TANGAROA, NO VIERNES por Conchita García-Bayonas. ( continuación)

Ilustración tomada de Pinterest

Lectura recomendada a partir de 12 años

Mientras su salvador se acercaba, Tangaroa se dio cuenta de que se trataba simplemente de un hombre blanco, sin embargo, nunca había visto a nadie con ese color de pelo. No podía creerse que saliese de una muerte segura para enfrentarse con otro peligro nuevo: para Tangaroa el hombre blanco suponía una gran amenaza. Sabía que cuando sus barcos llegaban a las islas, apresaban a sus habitantes para venderlos como esclavos, así que no se le ofrecía una alternativa muy alentadora. El hombre blanco dejó en la arena el tronco de fuego y se le acercó con un cuchillo. Él, aterrorizado, fue retrocediendo hacia atrás hasta que cayó de espaldas sobre la arena. Casi no se podía mover, estaba extenuado por la carrera de la huida y el dolor que le producían las marcas que le habían dejado las ataduras en las muñecas era insoportable. Cerró los ojos y se abandonó a su suerte. Sintió como el hombre blanco se acercaba a él y gritaba enfadado moviéndose de un lado a otro. Tangaroa no sabía qué hacer, estaba tan cansado que permanecía arrodillado sobre la arena observando con precaución sus reacciones. Por fin se le acercó y volvió a atarle las manos; esta vez, el nudo estaba más flojo, pero el hecho de sentirse maniatado por un blanco le produjo una sensación de humillación tan grande que prometió que nunca más se lo volverían a hacer. Le obligó a levantarse y a seguirle. Obedeció, no quería enfadarle aún más de lo que estaba.

Se internaron en un bosque en el que había una gran cantidad de árboles: cocoteros, palmeras gigantes, hau haus, araucarias, todos tan altos que oscurecían el sol; más adelante pudieron ver árboles del pan. De las ramas de estos últimos colgaban unos frutos gruesos de color verde amarillento que Tangaroa conocía muy bien. Al verlos, después de tantas horas sin comer, se paró y por señas le indicó a su acompañante que le consiguiese uno de aquellos jugosos frutos. Este cogió el cuchillo, lo lanzó contra uno de ellos y cayó a sus pies reventándose con el golpe. El hombre blanco lo recogió y se lo dio para que comiese. Tangaroa lo engulló con avidez, pero las fuertes emociones vividas anteriormente le habían revuelto el estómago y nada más comerlo le entraron unas ganas tremendas de vomitar. El hombre blanco le volvió a chillar, parecía nervioso, seguro que temía la aparición de los bukauas; tiró de la cuerda que le tenía atado y le  obligó a seguirlo sin dejarle tiempo para que se recuperase. 

 Al indígena le atormentaban pensamientos funestos mientras caminaba detrás de aquella aparición de carne blanca y pelo de fuego que le había salvado de una muerte horrible. Estaba seguro que le convertiría en esclavo en la primera ocasión que tuviese. Según avanzaba por aquella isla desconocida iba observando todos los detalles del paisaje pensando en  las posibilidades que tenía de  huir de allí, quería grabárselos en la mente para no perderse dentro de aquel territorio desconocido. Por fin, llegaron hasta una empalizada formada por árboles que habían sido plantados a propósito para disimular la entrada de una gruta; parecía que era el refugio del blanco. Un perro negro, sujeto a un árbol por una cuerda, les recibió alegremente. Era de una raza totalmente nueva para él; el hombre blanco lo desató.  El perro se acercó con precaución a Tangaroa y empezó a olerlo, este le acarició la cabeza y el perro le lamió la mano mostrándole su afecto 

Su salvador lo dejó maniatado a un árbol y desapareció dentro de la cueva, pero, antes, le dio agua. Eso, unido a la fruta que había comido anteriormente, fue su único alimento.

 A la mañana siguiente el hombre se le acercó y lo desató.

Poniéndole el dedo sobre su pecho le dijo:

—Tú, Viernes —luego apoyó el índice sobre él y exclamó:

—Yo, Robinson.

Continuará…

blog de la autora: http://www.laabuelaatomica.blogspot.com

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