Ilustración de Gabriela Andrade

Cuento perteneciente a CUENTOS DE VERANO del Libro de Fabian Flakes de la Rose

Buenas tardes, mes amis- saludó D. Fabián-. Otro caluroso día de verano ¿verdad? – nadie contestó-. En fin, voy a dar comienzo al cuento de…-. Pero antes de terminar la frase, el Conde de Casacuadrada, intelectual él, levantándose de su asiento exclamó:

-D. Fabián, me dirijo a Ud. Como portavoz del grupo aquí presente, previa reunión en mi casa, para expresarle nuestro más enérgico descontento. El domingo anterior, Ud. nos dejó helados con el cuento de los helados, valga la redundancia. Ocurrió algo inexplicable para nosotros que nos dejó a todos perplejos y llenos de temor. A consecuencia de lo cual nos hemos puesto de acuerdo para exigirle explicaciones. Ud. contó un cuento de caracoles helados…mientras Josefito deliraba sobre caracoles… ¿Qué ocurrió? -.D. Fabián no contestó.

Haciendo caso omiso del silencio de el de La Roser, el de Casacuadrada, prosiguió:

– ¡Díganos si es Ud. clarividente! – silencio-. O es que nos gastó una broma de mal gusto- silencio-. El grupo esperaba, tenso, una respuesta que no llegaba. D. Fabián permanecía impasible mirando fijamente al portavoz. – ¿Se niega Ud. a contestar? – silencio otra vez-. Pues bien, hemos de decirle que nos sentimos muy molestos, como si Ud. se hubiera reído de nosotros- D. Fabián con cara de póker-. Está bien, Ud. lo ha querido. ¡Vámonos amigos! – Y, a una señal del portavoz, se levantaron todos a una y, mirando con muchísima rabia a D. Fabián, abandonaron el jardín y se marcharon a sus casas cuchicheando por el camino.

– ¡Vengan aquí! ¡No me dejen solo! ¡Tengo que contar el cuento de hoy! – vociferó D. Fabián.

– ¡Pues declárelo Ud. desierto! – gritó Helga Von Gutierrez, indignada por la descortesía que D. Fabián había mostrado a su novio Lord Garci.

A D. Fabián Flakes de la Roser, lord inglés de alta alcurnia, nadie le había plantado cara, nunca jamás. Así que, aquella tarde de verano, quedó sumido en la más profunda perplejidad. – ¿A mí? ¿Me tiene que ocurrir esto a mí? ¡No es posible! – gemía mesándose los cabellos desesperadamente. Bárbara no dijo nada porque ella formaba parte del plantón, pero pensó: “A D. Fabián, sus jugarretas, un día le van a costar caras”

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