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            El gran bosque de encinas vibraba aquella tarde de verano con las risas de un montón de niñas y niños que se habían dado cita en él  para celebrar el cumpleaños de las gemelas. Nadia y Alejandra cumplían aquel día 6 años y querían que aquella fiesta fuese inolvidable para cuantas personas formaban parte de su círculo de amistades, por eso le habían hecho una petición especial a sus padres:

“Poder celebrarlo en su lugar preferido, el claro del bosque de encinas que había en su pueblo y hacerlo con una fiesta de disfraces”

Aquello suponía una pequeña complicación tanto para su madre que era policía, y que tuvo que cambiar turno con un compañero de trabajo, como para su padre que era bombero. Menos mal que tanto el comisario jefe de la comisaría donde trabajaba la madre, como la jefa de bomberos del parque donde trabajaba su padre, entendían la importancia de cumplir 6 años y no les habían puesto demasiadas dificultades para cambiar sus respectivos turnos y organizar aquella fiesta tan especial para todo el mundo. Y allí estaban ya, en aquel precioso rincón del bosque con un montón de niños y niñas dispuestos a disfrazarse de lo que fuera  ya que el tema de los disfraces era una sorpresa con la que las traviesas Alejandra y Nadia les habían recibido. Dos baúles que guardaban trajes de bailarina, caperucita, Papá Noel, robot, hada, superhéroe, princesa, y animales varios como cerditos, gato, elefante, erizo, perro, o pato, por no hablar de un llamativo disfraz de  monstruo de colores y otro de león, que las gemelas –como anfitrionas de la fiesta- se habían reservado para ellas, estaban a disposición de niñas y niños. Había disfraces para todos pero Nadia y Alejandra no contaron con una pequeña complicación y es que varios de sus amigos quisieran para sí el mismo traje. Nadie más que Elena quería ponerse el traje de erizo, así que por ese lado no hubo problema; y en cuanto al resto de los animales, al final unos y otras acabaron de ponerse rápidamente de acuerdo. Pero Paula, Alex y Andrea se peleaban por el de superhéroe, mientras que Pedro y Alicia se empeñaban en quedarse para sí el de Caperucita y Edu y Teresa querían ambos vestirse de princesa. Así que finalmente tuvieron que intervenir los padres de las gemelas y echar a suertes el reparto de trajes que quedó de la siguiente manera: Teresa sería el Papá Noel y Edu la princesa; Pedro se vestiría de Caperucita mientras que Alicia sería una fantástica robot; y por último Paula había conseguido para sí el traje de superhéroe mientras que Alex se convertiría en la bailarina y Andrea en el hada. ¡Y no había nada más que decir!

Como todo el mundo sabía que la mamá de sus anfitrionas era policía, y que se ponía muy seria cuando había que tomar decisiones,  nadie se atrevió a protestar por el reparto y finalmente asumieron de buena gana la distribución de disfraces. Y ahora que ya estaban todos disfrazados ¿a qué podrían jugar?  Esta vez fue con la ayuda de la privilegiada cabeza pensante del papá de Nadia y Alejandra que  improvisaron una divertida obra de teatro, en la que nadie era como se suponía que debía ser. Y las gemelas se dispusieron para hacer de especiales espectadoras de aquella improvisada obrilla.

“Había una vez un Papá Noel que tenía crisis de identidad. Eso quería decir que no tenía muy claro cuál era su lugar en el mundo y daba vueltas y vueltas por su casa – taller (esa donde dicen que hace todos los juguetes que luego entrega a cada niño por Navidad) sin saber muy bien qué hacer en aquel momento, desesperándose sin tener ni idea de por donde comenzar su tarea. Era tal el lío que tenía en su cabeza que pareciera que tuviera todo un ejército dentro de ella dándole voces cuando, de pronto, sintió un golpeteo en el cristal de su ventana.

  • Toc, toc, – sonó el vidrio alegre y cristalino.

Papá Noel se acercó y miró tras la ventana pero allí ¡parecía no haber nadie! Una nueva llamada volvió a sonar insistente sobre el cristal. Y, ahora sí, delante mismo de sus narices, vio nuestro protagonista como un hada revoloteaba impaciente intentando llamar su atención. Abrió la ventana y ésta se coló rauda por ella.

  • Necesito tu ayuda inmediatamente- le dijo totalmente acelerada. Y sin darle tiempo a preguntar nada continuó impaciente- Ahí fuera tengo un montón de animalillos y otros personajes de cuento todos enredados sin saber a qué historia pertenece cada cual. No hacen más que pelearse unos con otros y temo que se vayan a hacer daño. Intento poner orden pero nadie me hace caso.  Necesito la ayuda de alguien más grande que yo para poner paz.
  • Pero yo solo me dedico a hacer y a repartir juguetes por el mundo adelante, no a poner paz entre ellos ¿Qué podría hacer yo al respecto?
  • Eres mucho más grande que yo, y con esa barba que llevas sin duda impones más respeto y seriedad. Y tu voz, cuando te enfadas, se oye desde los confines del bosque. Estoy convencida de que, si me acompañas, sin duda a ti sí que te escucharán.

                  Aunque Papá Noel se resistía a realizar aquella tarea para la que  el hada trataba de convencerle, acabó cediendo a su ruego justo en el momento en que por la ventana aún abierta se coló el ruido de la algarabía que en el bosque tenían montada aquel lío de personajes. Así que hacia ellos se dirigieron hada y Papá Noel. El hada trató una vez más de poner paz entre ellos, volando de uno a otro, pero su frágil vocecita se perdía entre el bullicio. Entonces Papá Noel pegó un fuerte silbido que rodó de rincón en rincón haciendo que todo el mundo callara y se quedara inmóvil. Sorprendidos, le miraron.

  • ¡A ver qué pasa aquí!- tronó con su vozarrón de personaje antiguo.- Si vosotros no sois capaces de organizaros yo mismo lo voy a hacer por vosotros. Os repartiré en dos grupos y a partir de ahí tendréis que aprender a jugar juntos. Empecemos colocándoos en una fila, que yo pueda veros bien a todos.

                  Nadie se atrevió a desobedecer a aquel Papa Noel tan enérgico y todo el mundo comenzó a colocarse en fila junto al resto. Mientras lo hacían el hada revoloteaba a su alrededor, feliz de que por fin aquella algarabía se hubiera apaciguado, y colaboró con Papá Noel para que cada uno de los grupos se situara en un extremo diferente de aquel claro del bosque. Un primer grupo se formó gracias a Caperucita, el robot, los cerditos, el perro y el gato. En el otro grupo se juntaron el superhéroe, la bailarina y la princesa a los que se unieron el elefante, el erizo y el pato.

      Y a partir de ese momento cada uno de los grupos trabajó para conseguir crear la mejor historia en torno a la cual organizar sus propios juegos. Pero esa, esa es otra historia”.

            Nadia y Alejandra, vestidas respectivamente de monstruo de colores y de león, aplaudieron a rabiar aquella  pequeña obra que habían presenciado, pero era su fiesta y ellas querían tener su propio protagonismo, así que -aprovechando los grupos formados por el  Papá Noel de aquella pequeña historia- cada una se autoproclamó capitana de uno de ellos y decidieron organizar una divertida gymkana por todo el bosque.Aquella intensa tarde de juegos corriendo y saltando por aquel hermoso lugar despertó en todo el grupo sensación de hambre. No en vano, además de todo el ejercicio hecho, subiendo y bajando, corriendo y saltando, sin apenas darse cuenta había llegado la hora de la merienda. Después de darse un suculento festín con las viandas que habían preparado para todos ellos, aún seguían bastante acalorados, pero todavía con muchas ganas de seguir divirtiéndose todos juntos, sin saber que otra sorpresa les aguardaba para continuar la fiesta. Dirigidos por Nadia, monstruo de colores, y Alejandra, el león, se encaminaron por una vereda en sombra en dirección al pueblo. Con sus coloridos disfraces parecían un hermoso desfile circense en busca de espectadores, cada personaje mostrando al público con el que se cruzaba sus particulares habilidades. El camino terminaba junto a una casa, una casa en cuyo jardín les esperaba una piscina, una piscina enorme en cuyas aguas se bañaba una joven vestida de sirena. Esta no era otra que la tía preferida de las gemelas que aún les tenía preparadas más sorpresas. Niños y niñas se pusieron muy contentos y sustituyeron sus disfraces por los bañadores, listos para meterse en el agua, donde aquella sirena improvisada les propuso, para continuar la gymkhana del bosque,  toda una serie de juegos acuáticos.

            Y así pasó la tarde, entre juego y juego y baño y baño. Y cuando ya estaban a punto de dar por finalizado aquel largo día lleno de emociones, descubrieron que aún había más circunstancias para el asombro, el asombro  más dulce de todos. Al salir de la piscina, dando por terminado el fantástico y divertido baño de aquel día, descubrieron una última sorpresa.  En una orilla del jardín, donde había conseguido pasar desapercibida hasta entonces, alguien había colocado una fuente de chocolate y a su lado una mesa llena de tazas les estaba aguardando para darse un dulce festín. Como no podía ser de otra manera, las más alborozadas fueron Nadia y Alejandra, pues bien sabían sus padres que este era su postre favorito.

            Y de esta manera, entre dulces tazas de chocolate templado terminó aquel feliz día de cumpleaños que sería inolvidable para todos, al menos durante algún tiempo.

Este es un  relato de Mercedes G. Rojo, perteneciente a la serie “Revoltijo de cuentos traviesos”, ideada para un proyecto de Educación para la Igualdad con niños y niñas de Ed. Infantil (5 años) en el Ayuntamiento de San Andrés del Rabanedo (León). Las historias fueron creadas a partir de los personajes y pautas de lugar y tiempo que al azar fue proponiendo el alumnado de cada aula participante.

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