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Lectura recomendada a partir de 12 años

         Mis abuelos tenían una casa con jardín. Y en el jardín había una caseta donde mi abuelo guardaba las herramientas y otros “dichosos trastos”, como los llamaba mi abuela.

         Mi abuelo pasaba en la caseta más tiempo que en cualquier otro sitio. Arreglaba cosas pequeñas y cosas grandes. Y sonreía. Sobre todo, sonreía. En cuanto entraba y durante todo el rato que estaba allí. Sonreía como yo lo hacía cuando de niño pisaba la arena de la playa. La caseta era las vacaciones de mi abuelo. 

Él sonreía. Él, al que en el pueblo llamaban Phil el Serio, pues ese era su rictus y jamás se le vio hacer una broma o una muestra de cariño hacia los demás.

         Yo conocía su secreto porque mi abuelo me dejaba estar con él en la caseta. Quería pensar que ningún otro miembro de la familia, ni siquiera la abuela, sabía lo que yo. Eso me hacía sentir poderoso. Era su cómplice y, aunque por aquel entonces no supiera ni entendiera sus motivos, le respetaba y no hablaba nunca del tema con otra persona, tampoco con él.

         Mi condición de buen chico y mi silencio me abrían las puertas de aquella caseta, donde apenas hablábamos. De alguna manera, yo entendía que permanecer callado era lo que me permitía estar allí. Me sentaba entonces en el suelo de un rincón a leer cómics, mientras él estaba a sus faenas y la radio hablaba por nosotros. De cuando en cuando, sonaban canciones que olían a antiguo, tanto como el aparato, que solo se callaba mientras el abuelo debía arreglarlo, lo cual era necesario con frecuencia. 

         Las tardes allí se me pasaban como minutos, hasta que me avisaban para que volviera a casa. Le decía: “Adiós, abuelo”, y él: “adiós, hijo”, y ya. No recuerdo un beso o un abrazo; tampoco noté esa ausencia.

         Pero fui creciendo y dejando de leer cómics. También fui espaciando las visitas a casa de mis abuelos, hasta que se redujeron a las obligadas: Navidad, cumpleaños… En una de esas reuniones, la abuela comentó que el abuelo también pasaba cada vez menos tiempo en la caseta. Bueno, no lo dijo así, sino más bien algo como: “Ahora que ya te cuesta tanto hacer cualquier cosa, deberíamos deshacernos de los dichosos trastos, Phil”. “Aún no”, sentenció él y se llevó el tenedor a la boca. Era tan poco frecuente que Phil hablara, que cada palabra que salía de su boca parecía esculpida en piedra, y nadie tenía nada que decir después.

         Phil el Serio murió una primavera. Mi primer sentimiento cuando me dieron la noticia fue arrepentimiento por haberme alejado. Ese momento y esa sensación fueron la manera en la que sin remedio me hice adulto.

         Años más tarde, cuando se me quitaron ciertas tonterías de la edad, empecé a leer cómics de nuevo. Y no había vez que lo hiciera sin recordar la sonrisa de Phil entre tuercas y llaves inglesas.

         Igual que hacía tanto, volví a entrar en la caseta con un cómic en la mano cuando falleció la abuela y los hijos vendieron la casa. Al final, ella había resultado ser una romántica, pues, desaparecido Phil, hubiera podido deshacerse de “los dichosos trastos” y, sin embargo, se negó cada vez que se le propuso esa posibilidad. “Me gusta mirar desde la ventana e imaginar que él sigue dentro”, decía.

         A la hora de vaciar la casa, en el reparto de estancias, pedí encargarme de la caseta. Intenté poner en marcha la radio, pero solo emitía un ruido arenoso. Daba igual, las viejas canciones estaban pegadas a esas paredes de madera y sonaban en mi cabeza, y ya no me parecían tan antiguas.

         Podía haberme puesto a organizar los trastos en cajas, y lo haría en un rato, pero antes quería pasar unos minutos en mi rincón con mi cómic.

         Al ir a sentarme, noté una madera suelta en el suelo. En efecto, era fácil sacarla. Debajo había un hueco y vi que ocupado por algo. Algo bastante grande que no podía sacar si no soltaba antes más listones del suelo. Así lo hice y del interior extraje un cajón, también de madera, como los que se usan para la fruta; dentro, un montón de tarros de cristal cerrados con tapas metálicas.

         Y un sobre. Un sobre con mi nombre.

         Hola, hijo.

         No llegué a conocerte mucho, a pesar del tiempo pasado junto a ti, pero algo me dice que tarde o temprano llegarás a esta carta. Y si no, no pasa nada.

         Nada. Qué palabra… Mi familia era pobre, así que me crie sin nada. Pero, si te fijas, “no tener nada” es una doble negación. “Se tiene nada” porque, “si no se tiene nada”, es que tienes algo. En fin, no sé cómo llegué a esa conclusión, supongo que por supervivencia. El caso es que empecé a guardar nadas, que era mi manera de tenerlo todo. Me acostumbré a llevar pequeñas cajas, bolsitas o cucuruchos de papel en los bolsillos para atrapar cosas importantes, pero esos contenedores tenían rendijas por las que se escapaba lo que guardaba en ellos, ya que era de un material muy especial. De hecho, por ese motivo se me perdieron pertenencias muy valiosas, así que, en cuanto pude, cambié el método y desde entonces no salía de casa sin un frasco de cristal con tapa de buen cierre.

         Y eso es lo que te dejo: mi cajón de nadas.

         Lo que pienses y lo que hagas con los tarros, sinceramente, poco me importará allá donde esté cuando leas esto. Lo que sí me importa, y quiero que también te importe a ti, es que sepas que te perdoné. Perdoné que crecieras. Y que tus intereses no pasaran por estar junto a un viejo silencioso con sus trastos. Te perdoné porque te comprendí, igual que tú comprendías mi manera de ser y me respetabas. Sin preguntas, sin juzgarme, solo estando ahí.

         Te perdoné a cambio de que algún día te perdonaras a ti mismo. No me abandonaste, solo creciste.

         Me cuesta seguir escribiendo y, aunque podría contarte mucho sobre mi vida, es mejor que lo haga a mi manera: con silencios. Ahí tienes el cajón.

         Vive como creas.

         Phil

         Saqué uno de los botes vacíos y leí su etiqueta: “brisa en el amanecer”. En otro: “suspiro de Elma”. Y luego “rayo de sol”, “olor a principio de tormenta”, “ladrido de Woolf”, “restos de caricia al bebé”, “aroma de cruasanes en el horno”, “notas de trompeta”…

         Las nadas de mi abuelo resultaron todo un universo del silencio y no son pocos los ratos que paso mirando los frascos, imaginando que todas esas cosas están de veras ahí dentro. Como mi abuela mirando la caseta a través de la ventana.