Ilustración de Joao Valente

Rigurosa exclusiva:Primer capítulo del libro inédito, “La hechicera oscura”  tercero de la colección “Lucy y Pepón” de Nube Ocho Ediciones

UN NUEVO CURSO

La mañana de septiembre había nacido soleada y Lucy y Pepón madrugaron emocionados para empezar el nuevo curso. Pero Pepón se retrasaba. Lucy le esperaba impaciente frente al parque para ir juntos al colegio.

            —¡Menos mal que ya estás aquí! No me gustaría llegar tarde el primer día de clase y menos con un profe nuevo.

            —¡Hola, Lucy! Perdona el retraso, no sé como me he entretenido, debe de ser la falta de costumbre, como en verano nunca madrugo…

            —No pasa nada, todavía tenemos tiempo. Es que estoy algo nerviosa por el cambio de curso.

            —Sí, es emocionante ir ya a quinto…

            —Espero que Don Fidenciano tenga buen humor y no sea demasiado exigente. Mi hermano dice que es buen profesor pero que no deja hacer el tonto en clase.

            —Lo mismo que Melinda —recordó Pepón con aire soñador—, ¡era tan buena profesora!

            —Sí, muy buena profesora, pero una bruja muy despistada…

            —¿Habrá ido con Flamo al curso de pócimas?

           —Imagino que sí. ¡Falta le hace! Porque si no, cualquier día tendremos que volver a Siempre Más Lejos para arreglar otro de sus desaguisados.

            —¡Ay, pobre Damelín! Como “profe Melinda” estaba guapísima.

            —Claro, ¡con tantas pócimas de belleza que usa! —exclamó Lucy, recordando divertida  los afanes de la bruja para permanecer joven—. Aunque algunas tienen unos efectos secundarios muy raros…

            —¡Ja, ja, ja! ¡Es verdad! Las pócimas de Damelín siempre pueden dar sorpresas.

            Recordando su última aventura en el País de Siempre Más Lejos, Lucy y Pepón llegaron al patio del colegio. Allí estaban ya algunos de sus compañeros, pero a diferencia del principio de curso anterior, ninguno se metió con ellos por su estatura. Lucy, aunque había crecido ese verano dos o tres centímetros, seguía siendo la más bajita de su clase y Pepón, que casi no había crecido durante las vacaciones, era, con mucho, el más alto. Pero los dos se sentían seguros. Sus aventuras en el mundo mágico y extraño que se escondía tras una puerta misteriosa, la fuerza que les habían transmitido sus nuevos amigos y el poder de sus amuletos, les habían dado la valentía y seguridad propias de los caballeros de Montecorona.

            —¡Hola, chicos! —les saludó Julio que, aplacado por el poder del amuleto de las Siete Monedillas, se había convertido en un buen compañero— ¿Qué tal el verano?

            Los niños comentaron unos con otros sus peripecias veraniegas. Todos parecían mayores y estaban contentos de volver a verse. Este nuevo curso tenían la intención de estudiar más, aprender mucho y ser buenos compañeros. La mañana azul estaba llena de alegría y buenas intenciones. Un nuevo curso comenzaba al sonar el timbre…

                                                           ***

También la mañana era azul en el País de Siempre Más Lejos. Y también un nuevo curso estaba a punto de comenzar en los confines del país: el curso de pócimas al que Flamo y Damelín se habían apuntado. Las clases las daría la Dama Búho, hechicera y gobernadora de Pueblobello, la mejor maestra posible; experta en encantamientos, hechizos, pócimas, bebedizos y sortilegios de todo tipo.

            La tranquila villa de Pueblobello, situada a la orilla del Mar Durmiente, brillaba como una perla blanca sobre la arena. Damelín, que nunca la había visitado, quedó impresionada por su belleza.

            —¡Qué precioso es este lugar! —exclamó la bruja, frenando un poco el vuelo de su escoba para apreciar mejor el paisaje.

            —Desde luego tiene bien merecido su nombre —aseguró Flamo—. ¡Es un pueblo bellísimo!

            Las casas, todas del mismo tamaño, tenían una peculiar forma circular y estaban hechas totalmente de piedras blancas. El tejado también era de piedra y su forma cónica les daba un aspecto muy especial que resaltaba aún más contra el azul intenso del cielo. En la cumbre de los tejados, al final del cono de piedra, unas figuras extrañas en forma de bolas, cruces, estrellas, soles y medias lunas aumentaban su originalidad.

            —¡Mira, Damelín! —exclamó Flamo señalando los adornos—. Esas figuras que rematan las cúpulas de las casas son en realidad símbolos de carácter esotérico, espiritual o de conjuro. Cada familia tiene uno, de acuerdo a sus necesidades y a sus deseos.

            —¿Y todos saben qué figura deben poner en su tejado?

            —Bueno, si ellos no lo saben, se lo dice la gobernadora; por algo es la hechicera más sabia y poderosa del país…

            —Ya, y por su sabiduría y poder la eligieron como gobernadora —añadió Damelín con admiración—. Espero ser una buena alumna y conseguir hacer pócimas mágicas sin fallos que sean útiles de verdad.

            —Sí, yo también espero que la Dama Búho me apruebe este curso para que mi maestro me ascienda pronto a Mago Oficial, así podré pedirle a Mara que se case conmigo. ¡Sería tan feliz si aceptara!

            —¡Claro que aceptará! —aseguró Damelín—. Mara también quiere casarse contigo. Aceptaría hoy mismo si se lo pidieras…

            —Pero no se lo voy a pedir siendo tan solo un humilde Mago Aprendiz; una ilustre dragona de agua como ella no merece un marido tan poca cosa.

            —Bueno, como quieras, pero Mara te quiere de verdad, tal como eres y no por los títulos que tengas.

            —Pues más motivo para querer mejorar —reflexionó Flamo—. Además, necesito urgentemente una buena pócima que disminuya mi tamaño de manera estable, porque si no, no sé dónde voy a meterme en este pueblo…

            Efectivamente, las calles del pueblo parecían estrechas desde el aire. Las casas no eran muy grandes y toda la villa se veía rodeada de campos de labranza con magníficos olivos, viñedos y trigales cuajados de amapolas. Los únicos lugares donde podría aterrizar un enorme dragón como Flamo, sin causar un estropicio, eran la playa y la Plaza Mayor.

            —¡Mira! —señaló Flamo—. Parece que en la plaza hay gente reunida. Podemos aterrizar ahí.

            —Sí, es el único sitio donde cabes…

            Flamo y Damelín bajaron con cuidado y se posaron en el medio de la plaza que estaba adornada con flores de muchos colores y carteles que anunciaban el inicio del curso de pócimas. El dragón plegó sus brillantes alas procurando no tropezar con nadie. Casi cincuenta personas esperaban la llegada de la Dama Búho para seguir sus indicaciones.

            —¡Queridos nuevos alumnos —exclamó un muchacho desde un escenario de madera construido para la ocasión en un lateral de la plaza—, bienvenidos! Es una gran alegría recibiros para este nuevo curso. Espero que aprendáis mucho y vuestras pócimas, hechizos y conjuros sirvan siempre para ayudar a los demás. Ahora, nuestra gobernadora, la Dama Búho, que será vuestra maestra durante estos meses, os dará las instrucciones necesarias en cuanto al alojamiento y las clases.

            Al decir esto, entro por uno de los laterales del rústico escenario una joven de deslumbrante belleza.

            —¡Qué guapísima es! —exclamó Damelín impresionada—. Espero que me enseñe sus pócimas de belleza.

            —¡Es casi tan bella como Mara! —confirmó Flamo.

            La Dama Búho saludó a los allí reunidos y con voz amable les explicó todo lo referente a las clases, horarios y lugares donde iban a ser alojados. Los que nunca la habían visto, no se enteraban de nada asombrados por su extraordinaria belleza. Era alta y delgada, con el pelo largo y brillante de un blanco inmaculado. También eran blancos su fina piel y sus ropajes. En su rostro destacaban los ojos azules, grandes y alegres, y el rosa de sus labios. Su presencia era resplandeciente, mágica y abrumadora. En su hombro derecho se posaba una magnífica lechuza albina que miraba a todos lados con sus enormes ojos, tan azules como los de la joven.

            —Tal vez por eso le llaman la Dama Búho —susurró Damelín señalando al pájaro.

            —Sí —confirmó Flamo—, además, el búho es símbolo de sabiduría y conocimiento…

            —Ahora, antes de entrar a la Escuela de Magia donde impartiré el curso, debo hacer algo muy importante —dijo sonriente la Dama Búho—. Veo que hay un alumno que, por su tamaño, no podría acompañarnos.

            Todos los reunidos en la plaza se volvieron hacia Flamo que se puso tan colorado que sus preciosas escamas de colores parecían de fuego.

            —¿Cómo te llamas? —preguntó la Dama Búho al dragón, mientras la lechuza blanca volaba hacia él.

            —Me llamo Flamosio Trifón Pordócimo, señora, pero todos me llaman Flamo.

            —Bienvenido, Flamo, me alegra mucho contar contigo en mis clases, los dragones de fuego suelen ser muy buenos alumnos y magníficos magos. Pero eres demasiado grande para alojarte en las casas o entrar en las aulas, así que tendremos que hacer aquí y ahora una pócima de reducción de tamaño, si estás de acuerdo…

            —¡Claro que lo estoy, señora! Una vez hice una yo mismo para poder acceder a una biblioteca, pero sus efectos no duraron mucho, no soy muy bueno con las pócimas…

            —¡Ni yo! —interrumpió Damelín sin poder reprimirse.

            —No pasa nada —aseguró la Dama Búho—, para eso estáis todos aquí: para aprender.

            Mientras la gobernadora indicaba a Flamo que se acercara al escenario, su joven ayudante preparó una mesa con diversos recipientes y botellas de varios tamaños.

            —Gracias, Melquiades —dijo la Dama Blanca cogiendo una de las botellas—. Si ponemos unas esporas de perrochico y las mezclamos con extracto seco de microalgas, y luego le añadimos un poco de agua de lluvia del amanecer y agitamos bien hasta que se disuelva…

            La Dama Búho mezclaba con habilidad los ingredientes en una pequeña botella de cristal transparente hasta obtener un líquido de un verde fosforescente que acercó a su nariz. La lechuza regresó en ese momento portando en su pico una pequeña flor rosada de cinco pétalos que entregó a la hechicera.

            —Muy bien, Minervina, la diminuta flor de la piedra o geranium dolomiticum que nos servirá para fijar durante un largo tiempo los efectos reductores de la pócima —explicó la Dama Búho mientras machacaba la flor en un mortero de mármol y la añadía a la botellita—. Creo que la pócima está terminada. Si te atreves a probarla, querido Flamo, mientras yo recito el hechizo correspondiente, tu tamaño disminuirá de forma notable y podrás alojarte y seguir las clases con los demás.

            Flamo cogió la botella con su manaza y, sin miedo, bebió el contenido de un trago.

            —¡Que la esencia diminuta de las pequeñas cosas y el agua de la mañana reduzcan tu tamaño a la escala humana! —ordenó solemne la hechicera.

            Instantáneamente, el enorme dragón de fuego disminuyó su tamaño quedando un poco más bajo que Damelín.

            —¡Oooh! —exclamaron todos admirados.

            —¡Qué raro me siento! —dijo Flamo sorprendido mirando alrededor—. ¡Y qué distinto se ve el mundo desde esta estatura!

            —Bueno, pues ya podemos entrar todos en la Escuela —indicó la Dama Búho mientras Minervina se posaba de nuevo en su hombro—. Ya veréis como os gusta el laboratorio y la botica, tenemos ingredientes tan antiguos que algunos ya casi han sido olvidados…

            Todo el mundo siguió a la hechicera para ver las instalaciones de la Escuela de Magia. El curso quedaba así oficialmente inaugurado. Seguro que a los nuevos alumnos les esperaban muchas sorpresas…