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Mi padre murió cuando yo tenía siete años. Era un hombre joven, fuerte y sano. Su muerte fue un suceso totalmente inesperado. Mi padre era agricultor. Un día, antes de la siembra de primavera, dejó el poblado para ir al pueblo vecino a comprar semillas. Salió de casa muy temprano, yo oí entre sueños como se despedía de mi madre y se daban un beso, como siempre.

El pueblo al que iba está algo lejos y eso le obligaba, a la vuelta, a pasar la noche en una humilde posada del camino. Fue en aquella posada donde se encontró antes de tiempo con la muerte. También se hospedaba allí un espíritu maligno, un sombra. Los sombra tienen la apariencia de los hombres comunes, por lo que mucha gente no cree en su existencia y eso los hace más poderosos. Un sombra te embruja con una sola mirada y te arranca el soplo de la vida para siempre. Son como los vampiros de sangre, pero te absorben el espíritu: se alimentan de tu fuerza. Mi padre era un hombre muy fuerte; todo un manjar para un sombra.

El joven que cenó con él en el pequeño comedor de la posada era, a pesar de su apariencia vulgar, un espíritu maligno. Miró a mi padre con su mirada oscura y lo dejó sin aliento, débil, desorientado. Después no le permitió subir a las habitaciones y lo arrojó al frío de la noche.

Mi padre llegó a casa de madrugada, la gente del pueblo dice que tan borracho que casi no se tenía en pie. Pero mi madre y yo sabemos la verdad: mi padre NUNCA bebía alcohol. Entró en casa tiritando como un corderillo recién nacido y con los ojos brillantes de fiebre. Todos aseguran que fue el frío de la noche, pasada bajo la helada, y lo que había bebido, lo que acabó con su vida. Mi madre y yo lo vimos balbucear como un niño mientras nos contaba la historia del sombra y se despedía de nosotros para siempre. Aquello no era un enfriamiento, no era una pulmonía, no era una enfermedad normal. Cuando salió de la posada ya estaba sin vida y acabó de morir aquella mañana antes del mediodía.

La muerte de mi padre cambió mi destino. Yo pensaba ser agricultor y ayudarle a cultivar la tierra. Pero ante su tumba prometí encontrar al sombra que se lo había llevado, para eso necesitaba convertirme en sanador. Tendría al mejor maestro posible: mi padrino.

Mi nombre es Macú. Mi madre dice que me lo puso porque quiere decir “regalo del cielo”.

Continuará