TRAS EL RATÓN por Mayte Guerrero

El 22 de septiembre de aquel año, a las veintiuna horas, entró el otoño. Eso habían dicho los del tiempo y lo confirmó el árbol grande que se veía desde la ventana, echando a volar unas cuantas hojas marrones y crujientes.

         Vale que al árbol ya se le habían caído otras hojas secas incluso semanas antes, con lo que la coincidencia no tenía tanto mérito, pero sí lo tuvo que, justo ese día y justo a esa hora, un diente de leche −y no uno cualquiera, ¡el primero!− se cayó de la boca de Serulí. 

Alguien práctico hubiera dicho que la culpa la tuvo algo blandito que la niña estaba comiendo en ese momento, sobre todo, porque el diente se le movía, y mucho, desde la semana anterior. Pero no había gente práctica en aquella casa, así que el hecho de que el otoño entrara y el diente se cayera a la vez se achacó, por unanimidad, a la magia. Una magia que no había hecho más que empezar.

         Sus habitantes creían conocer cada rincón de la casa, aunque no llevaran mucho tiempo en ella. La esquina llena de libros, donde Serulí se sentaba a la luz de la lámpara para hacer que leía. La contraria, donde estaba la mesa bajita de dos pisos que la niña usaba para pintar y dibujar. La de enfrente, cubierta por una cortina de esas de techo a suelo, tras las que se escondían cuando jugaban si fuera hacía mal tiempo. El hueco entre dos muebles adonde iban a parar los globos ya jugados hasta que perdían todo el aire. Los rincones en el cuarto de baño, en cada habitación, incluso los del pasillo… Todos, todos los rincones de la casa parecían conocidos, hasta que aquella noche se descubrió uno que los superaba a los demás con creces.

         Tras el impacto inicial de la caída del diente-otoño, procedieron a iniciar el protocolo en estos casos: dejarlo bajo la almohada para que durante la noche un ratón llamado señor Pérez se lo llevara y dejase algo a cambio.

         Como a la mañana siguiente Serulí comprobó que, en efecto, el diente no estaba y sí una bolsa con monedas de chocolate, dedujo que, ¡oh, maravilla!, el hueco de debajo de la almohada era el mejor de los rincones de la casa. En ese sí que había magia.

         Pasaron los días, el otoño siguió agitando el árbol tras la ventana y a Serulí se le cayó el segundo diente. De nuevo puso a prueba la eficacia del hueco mágico y de nuevo comprobó que este funcionaba, lo cual abría muchas posibilidades a su diversión.

         Empezó a hacer preguntas a sus padres sobre cómo era el ratón señor Pérez, cuál era su infraestructura, cómo se las apañaba… Preguntas que ellos no supieron contestar salvo con suposiciones, algo que le vino muy bien a Serulí para descartar opciones menos interesantes.

         Pues la niña quería creer que nada venía de fuera, sino que su almohada era una puerta y que debajo se abría un agujero mágicamente real o realmente mágico, que tanto da. Así que por las noches, como luego terminó confesando, se dormía, pero no mucho, y esperaba a que sus padres roncaran para, con una mano, sujetar una lamparita de las que ayudan a no pasar miedo cuando se está soñando y, con la otra, levantar la almohada para mirar debajo. Esperaba, en una de esas, pillar al hueco desprevenido y descubrir el pastel.

         ¡Y vaya si lo descubrió!, aunque no de la manera que esperaba…

         Era la noche de Halloween. Naranja y negra. Serulí-sin-dos-dientes estaba ya cansada de disfraces, caramelos y risas, así que no puso mucha resistencia para ir a la cama. Cuando ya estuvo todo en calma y todos dormían, algo chirrió que despertó a la niña. Agudizó el oído para adivinar de dónde procedía el ruido. Unos segundos después, el chirrido volvió a sonar… ¡justo debajo de su cabeza! Serulí pensó en el hueco mágico de los dientes y el ratón. Cogió la lámpara de no tener miedo y levantó la almohada. 

         Esperaba encontrar una especie de madriguera por la que el señor Pérez entrara y saliera para hacer sus tareas. Según ella lo veía, debajo de cada almohada de cada niño debía de haber un túnel que iría a parar al almacén del ratón, creando una red que ríete tú de Internet. ¡Pero qué equivocaba estaba!

         Ahí, al descubierto, había un agujero, sí, pero no daba a madriguera o túnel alguno. El agujero, que era algo más grande que el diámetro de una pelota de tenis, emitía luz, no muy llamativa, pero sí apetitosa. 

         Serulí recordó su valentía y miró en el interior. Al principio tuvo que parpadear unas cuantas veces para acostumbrarse. Luego, una vez que se hizo a la claridad, pudo observar con calma. 

         El espacio de dentro era más grande, más ancho y con más fondo que nada que hubiera visto antes y, desde luego, mucho más que cualquier pelota. Y es que Serulí estaba mirando nada menos que el lugar adonde van a parar las ilusiones de todo aquel que imagina.

         Vio brujas y esqueletos que iban de aquí para allá, sí, pero también hadas y duendes. Elfos navideños, criaturas subacuáticas amarillas y rosas, animales volando que en el mundo no vuelan. Había dulces gigantes, plantas de lana, estrellas como alfombras, fuego azul… El trajín era fenomenal. Sonaban cosas sonando. Olían cosas olorosas. Todo estaba en movimiento, en una agradable locura. 

Un ratón con corbata, andando a dos patas, al pasar por enfrente de Serulí, la miró, saludó levantando el ala del sombrero y siguió caminando. La niña se rio al verlo y, cuando una figura empijamada y enmascarada de rojo y azul se descolgó de vete a saber dónde, y estando bocabajo, muy cerca del agujero, se llevó el dedo índice a los labios pidiendo silencio y secreto, Serulí decidió que ya era suficiente.

         Con un chirrido se taponó el agujero y el colchón fue otra vez un colchón. La niña bajó la almohada despacio y volvió a tumbarse boca arriba. 

«¡Vaya!», pensó y cerró sus ojos sonrientes. Ahora sí que le apetecía dormir.

Fuera, sopló el viento y del árbol cayó otra hoja crujiente.

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