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LECTURA RECOMENDADA A PARTIR DE 13 AÑOS

Primera parte

El mar estaba tranquilo. Su color azul intenso se confundía en el horizonte con el cielo. Difícilmente se podía distinguir dónde terminaban y empezaban cada uno de ellos. Solo una mancha verde, a lo lejos, iba agrandándose poco a poco y   daba una pincelada de diferente color al inmenso cuadro celeste que les rodeaba. La piragua ceremonial, construida y decorada especialmente para ese acto, era ligera como una pluma y se movía tan rápida sobre el mar que parecía que no llevaba peso. Dentro de ella un joven se balanceaba hacia delante y hacia atrás con movimientos monótonos provocando el aturdimiento de sus sentidos. Buscaba olvidar el momento que estaba viviendo. Tangaroa rezaba, mientras se movía acompañando sus oraciones con un canto triste y  monocorde; sin embargo, sus canciones eran súplicas  a los dioses de la tempestad. Pedía desesperadamente una tormenta tan grande que volcase su embarcación y la hiciera desaparecer tragada por una gran ola. Cualquier muerte sería más honrosa que la que les esperaba al llegar a la isla de los Sacrificios, como llamaban al lugar hacia dónde se dirigían. Miraba al horizonte pidiendo al gran calamar un temporal como el que asoló a todo el archipiélago cuando él era pequeño.

 Acompañaba sus oraciones con los impulsos que producía su cuerpo, creyendo que así llegarían antes hasta las oscuras profundidades donde el monstruo  habitaba. Cuando las oyera, removería las aguas con sus tentáculos  gigantes, las teñiría de negro con su furia y  la frágil embarcación en la que iban prisioneros él y su hermano  se estrellaría probablemente  contra  alguna roca escondida,  igual que pasaba, a veces, con los  grandes barcos de los hombres blancos. De esta manera encontrarían una muerte salada y húmeda que les rescataría de un sufrimiento mayor. Tangaroa miró a su hermano Aisake con pena. Él no debería estar allí; no tenía que haber luchado en esa última batalla. Era casi un niño.

Entre los hombres que iban en la piragua  se distinguía perfectamente que  los captores y los apresados pertenecían a razas diferentes. Tangaroa y Aisake eran esbeltos, fuertes y musculosos; tenían la piel aceitunada, las facciones agradables, los ojos un poco rasgados, el pelo liso y largo y una boca de labios finos con unos dientes blancos que eran la envidia de sus captores. Tangaroa sabía que si nada lo remediaba, dentro de poco su dentadura formaría parte de un collar que se colgarían al cuello sus enemigos. Los remeros por el contrario eran negros, parecían figuras esculpidas en trozos de carbón. Tenían el pelo muy rizado, la nariz achatada y la boca muy grande. Llevaban el cuerpo totalmente cubierto de una pasta rojiza que usaban durante los sacrificios. Pertenecían a la tribu de los bukauas; eran caníbales y los enemigos más peligrosos que tenían. Vivían en una isla relativamente cercana y la enemistad entre las dos tribus era el origen de continuas luchas encarnizadas.

Además del sufrimiento que le producía saber que les esperaba una muerte terrible, había otra cosa que atormentaba a Tangaroa más aún: ¿qué suerte habrían corrido sus padres y su joven esposa? Cuando en el poblado divisaron las canoas en el horizonte, todas las mujeres, los ancianos y los niños huyeron hacia el interior de la isla. Los hombres se quedaron para defender su territorio, pero hubo muchas muertes entre sus amigos. A él le cogieron vivo junto con su hermano, ellos dos eran el premio para los ganadores.  

Inevitablemente el viaje llegó a su fin, los bukauas estaban contentos; se bajaron de la embarcación dando gritos de alegría porque habían alcanzado el sitio indicado. Desde el agua se veían restos de una antigua hoguera. Dentro de poco realizarían un acto de comunión con sus dioses, y el Jabalí Sagrado se proyectaría sobre el cuerpo del prisionero uniéndose a él, de forma que cuando lo devorasen otorgaría al vencedor unos poderes que le harían ganar un escalón hacia la inmortalidad.

 El jefe del grupo les lanzó un grito indicándoles que debían bajar a tierra. Aisake lo miró aterrado; intentó incorporarse dentro de la piragua, pero no conseguía guardar el equilibrio. Uno de sus captores llegó hasta él y cogiéndolo por debajo de las axilas lo tiró al agua. Tangaroa no espero a que lo obligasen a hacerlo sino que apoyándose sobre el borde de la barca la volcó y cayó al mar. Intentó ponerse de pie, pero no podía, las ligaduras le limitaban los movimientos. Al cabo de unos segundos que se le hicieron larguísimos apoyó con dificultad los pies en la arena fina de la playa, y esa fue la única sensación agradable que tuvo aquel día.

Cuando por fin llegaron a la orilla quedaron tendidos sobre unas verdolagas que habían brotado cerca del agua. Estaban muy cansados; desde que los apresaron no les habían dejado dormir, y la tensión acumulada por la derrota sufrida durante la terrible batalla, los había extenuado. El más pequeño de los hermanos temblaba de miedo.

—Aisake, mantente con ánimo hasta último momento, si nos dan algo para dormir, no lo tragues. ¡Todavía podemos huir! —dijo Tangaroa, que procuraba   dar ánimo a su hermano y  a sí mismo.

—Pero… ¿Tú estás loco? Huir ¿A dónde? Si no puedo ni ponerme de rodillas. No tengo fuerzas ni para caminar, imagínate para correr. 

—Tú hazme caso, lo que te den, lo escupes —le repitió con firmeza.

El jefe de los bukauas dio las órdenes; enseguida dos de ellos se internaron en un bosque que nacía al borde del agua y, al poco rato, volvieron con dos haces de leña para hacer la hoguera. La colocaron al lado de los restos de una anterior en donde se adivinaban algunos huesos calcinados de otros sacrificios. Los dos más corpulentos buscaron una piedra para afilar el gran cuchillo con el que debían descuartizarlos y después extraer sus vísceras para ser devoradas.

Los dos hermanos estaban aterrados, aunque el mayor seguía intentando hacerse el fuerte  para  que el ánimo del menor no decayese.

El sol calentaba muy fuerte esa mañana y la hoguera prendió rápidamente. Los bukauas se pintaron  en la cara unas rayas verticales con los tizones que había sobre la arena de la playa dándoles un aspecto más fiero todavía. Empezaron a ejecutar los cantos y bailes que antecedían a la ceremonia del sacrificio. El jefe, acompañado por otro guerrero, se acercó a Aisake, le agarró del pelo por la parte superior de la cabeza y ayudado por su compañero le introdujeron, en la garganta, una semilla alucinógena; de la misma manera le obligaron a beber un poco de agua. El fin de Aisake estaba escrito. Tangaroa sabía que en pocos instantes un sueño muy profundo se apoderaría de su hermano y ya no sería capaz de ningún intento de fuga.

Cuando llegaron a él, abrió la boca sin ofrecer resistencia, pero se colocó la semilla debajo de la lengua con lo que en el momento que los dos guerreros le dieron la espalda, la escupió y, como pudo, la enterró en la arena de la playa presionándola con el talón.

Se hizo el dormido e intentó aislarse, evadirse de todo lo que iba a ocurrir a continuación, en aquella bahía tan bella.  Tangaroa rezaba a sus dioses en voz muy baja cuando, de repente, escuchó un golpe seco, como el que produce un coco al caer desde lo alto de una palmera y un grito desgarrador le atravesó sus oídos. En ese momento algo caliente le salpicó en la pierna. Entreabrió los ojos y pudo ver como la sangre de su hermano, que manaba en medio de su cráneo partido en dos, había llegado hasta él.  El griterío de los bukauas fue ensordecedor y la fiesta empezó para ellos. El olor a carne quemada junto con el humo y la pena de pensar en la muerte de Aisake le impedían respirar.  Tangaroa intentó serenarse, tenía que estar listo si quería planear una huida. Las ligaduras de las manos se habían aflojado un poco y con mucho esfuerzo pudo desatarlas. Después, aprovechando que estaban en plena orgía,   soltó las cuerdas de los pies y se levantó  con mucho trabajo echando a correr hacia el bosque cercano. Los bukauas tardaron unos segundos en darse cuenta de su fuga. Dejaron esparcidos por la playa los despojos humanos que estaban devorando y salieron corriendo tras él.

En ese instante, de entre los árboles salió una luz seguida de un ruido ensordecedor que le detuvo por unos instantes. Se quedó paralizado, no sabía qué hacer ni hacia dónde ir; se volvió y vio a uno de sus perseguidores tirado en la arena con el pecho abierto. Sus compañeros se miraban asustados y a la vez observaban el lugar por donde había salido la luz. Todos en la playa estaban desconcertados. De pronto, vieron salir del bosque un dios blanco con largos cabellos de fuego que se aproximaba  gritando; otra luz, otro sonido aterrador, y otro bukaua en el suelo con la cabeza echa trozos. Inmediatamente Tangaroa reaccionó, se dio cuenta de que aquella figura no era la de ningún dios y que estaba allí para ayudarle, así que corrió hacia donde aquel ser se encontraba y después de una larga carrera cayó de rodillas cerca de él. Los bukauas habían huido hacia su piragua y no parecía que quisieran saber nada más de su sacrificio.

Continuará