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Ha llegado el diez de agosto, 
noche de San Lorenzo,
un bello manto de estrellas 
ilumina el firmamento.
La luna en cuarto menguante
se retrasa en su momento
cediendo el protagonismo
a los luceros del cielo.

Y en esta noche estrellada,
cuando ya reina el silencio,
una niña chica busca  
cometas con cola de fuego. 
Estrellas fugaces las llaman, 
lágrimas de San Lorenzo
porque al caer tantas juntas
parece que llora el cielo.

La niña ya se impacienta,
estrellas no están cayendo
mientras su madre le dice
que aún no ha llegado el momento.
La noche se pone fría,
el firmamento está quieto.
La niña cierra sus ojos
impulsada por el sueño.

Ya en los brazos de su madre
la pequeña está durmiendo
mientras sueña con estrellas, 
muchas estrellas cayendo,
que estrellas fugaces  llaman, 
lágrimas de San Lorenzo
porque se ven caer esta noche
todas llenas de deseos. 

La niña aún sigue dormida, 
su madre le vela el sueño
y al caer la primera estrella
en su frente deposita un beso.