Algo debió de pasar en aquella nevada que nos dejó encerrados durante días, ¿recuerdas?, que pegaste un estirón y todos los zapatos se te quedaron pequeños.

         Después llegó la primavera, con excursiones al campo y el principio del calor. Mangas cortas, pies ligeros… Pero la primavera, que tiene de todo, cambió a las lluvias. Y claro, las botas de agua ya no te valían.

         −Habrá que comprar unas nuevas −te dijimos.

         −¡Genial! −Sonreíste−. Las quiero rojas. Son las mejores.

         Y tenías razón.

         Pero el zapatero estaba ya adelantando fechas y casi solo vendía sandalias, así que no había mucho donde elegir.

         −¿Azules o amarillas?

         Pensaste unos segundos.

         −¡Amarillas! Son las mejores.

         Y tenías razón.

         Para tu felicidad y para la de tus botas, llovió durante horas. La verdad es que funcionaban fenomenal en los charcos.

Siguió lloviendo. Y dejó de llover.

         −¿Puedo seguir llevando las botas un rato más? −preguntaste.

         −Bueno.

         −Es que, ahora que no llueve, son botas de astronauta −explicaste−. No quiero quitármelas nunca. Son las mejores.

         Y tenías razón.

         Te las dejaste puestas por casa mientras jugabas a otras cosas. A veces parabas un momento para contemplar tus botas. La luz de la tarde entraba majestuosa por la ventana (la lluvia de la mañana era solo un recuerdo) y avivaba el color de tu mirada.

         −Si vieras tus ojos… −dijo papá−. Ojos azul canica.

         −Cuéntame otra vez la historia −contestaste−. Es la mejor.

         Y tenías razón.

Resultaba que, cuando era pequeño, papá coleccionaba canicas. Las tenía de todos los colores, pero sus favoritas eran un par de color azul cielo, con vetas de otros tonos. A veces se las acercaba a la cara, para imaginar que estaba frente a un universo.

         Guardaba las canicas en una bolsa de tela que, un mal día, debió de descoserse. Papá descubrió el agujero cuando ya era tarde. Faltaban canicas y, para más disgusto, precisamente las azules.

         Papá siguió jugando con frecuencia con las demás, pero no había vez que lo hiciera que no se acordara de sus favoritas.

         El tiempo pasó, tanto como para que papá perdiera todas las canicas. O, lo que es lo mismo, se hizo mayor.

         Y siguieron pasando los años, y me conoció, y un día le dije que íbamos a tener un bebé.

         Al poco de nacer, papá te cogió en brazos. Tú andabas con tus cosas de bebé: llorar, llorar, llorar y llorar. Pero al poco paraste.

         −¿Y sabes qué pasó? −te preguntó papá en aquella tarde en la que eras una astronauta.

         −¿Qué? −dijiste simulando que no conocías el final de la historia, mientras movías distraída tus botas nuevas.

         −Que abriste los ojos y… ¡ahí estaban! ¡Habían vuelto! ¡Mis canicas azules!

         −¿Mis ojos son tus canicas azules? −Sonreíste.

         −Pues claro. Con las que veo el universo. Las mejores.

         Y tenía razón.

Etiquetas: Mayte Guerrero, Masticadores infantil, relato