaron a las autoridades portuarias la construcción de un faro más moderno, con toda la tecnología que requerían los nuevos tiempos ¡Por fin le dejarían descansar para siempre! Ya nadie le visitaba, solo José, de vez en cuando, subía a verle; abría la puerta y las contraventanas de la torre, y el sol entraba a raudales calentando la vieja construcción.

—Te echo de menos viejo amigo —le decía mientras pasaba la mano por la escalera, las paredes y, acariciaba todos los instrumentos que había en la linterna  y que  él,  durante tanto tiempo, había manejado. Ese era el único momento feliz que le quedaba.

Después de unos años,  quiso la casualidad que se acercara por allí el dueño de un parque de atracciones,  que al verlo, se quedó prendado de él. Le encantó la sencillez y la blancura de sus paredes.

—Farito, vas a ser mío; quedarás precioso  en la zona reservada a las atracciones acuáticas —dijo mientras observaba detenidamente toda la edificación.

Sin pensárselo dos veces, bajó al pueblo y fue a la Comandancia de Marina.

—Pues sí señor, como iba diciéndole, su faro estaría de miedo en mis instalaciones infantiles. Si usted me lo vende, antes de que termine el invierno, lo desmontaré y lo volveré a montar  en nuestra ciudad. Seguro que queda magnifico con su torre y su linterna bien limpia y brillante.

El comandante hizo las indagaciones precisas para podérselo vender, y en dos semanas, el faro era propiedad de don Camilo.

Ya no tenía frio ni miedo a  las galernas ni dolores en su cuerpo. El clima cálido de su nueva ciudad le había secado todas sus vigas y  ladrillos. Ahora solo las risas de los chiquillos importunaban su descanso, pero eso a él no le importaba.

Don Camilo adaptó encima de los peldaños de su escalera un magnifico tobogán por donde se deslizaban, ahora sin peligro ninguno, todos los niños que lo visitaban. Lo único que no consiguió arreglar  fue la linterna, por lo que no volvió a dar luz por la noche.

Una tarde, unos ojos vivarachos le recordaron otros que él había conocido años atrás.

—Está igual que siempre ¡Cuánto hemos echado de menos en el pueblo al viejo faro! No te puedes imaginar la alegría que me has dado María: ¡llevaba tantos años sin verlo!  Este faro estuvo  siempre unido a mi infancia, y si  yo no hubiese sido tan desobediente no nos  hubiésemos ido a vivir al pueblo.

—Ya sabía  que te iba  a gustar mucho mi regalo de cumpleaños.  En cuanto me enteré  de que estaba aquí, no lo dudé ni un momento, pensé que debíamos venir a verlo.

—Es la mejor sorpresa que me han dado en mi vida.

El faro escuchó la conversación perplejo. No se lo podía creer. Tantos años separados y aquí estaba Pedro mirándole embobado. ¡Todavía se acordaba de él! Se había convertido en un hombre y aún le quería. Le había llevado siempre consigo como algo importante en su vida. Para él también había sido una gran sorpresa. Pedro traía de la mano a un niño que se parecía mucho a él.

—Papá quiero montarme en el tobogán.

—¡No lo dejes Pedro! —pensó el faro atemorizado, acordándose de otros momentos vividos.

—Ven Pedrito, quiero que sientas lo mismo que yo, cuando era tan pequeño como tú.

Pedro subió por las escaleras con su hijo y le colocó en la parte superior del tobogán. A  nuestro faro se le cortó la respiración mientras observaba como Pedrito se deslizaba suavemente por sus curvas. Ahora se daba cuenta de verdad de que Pedro nunca le culpó a él de su caída.

            El niño por fin estaba en el suelo sano y salvo. Con su  nuevo tobogán no había que preocuparse. Los niños estaban seguros. Sin darse cuenta la felicidad que le invadió fue como una descarga, como  una corriente eléctrica que subió por las paredes hasta la linterna y, sin saber cómo, empezó a alumbrar  tímidamente todo el parque. Después, fue aumentando la intensidad  hasta que su luz llegó a iluminar toda la ciudad.

Don Camilo no se lo podía explicar:

—Parece mentira, he intentado durante años que la linterna iluminase el parque y nunca lo he conseguido y, ahora, sin venir a cuento, ilumina todo el vecindario.

Pedro reconoció la luz que se desprendía de la torre.  La había visto así muchas veces cuando algún barco, en noches de tormenta, llegaba a la costa sano y salvo, y sabía lo que significaba: era la forma que tenía su faro de recibir y dar la bienvenida a todos sus amigos. Era su forma de expresar que, otra vez, había recobrado la alegría.