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El pequeño dragón se tumba para dormir. El gran dragón va hacia él y se pone a su lado. Juntan las cabezas, como cada luna, y ambos cierran los ojos, porque así es como los dragones cuentan cuentos a sus hijos.

         Esta noche, el gran dragón explica al pequeño una historia de su personaje favorito, un ser que, en vez de fuego, producía ruidos por su boca.

         El ser era diminuto, incluso más que un dragón pequeño. Sin escamas, sin alas, pero de postura erguida. Un ser ínfimo pegado al suelo, cuyas patas delanteras acababan en pezuñas delgadas, inofensivas y, sin embargo, mágicas.

         Con ellas hacía cosas como tomar una piedra chiquita del suelo y lanzarla al río; se oía un chof glup y, al hundirse, se dibujaba un sol. En otra ocasión, fue capaz de arrancar una brizna de hierba, ¡una sola!, que unió a una ramita para zarandearla en el aire. O moldeaba figuras extrañas con el barro de la ribera. Otras veces juntaba su pezuña a la de otro ser parecido y así, unidos, corrían hasta la orilla. Allí saltaban y saltaban, y las gotas bailaban en el aire, como si el río lloviera. Había historias en las que el ser era acariciado por otro como él, pero más grande, aunque nunca tanto como papá dragón.

         Aunque lo más alucinante del ser que no volaba era su hocico. Pequeño, inofensivo y, sin embargo, mágico. Porque, mientras hacía cosas con sus garras, abría la boca y de ella salía toda clase de ruidos: agudos como para espantar peligros, graves como para llamar a la batalla y, entre medias, sonidos con ritmo. 

«El ser cantaba», dice papá dragón con la cabeza unida a la de su hijo. «¿Qué es cantar?», pregunta en silencio el pequeño dragón. «Es como si el fuego fuera agua». A saber qué quería decir con eso…

En los cuentos que cuentan los dragones, según se mire, en realidad no pasan grandes cosas: nadie vuela, nadie quema, nadie asusta… Quizás, como en el de hoy, solo ocurre que el ser diminuto sopla un diente de león. Pero al pequeño dragón eso le parece tan increíble que le vale para empezar a soñar. 

Papá dragón despega su cabeza y él se queda fantaseando con el ser ínfimo sin alas. ¿Se encontraría con alguien parecido alguna vez? Quizás si le dejaran ir un poco más allá del valle…

***

El niño se va a la cama. Al poco llega papá con un libro, como cada luna, y lo abre para leer palabras y que entre el sueño. 

Esa noche, el papá cuenta a su pequeño una de sus historias favoritas. Y el niño, como siempre, fantasea con encontrarse a un dragón alguna vez.

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