Cuento perteneciente a CUENTOS DE VERANO del Libro de Fabian Flakes de la Rose

UNO

Como ya era verano y hacia calor D.Fabián hacía sus tertulias dominicales en el jardín. Allí, en el cenador, al arrullo de patos y cisnes que entraban y salían del estanque y se paseaban por la hierba fresquita. Allí, entrelazados entre enredaderas y pequeñas florecillas, al amparo de un sauce viejo que lloraba cuando llovía.

EL SEÑOR QUE INVENTÓ UNA MÁQUINA PARA FABRICAR HELADOS DE TODOS LOS TAMAÑOS Y SABORES

-Bienvenidos al estío, caros amigos- saludó D.Fabián, mientras apartaba de su cogote una enredadera que le estaba molestando-. Hoy damos comienzo a los cuentos de verano: estamos en vacaciones.

-Serán para usted- refunfuñó Josefito, que había suspendido cuatro y estaba castigado todos los días, exceptuando domingos y festivos.

-Pues yo he aprobado todo, todísimo- exclamó Inesita llena de orgullo, viendo a sus papás cómo se les caía la baba.

– ¡Vete a la porra! – gritó Josefito- que eres una tonta y una cursi.

Los Marqueses de Sondesondo exclamaron irritados dirigiéndose a los jardineros: “Deberían ustedes enseñar educación a su hijo ¡Qué vergüenza!”

  • Ya empezamos con las peleas- se quejó D. Fabián-. A ver si tenemos la fiesta en paz, por lo menos en verano. ¡Silencio! Que comienza el cuento…

D. Conrado, además de ser honrado, era ingeniero de caminos, canales, puertos y huertos. Y su esposa Dª Magnolia era veterinaria por la rama de caracoles. D. Conrado y Dª Magnolia se habían conocido trabajando en el huerto; él a lo suyo, y ella a los suyo también atendiendo la Clínica de Caracoles que estaba montada. ¡Todo muy romántico!

D. Conrado era inventor; ya nació inventando cosas: Ahora una lavadora que baila, después una escoba que canta…Cuando conoció a Dª Magnolia, enseguida puso en práctica un sinfín de aparatos para curar caracoles; hasta un SPA para el bienestar de los animalitos enfermos de la Clínica.

Israel era un niño muy, pero que muy pobre, huérfano recogido en el Hogar del pueblo vecino, que se dedicaba a repartir periódicos por las casas, pero el dinerito que ganaba iba destinado en su totalidad al Hogar, con lo que al pobrecillo no le quedaba ni para comprarse un helado ¡Con lo que le gustaban!

A D. Conrado le daba mucha lástima y en los días de más calor, le regalaba uno bien grandote, que hacía las delicias del pequeño Israel.

Tanta pena sentía por el niño, que un día decidió inventar una máquina para fabricar helados con forma de caracol, de todos los tamaños y gustos. Así el niño podría comer tantos como quisiera.

D. Conrado comenzó a experimentar…Primero con tamaños de 1cm y sabor a caracol. Segundo con 2cm y sabor a caracol y fresa. Tercero con 4cm y sabor a caracol, fresa y limón. Así llegó hasta 512cm con sabor a caracol y la tira de cosas más. El inventor, en su delirio, deseaba llegar a fabricar un helado del tamaño de un iceberg y con todos los sabores del mundo mundial…Y lo consiguió…Era maravilloso, un caracolazo de miles de colores y sabores que hacía las delicias de todos los espectadores que acudían a admirarlo. Tantas visitas tenía que d. Conrado tuvo que hacer un Museo de Helados para ubicarlo allí, junto con los demás que había fabricado. La entrada era gratuita para niños y mayores de 65 años e incluía el regalo de un helado de los de 4cm y, para el que antes se lo comiera, un premio: otro helado súper- súper de 512cm.

Los niños se atracaban y alguna que otra indigestión había de vez en cuando.

Israel soñaba todos los días, feliz, con helados mega grandes, infinitos; caracoles que se agrupaban en constelaciones, galaxias, agujeros negros. Un universo helado y maravilloso que giraba a ritmo de caracol, o sea despacito, destellando colorines espectaculares, tan bellos como las estrellas y más. Allí no se pasaba calor.

Un domingo de julio por la tarde, el calor era tan sofocante en el Hogar que Israel no podía aguantarlo. Sudaba a chorros, como un pollo metido en el horno; goterones que le caían por todo el cuerpo. Sudaba, sudaba, sudaba…

De pronto se oyó en el jardín de D. Fabián :¡Socorro, que alguien me ayude, me abraso!

-¡Socorro! ¡Caracoles!- Todas las miradas se clavaron en Josefito que estaba colorado como una tomate, delirando y sudando la gota gorda- ¡No quiero caracoles! ¡Me comen! ¡Mamáaa! -. El niño estaba con una fiebre altísima y Bárbara le auxilió con paños de agua fría. El diagnóstico: Indigestión más que gorda por atracón de caracoles a la hora del almuerzo. “Ya te lo advertí. Josefa- dijo Josefo a su mujer-. Que le iba a hacer daño al niño. Y tú con esa manía de sobrealimentarlo”.

D. Fabián se quedó callado; únicamente dijo: FIN DEL CUENTO.

Lord Garci, Conde de Casacuadrada, se devanaba los sesos intentando comprender cómo D. Fabián había podido contar un cuento sobre caracoles, justo cuando Josefito estaba delirando por un atracón de los mismos. ¿Tendría capacidad de leer en las mentes de otras personas? ¿Sería coincidencia? ¿Les habría gastado una jugarreta el de La Roser? No entendía nada y eso que era el intelectual del grupo. Así que los demás ¡No digamos! Todos pasmados y calladitos, calladitos…Hasta con un poco de yuyu…

Mientras, D. Fabián observaba a sus invitados con ojos escrutadores y en su rostro lucía una sonrisita algo maligna que dejaba traslucir un pensamiento: “Pobrecillos, no han comprendido nada”

A las 21.00h, una hora más tarde de lo habitual por aquello del percance, se levantó la sesión sin ruegos, preguntas ni nada.

D. Fabián Flakes de la Roser, el ama de llaves y el mayordomo, se dirigieron hacia la casa y, mientras subían por la escalinata de mármol, se oyó decir entre risas a Bárbara: “Es usted terrible, D.Fabián. Es usted terrible”

 EL LIBRO DON FABIÁN FLAKES DE LA ROSER SE HALLA A LA VENTA EN LAS LIBRERÍAS DE VALLADOLID:”CAMPUS” – Plaza de san andrés.”EL SUEÑO DE PEPA” – Plaza mayor.

Etiquetas: Ana Vara, Masticadores Infantil, relato, cuento