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Lectura recomendada para lectores a partir de 10 años

PRIMER CAPÍTULO DE MACÚ. La introducción del libro se publicó el 21 de julio

Tras la muerte de mi padre una terrible tristeza cayó sobre nosotros. Mi madre y yo nos convertimos en fantasmas, moviéndonos bajo un manto de pena, densa como la niebla de diciembre, que no nos dejaba sentir ni pensar. Nuestros movimientos de autómatas dejaron de tener sentido, eran solo gestos mecánicos, tareas cotidianas que realizábamos sin corazón. Parecía que el sombra nos había robado también a nosotros la energía.

Mi madre no tenía fuerzas para cultivar nuestras tierras y yo era demasiado pequeño para intentarlo. Fue mi padrino el que acudió en nuestra ayuda. Era el único que podía aliviarnos, por algo era un sanador y, además, había sido el mejor amigo de mi padre; su hermano de espíritu. Amaba a mi madre desde el primer día que la vio, a pesar de haber descubierto en ese mismo momento que el corazón de ella siempre pertenecería a mi padre. A mí me quería como a un hijo.

Era un hombre alto y fuerte, con aspecto de leñador o de herrero. Cuando nació, solo la mediadora del pueblo pudo ver en aquel niño enorme y llorón la marca del sanador. Nadie confió entonces en sus augurios, pero pronto mi padrino los confirmó, interesándose desde muy pequeño por los enfermos, heridos y melancólicos. Siempre buscaba al viejo sanador para que le enseñara sus remedios; aprendía las antiguas fórmulas con interés y buscaba métodos nuevos que fueran más eficaces. Dedicó toda su infancia y primeros años de juventud a formarse para combatir eficazmente los males del cuerpo y del espíritu y, a los veinte años, tras el funeral de su maestro, fue nombrado sanador por nuestra sabia mediadora, la que ya le había puesto de nombre Cosay, “el que cura el mal”, segura como estaba de su destino.

Cosay organizó acertadamente nuestras vidas: buscó un buen agricultor para que arrendara nuestras tierras, asegurándonos así un sustento que ni mi madre ni yo estábamos en condiciones de conseguir; animó a mi madre para que fuera a tejer cada tarde al taller de las tejedoras, dándole así una obligación que le hacía salir de casa y le facilitaba el relacionarse con mujeres de su edad y que, con el tiempo, le devolvió la sonrisa. A mí me cogió de aprendiz, en cuanto le dije que quería atrapar al sombra que acabó con mi padre.

—¿Por qué quieres atrapar a ese sombra, pequeño Macú? —me preguntó mientras preparábamos una pomada para las quemaduras leves.

—Quiero vengar la muerte de mi padre —contesté decidido, con la fuerza que da un corazón lleno de odio.

—Entonces, no puedo ayudarte —aseguró tristemente mi padrino—. Si lo que te mueve es la venganza, el mismo mal que da vida a un sombra se apoderará de tu alma y, al acabar con él, acabarás, a la vez, con todo lo bueno que hay en ti.

—Pero él mató a mi padre, un hombre joven y bueno, lleno de vida, al que nosotros tanto queríamos…

—Ese amor es la razón para buscar al sombra —interrumpió Cosay, mientras me secaba las abundantes lágrimas que corrían por mis mejillas—. El amor debe ser siempre la única razón: el amor por tu padre y por su espíritu, que el sombra tiene prisionero en su interior para alimentarse de él, sin dejarle partir hacia la luz, hacia los brazos de la Diosa.

—Es que solo puedo liberar su espíritu si mato al sombra.

—Es cierto, pero primero debes liberar al tuyo de ese odio que lo oscurece, de ese deseo de venganza que lo ciega. Debes acabar con el sombra solo porque es necesario para poder rescatar a todos los espíritus que el sombra atrapó, incluido el de tu padre.

—No sé si podré hacerlo, padrino.

—¡Claro que podrás, pequeño Macú! Aunque ahora es demasiado pronto y tú eres demasiado joven. Primero tienes que viajar conmigo y aprender del dolor de los hombres para mitigarlo; después, ya llegará el momento.

Convertido así en aprendiz de sanador, un destino que ni nuestra mediadora había imaginado para mí, comencé mi formación. Lo primero, era aprender a leer y escribir correctamente. Cualquier sanador debe dominar el arte de la escritura, necesaria para apuntar fórmulas curativas y llevar inventarios de plantas y remedios, tan abundantes en nuestra tradición que no pueden dejarse únicamente al recaudo de la memoria de los hombres, muy dada a fallar inesperadamente, sino que deben guardarse por escrito para transmitirlas a las nuevas generaciones. También es imprescindible conocer la aritmética y las bases de la química, para hacer mediciones adecuadas y mezclar debidamente y en la proporción exacta las sustancias que componen las pociones. Para aprender todo eso, debía ir a la escuela, aunque todavía me faltara un año para empezar el primer curso.

Cosay me acompañó a hablar con la maestra para pedirle que me admitiera antes de tiempo.

—Hola, Enicá —saludó mi padrino sonriente—. Te traigo a mi ahijado, Macú, para ver si puede empezar las clases este otoño.

—Hola, Macú —me saludó la maestra, ruborizándose levemente al mirar a mi padrino—. Creo que todavía eres pequeño para empezar este curso, ¿cuántos años tienes?

—Siete.

—Entonces, tendrás que esperar hasta el próximo…

—Por eso hemos venido a hablar contigo —interrumpió Cosay—. Quiere ser, cuanto antes, aprendiz de sanador.

—Pero no ha sido elegido por la mediadora; en su nacimiento nada hizo pensar que ese sería su destino…

—Lo sé, y tú también sabrás que un auténtico sanador puede llegar a serlo de dos formas: por designio directo de la Diosa, cosa que una buena mediadora adivina desde su nacimiento, como ocurrió en mi caso; y cuando un acontecimiento extraordinario en su vida hace que la Madre ponga esta opción en su camino, cambiando así el curso de su destino.

—Es cierto —confirmó pensativa la maestra—, la trama y la urdimbre del tapiz de la Diosa nos resultan incomprensibles a sus mortales hijos.

—Sí, pero es siempre colorido y bello, cada hilo tiene su razón de ser y en un único telar se tejen todas nuestras vidas —añadió mi padrino—. Por eso no entendemos nada: porque no podemos ver el magnífico diseño del tapiz completo. Sabes bien lo que le ocurrió a su padre. —Lo sé, y lo lamento mucho; era un hombre bueno.

—Pues ese terrible acontecimiento cambió la dirección de la vida de Macú, que ahora quiere ser sanador y, para ello, necesita nuestra ayuda.

—En ese caso, no hay más que hablar —aseguró Enicá—. Que venga mañana, veremos si su pequeña mente está preparada ya para los conocimientos que solicitas, si es así, no tengo inconveniente en admitirlo este curso.

Continuará