Ilustración tomada de Pinterest

            Aquella era una tarde especial en la biblioteca del pueblo, lugar al que la gente del lugar acudía no solo para leer sino también para contarse historias unos a otros, para escuchar poemas de diversos poetas y para conocer en vivo a algunas de las personas gracias a las cuales se escribían e ilustraban muchos de los relatos que llenaban los libros que se repartían por todas las estanterías de aquella gran sala. Era la tarde de los disfraces y los bibliotecarios del lugar, un hombre ya mayor de pelo cano, con grandes gafas de pasta y pinta de guardar toda la sabiduría del mundo, y una mujer más o menos de su misma edad, también de pelo blanco y el mismo rostro de sabiduría, aguardaban a los jóvenes lectores de la biblioteca vestidos él de dragón marino y ella de capitana de barco. 

            Eran estos sus personajes favoritos porque ambos guardaban un secreto y es que hacía algunos años habían escrito una bella historia protagonizada por estos dos personajes, una historia que era una de las preferidas de los lectores más pequeños, aunque casi, casi nadie en aquel lugar sabía que aquel cuento había sido escrito por Dolores, su bibliotecaria, y que Juan, el bibliotecario, era su ilustrador.  A nadie le habían contado su secreto porque querían seguir siendo ante todo los bibliotecarios del pueblo, y compartir con niños y niñas sus historias sin que estos les pidiesen autógrafos y esas cosas que a veces les pasan a los autores famosos. Solo querían que fuesen felices entre los libros, que se divirtieran con sus personajes, que rieran y lloraran con ellos y que soñaran con todas aquellas aventuras. Y para conseguirlo, a veces, como el día de hoy, día de las bibliotecas, montaban fiestas especiales en las que invitaban a sus pequeños lectores a disfrazarse como los personajes de los cuentos que a diario leían y a vivir por sí mismos sus propias aventuras. Este año habían decorado su querida biblioteca como un hermoso castillo de hielo, de cuyo techo pendían chapiteles que parecían de frío hielo y cuyo suelo brillaba como si de verdad estuviera helado.  Y el caso es que aquel suelo, no sé por qué rara circunstancia,  resbalaba de verdad, como si de una pista de patinaje se tratara. Y en medio de aquel salón habían decidido organizar un gran baile de disfraces. 

            Como anfitriones de la fiesta decidieron ir dando a cada personaje que llegaba a la misma un papel en aquel baile, como si de una obra de teatro se tratara, y así comenzó la tarde, con un montón de niños y niñas deseando participar en aquella fiesta que seguro que, como todos los años, iba a resultar muy divertida para todos.  En primer lugar dejaron pasar a la princesa, que se sentó al fondo, en un simulado trono, en el que fue flanqueada por un par de cerditos que hacían las veces de guardianes. Después fueron entrando, unos tras  otros, caperucitas, tigres, patitos, perros, gatos, robots, ratones, superhéroes y hasta una Blancanieves de cara más pálida que la misma nieve con la que parecía estar construido aquel simulado castillo. Poco a poco se fue llenando la sala de estos y otros muchos personajes y cuando ya no quedaba nadie fuera, llegó la hora de dar comienzo el baile. Como en toda fiesta real que se precie, este tenía que comenzarlo la princesa del castillo, a falta de rey o reina que pudiera hacerlo, y bajándose del trono caminó por la sala buscando a la pareja ideal con la que iniciar el baile. Dio varias vueltas por el salón hasta que se paró frente a un hermoso y blanco unicornio de reluciente cuerno –como el hielo- que tras una leve inclinación formó pareja con ella y, al ritmo de la música, comenzaron a bailar.  Tras ellos unos personajes se emparejaron con otros llenando la improvisada pista sobre la que parecían deslizarse más bien, como si en vez de bailar patinaran sobre ella.

            Era divertido ver como bailaban juntos el perro con el gato y este con el ratón;  un tigre con Blancanieves; un robot con Caperucita,  un cerdito con un lobo,  el pato con la princesa, el superhéroe con el ratón, o Blancanieves y Caperucita juntas,  sin importarles nada de nada si quien estaba detrás de cada disfraz era chico o chica. Como el número de invitados era impar, primero bailaron al “baile del balón”, que es como el de la escoba pero sustituyendo esta por un balón,  todos emparejados menos el que se quedaba sin pareja que bailaba con el esférico entre las manos, hasta que la música se paraba, momento en el que todas las parejas se deshacen para ir a buscar una nueva. En ese momento quien porta el balón corre a emparejarse con otra persona dejando este en el suelo que habrá de ser recuperado por quien se haya queda solo. Así pasaron un buen rato bailando y bailando al son de ritmos diferentes y cuando las parejas comenzaban a repetirse, aquellos simpáticos anfitriones que eran los bibliotecarios  pensaron que era hora de cambiar de actividad, y llamando la atención del grupo con un simulado cañonazo de cañón de barco hicieron el silencio en la sala. Les propusieron hacer una gymkhana de juegos diversos y juntaron a todos en el centro de la sala. Entonces, haciendo uso de un truco de magia  aprendido en alguno de sus especiales viajes por lugares no menos especiales,  sacaron de un cofre varias madejas de hilos de diferentes colores y las lanzaron al aire con ayuda de un conjuro.  Ante la sorpresa de los allí presentes las madejas se deshicieron en largas hebras de hilo que fueron a enredarse entre los invitados, enredándolos de tres en tres, por distintos colores. Y conformados de esta guisa los equipos, dieron comienzo las diferentes pruebas en las que cada grupo se veía obligado a desplazarse junto para poder superarlas. Pescar corchos de un barreño, comerse una manzana a mordiscos entre todos, trasvasar agua de un barreño a otro, participar en una carrera de peces de papel y otras simpáticas pruebas, algunas de ellas un tanto complicadas, consumieron otra buena parte de aquel día en el que todos se lo estaban pasando estupendamente. 

            Y así, la tarde fue casi transcurriendo completamente en medio de aquella magnífica fiesta de disfraces en la que todo el mundo había bailado y jugado hasta hartarse. Se acercaba la hora de la cena y todos empezaban a tener hambre, aunque aún les esperaba la sorpresa más dulce de todas. Dolores y Juan, siempre amables anfitriones, habían decidido aquel año tirar la casa por la ventana, pues la Biblioteca llevaba nada menos que la friolera de 100 años abierta al público, siendo una de las bibliotecas más antiguas del país. Por este motivo habían hablado con la pastelería del pueblo (que por cierto hacía los dulces más ricos de toda la contorna) y les habían encargado dulces y pasteles para todos; también para algunos de aquellos pequeños lectores que Juan y Dolores sabían tenían intolerancia a determinados alimentos. Para todos ellos, visitar la pastelería del lugar era como estar en la gloria así que nada más apropiado para recibir hoy esos dulces que hacerlo de manos de ángeles, habitantes habituales de ese lugar llamado “gloria”. Y así, entre la algarabía general de los pequeñuelos, que no se esperaban semejante respuesta, un orondo pastelero (que casualmente se llama también Ángel) se presentó en la sala acompañado de dos jovencísimos ayudantes, todos ellos uniformados de ángeles celestiales (traje blanco y aún más blancas alas) mientras repartían en unas improvisadas mesas bandejas y bandejas de dulces y pasteles de todo tipo que los pequeños comensales devoraron con fruición, algunos de ellos con tanta, tanta ansia que comenzaban a sentirse llenos. Como nuestro amigo el superhéroe. Fue tal el hartazgo que este tuvo, con un empacho de pasteles de padre y muy señor mío, que sintió unas irresistibles ganas de vomitar, cosa que hizo sin que le diera tiempo a acudir al baño. Menos mal que los bibliotecarios, siempre atentos al más mínimo detalle, guardaban tras la puerta una esponja muy especial y un gran cubo que a un toque de palmas se pusieron en movimiento como por arte de magia limpiando aquel desaguisado en un periquete, mientras un solícito unicornio y una no menos atenta Blancanieves ayudaban al superhéroe a recuperarse de aquel inesperado percance. Hasta que llegó la hora de ir finalizando la fiesta. 

Los bibliotecarios dieron las gracias a todos por acompañarles en la celebración de aquel cumpleaños tan especial y fueron despidiendo uno a uno a cada invitado, deseando volver a verles pronto como lectores de la que ya era la casa de todos. Una vez despedido el último de los convidados, y quitándose sus respectivos disfraces de dragón marino y de capitana de barco se pusieron a la tarea de recogerlo todo para que al día siguiente la biblioteca volviera a lucir su aspecto de siempre. Pero era ya muy tarde y estaban muy muy cansados, así que con una mirada de complicidad dieron palmas juntos mientras lanzaban al viento un hechizo con el que toda la sala se puso en movimiento dejándolo todo recogido en menos de lo que dura un ¡atchisss!

            ¿Será que Dolores y Juan, además de bibliotecarios de nuestra biblioteca favorita son un poco magos? Bueno, esa, esa es otra historia que habremos de descubrir otro día

…porque  colorín, colorado

esta biblioteca  nos ha hechizado.

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