GRITA Y GRUTA, BRUJAS DIPLOMADAS por Mavi Govoy

Imagen tomada de Pinterest

Primer episodio del libro: Lío en el baile de Cenicienta.

Todos conocéis el cuento de Cenicienta. 

Su hada madrina lo arregló todo para que la linda Cenicienta fuese al baile de palacio. Y posiblemente pensáis que también fue ella quien hizo posible que Cenicienta enamorase al príncipe. Pero la realidad es bien distinta. 

El hada madrina proporcionó el vestido, el maquillaje, el peinado, el carruaje, el cochero y, por supuesto, los zapatitos de cristal, lo demás lo dejó en manos de la suerte. Y la suerte, que es una despistada y pierde las cosas que dejan en sus palmas, la lio.

En aquel baile nada salió como tenía que haber salido y esa historia de que Cenicienta y el príncipe bailaron juntos hasta que sonaron las doce campanadas es un puro cuento, aquella noche no bailaron ni una sola vez, ninguno de los dos.

¿Queréis que os lo cuente?

Todo empezó en la casita de Grita y Gruta.

Grita y Gruta son dos hermanas y también son dos brujas diplomadas capaces de hacer que se te olvide lo que has estudiado y te quedes en blanco delante de la hoja de examen, sin atinar a recordar ni razonar cuanto son cinco por siete. Pero también pueden lograr que el profesor se pierda por los pasillos del colegio y no llegue a tiempo para hacer el examen o que explote el cajón donde están guardados los exámenes pendientes de ser corregidos… Depende del humor que tengan.

Aquella mañana estaban de muy buen humor. Acababan de interceptar dos cartas, nada menos que dos invitaciones para acudir a un baile en palacio.

Resulta que el rey Baldomero, harto de las interminables excusas que esgrimía su hijo cada vez que se mencionaba el tema de su obligación de contraer compromiso marital, se había compinchado con sus ministros para lograr que todas las jóvenes casaderas fueran presentadas al príncipe. Para ello habían optado por organizar un gran baile al que se había invitado a todas las doncellas solteras y sin compromiso de los alrededores. 

A todas menos a las brujas, porque ningún rey en su sano juicio quiere a una bruja por nuera. Y el rey Baldomero no estaba loco.

Pero de poco sirvió, porque una de las aficiones favoritas de cualquier bruja es cotillear la correspondencia ajena, sobre todo si esa correspondencia viaja en sobres grandes y con letras doradas.

Cuando Grita leyó la carta que tendría que haber sido entregada a la sirenita, se puso a dar volteretas de alegría, pues dar brincos le parecía poco para expresar la ilusión que le hacía aquella invitación, hasta que en un triple salto mortal se chocó con la mecedora, que no consiguió esquivarla. 

¡Buuumm! 

Cayó entre las sillas que corrían por todas partes en su esfuerzo por no ser alcanzadas por sus manotazos y acabó debajo de la mesa, cuyas patas temblaban tanto que no conseguía huir. 

Cuando Gruta leyó la carta que no fue entregada a Pulgarcita, empezó a cantar de contento y, claro, se puso a llover y a tronar. Llovía dentro y fuera de la desordenada casa de las brujas. Fuera llovían ranas de ojos saltones y dentro cayó tanta agua que la mesa del comedor se encogió y la bola de cristal se resfrió.

–Voy a ir al baile de palacio –dijo la empapada y feliz Gruta a su hermana, que seguía tirada bajo la encogida mesa del comedor, atrapada entre las ahora cortas patas–. ¿Crees que me dejarán cantar?

–Puede ser, he oído decir que hay sequía –comentó Grita poco convencida mientras se retorcía para escapar del abrazo de la mesita–. Yo también voy a ir, pienso bailar durante toda la noche… 

–Bailar… ¡Me pido primer con el príncipe!

–¿Primer, tú? ¿Con el príncipe? ¿Se puede saber por qué? Estoy segura de que me preferirá a mí –comentó Grita al tiempo que ahuecaba su espesa y enmarañada melena rubia.

–Seguro, sobre todo porque bailas como un pato. En cambio yo domino todas las técnicas de danza clásica y moderna.

–Y todas las modalidades de pisotones y zancadillas. Ni el dragón Plastón quiere bailar contigo –repuso Grita, que al fin había podido ponerse en pie y se plantó en jarras ante su hermana.

–Mira, Grita, ya está bien. Yo lo dije antes.

–No sirve lo que tú digas, que lo diga el príncipe.

–De acuerdo –gruñó Gruta–. Cuando estemos en el baile, nos acercaremos a él las dos juntas y le pediremos que elija a una de nosotras para bailar.

–Hecho –aceptó Grita.

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