MI ABUELITO PEDRO APRENDIÓ A BAILAR TANGO EN UNA AUTOPISTA

Imagen tomada de Pinterest

DON FABIÁN FLAKES DE LA ROSER, NOS SORPRENDE CON UN NUEVO CUENTO DE OTOÑO.

Primer domingo de otoño en la mansión de D. Fabián Flakes de la Roser. Después de comer, Bárbara teje un jerseycito para su primer nieto que llegará al mundo seguramente por Navidad, mientras canturrea una nana. Flavius la contempla emocionado, él nunca ha gozado la sensación de tener un bebé propio en sus brazos; nunca se casó, nunca tuvo hijos. Y ahora, con una edad más que madura se está volviendo algo blandengue. Mira a Bárbara con otros ojos, como si estuviera rondando por su cabeza pedirle matrimonio. Pero no se atreve, Bárbara se reiría de él y se sentiría muy herido, Entre el mayordomo y el ama de llaves, jamás hubo otra cosa que no fuese respeto, camaradería, y absoluta abnegación en el cumplimiento de su trabajo; ambos adoran a su jefe.

Todos estos pensamientos son percibidos, casi oídos, por D. Fabián que está en su butacón dando, aparentemente, pequeñas cabezadas de siesta, pero que en realidad mira a sus empleados con el rabillo del ojo y se sonríe de vez en cuando. Flavius y Bárbara siempre fueron algo así como los hijos que él tampoco había tenido. Vuelve a sonreír y, esta vez, se duerme de verdad. Y en los sueños ve una autopista y a su abuelo Pedro bailando el tango…Se despierta: ya tiene el cuento para hoy: Se arregla para recibir a sus invitados dominicales que ya pronto comenzarán a llegar para la merienda.

Y llegan.

Y meriendan.

Y…D. Fabián hace alusión al breve sueño que acaba de tener en su siesta.

  • ¡¡¡Que comience el cuento!!!
  • ¡¡¡Que comience el cuento ya!!!

-Allá vamos. Tranquilizaos- ríe D. Fabián- ¡Allá vamos!

MI ABUELITO PEDRO APRENDIÓ A BAILAR EL TANGO EN UNA AUTOPISTA

Comenzaba el otoño. Mi abuelo Pedro regresaba en su coche de la playa donde había disfrutado sus vacaciones veraniegas junto a su mujer, hijos y nietos. Al día siguiente tenía que estar en la ciudad para resolver unos asuntos que no admitían demora. El viaje lo hacía solo porque el resto de la familia se había quedado junto al mar una semana más, hasta el fin del alquiler del pequeño chalet; había que aprovechar los días.

El abuelito Pedro no sospechaba lo que le iba a esperar en el viaje de regreso en aquella autopista plagada de turismo que volvía de sus vacaciones. El caso es que el viaje, que tendría que haber durado cuatro horas, se prolongó hasta doce. El atasco fue fenomenal. Los cláxones de los coches pitaban con la impaciencia de los conductores que se insultaban unos a otros llamándose de todo.

El abuelo nunca fue impaciente, virtud que nos inculcó a todos los nietos; sabía esperar y sacar de las esperas el mayor partido posible. Así que se quedó sentado en su auto un tiempo prudencial y, al ver que la cosa iba para rato, encendió la radio y escuchó las noticias, salió a la autopista y se fumó su pipa tranquilamente. Al cabo de un rato tuvo hambre y dio cuenta de parte de los emparedados que la abuelita le había preparado, y luego, un sueñecito.

Cuando se despertó, el atasco seguía lo mismo, se desperezó y volvió a poner la radio: más noticias. ¡Bah! – se dijo- otra vez lo mismo, y cambió de emisora: estaban tocando música de tango. Esto le animó mucho porque al abuelito Pedro siempre le habían gustado mucho los tangos, aunque no sabía bailarlos.

A los pocos metros de su auto había otro coche desde el que se oía la misma emisora que el abuelo estaba escuchando, y eso despertó su curiosidad. Se acercó hasta allí y vio a una señora que canturreaba entusiasmada el tango. Estaba sola también y el abuelo la saludo cortésmente: 

-Buenas tardes, señora- dijo-, perdone mi atrevimiento, pero es que, en estas horas de tedio por la espera, estoy escuchando por la radio el mismo tango que usted está cantando, me gusta muchísimo.

-Hola, amigo- contestó la mujer con habla argentina-. No es ningún atrevimiento, encantada de hablar con una persona a la que le encanta la música de mi tierra.

– ¡Vaya! Así que es usted argentina. Un país que me encantaría conocer.

-Pues no tiene más que tomar un avión…

-Ya soy muy mayor para un viaje tan largo. Pero ciertamente me siento atraído por su tierra. Especialmente por los tangos que, curiosamente, no he conseguido aprender a bailar a pesar de los intentos que mi esposa ha hecho para conseguirlo.

-Yo le enseñaré. Nadie mejor que una argentina para hacerlo. ¡Venga aquí! – Y saliendo de su coche atrajo hacia sí con ímpetu al abuelo, y comenzó a girar al son de la música-. Déjese llevar, usted no haga nada más que seguirme a mí.

El disco de la radio se terminó y la señora paró un momento su baile y puso un disco que ella tenía. -Tengo muchos, no se preocupe. Ya verá cómo sale de aquí sabiendo bailar- dijo sonriente-. Mi marido, argentino también, y yo, hemos sido campeones de baile de tango en varias ocasiones. Somos realmente buenos. Y lo era, ya lo creo que lo era; magnífica. Giró al abuelo como una peonza. El abuelo sintió recorrer por sus venas la música y ¡aprendió! Allí en medio de la autopista, entre los coches y las risas de su compañera que era simpatiquísima.

Los conductores salieron de sus coches e hicieron corro alrededor de la pareja de bailarines. Aplaudieron y, más de una pareja, contagiada por la música y el ambiente que allí se había formado, bailó también al son de los tangos que la argentina ponía una y otra vez. Pasaron las horas y entre baile y baile se compartieron comidas y bebidas.

Decía el abuelito Pedro que no había tenido tiempo de aburrirse con el atasco. Casi, casi, tenía ganas de meterse en otro. Y, por supuesto, la abuela pidió una demostración a su esposo. Y él la hizo bailando con ella.

– ¡Muy bien, querido! Me parece imposible después de los años que he llevado intentándolo. Esa señora debe ser muy especial…

-Lo es, y mucho, cariño. No he conocido nunca a nadie como ella.

– ¿Cómo dices? – le contestó la abuela frunciendo algo el ceño.

-No tengas celos. Tú eres la única para mí. Pero es que esa señora es…

Y se acabó esta historia, mitad sueño mitad cuento. Pero el caso es que mi abuelito Pedro era un perfecto patoso para el baile.

– ¡Igual que mi esposo! – gritó la marquesa de Sondesondo-. Menos mal que desistí hace tiempo de bailar con él, si no, me habría destrozado mis lindos pies.

– ¡Tus lindos pies! ¡Qué risa, si parecen pezuñas! No seas tan pretenciosa, querida- contestó el de Sondesondo con acidez en sus palabras.

– No riñáis, siempre estáis igual- lloriqueó Inesita algo avergonzada.

– ¡Ay, los señores marqueses, tan finos ellos! ¡Cómo se les ve el plumero! – dijo muy bajito Bárbara a Flavius que, sin saber por qué, se ruborizó hasta las orejas.

Y como no había ruegos ni preguntas, se levantó la sesión a las 20.00h

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