LOS REGALOS por Elisa Vázquez

Imagen tomada de Pinterest

TERCER CAPÍTULO DE MACÚ

El segundo capítulo se publicó el 1 de octubre 2021

Lectura recomendada para lectores a partir de 10 años.

El día antes de nuestra partida, la mediadora organizó, en la Casa de la Diosa, la ceremonia de los regalos. Es una ceremonia muy importante, porque significa que ya soy considerado como un verdadero aprendiz de sanador y todo mi pueblo está presente para celebrar el inicio de mi primer viaje.

La mediadora debe hacerme un regalo en nombre de la Diosa. Tiene que ser un regalo que simbolice mi oficio y que me ayude a desarrollarlo. En medio de la expectación general, la mediadora, Dulmela, me entregó una «bolsa medicina», para guardar las hierbas y raíces que fuera recogiendo en mi viaje. Era preciosa: de cuero repujado, con mi nombre grabado en una esquina y el emblema de mi familia en el centro. El emblema estaba pintado en vivos colores; la higuera de mi madre en verdes brillantes y el arado de mi padre, que reposaba a los pies del árbol familiar, en el cálido marrón de la madera.

—¡Que la higuera de tu familia materna te proteja con sus ramas de los peligros del camino! —pidió Dulmela con voz solemne—.¡Y que el arado de tu padre te aparte del mismo cualquier obstáculo! ¡Que la mano de la Diosa te sostenga y que su espíritu te acompañe y te traiga, sano y salvo, de regreso! ¡Que así sea, pequeño Macú!

—¡Que así sea! —exclamó todo el pueblo con una sola voz.

Mi padrino me regaló una preciosa navaja, imprescindible para un sanador, con la que cortar plantas y hacer curas. No era muy grande, pero era bellísima. Se la había encargado al mejor artesano del valle. La hoja brillaba afilada y las cachas de la empuñadura eran de madera de roble forrada de filigrana de plata. ¡Nunca había visto una tan bonita! La guardé en la bolsa medicina muy emocionado.

Mi madre, y sus amigas las tejedoras, me habían confeccionado un poncho. Aún no tenía la edad en la que suele empezar a usarse, los doce años, pero como iba a emprender un viaje importante y a estrenarme como ayudante de sanador, decidieron hacerme uno. Era precioso, cálido y ligero, con rayas de mil colores, una verdadera obra de arte.

Pero esos no fueron los únicos regalos. Cuando un ayudante de sanador comienza su andadura, todo el pueblo quiere ofrecerle cosas: la salud de los vecinos estará un día en sus manos. El zapatero me hizo unas botas tan flexibles que con ellas parecía que andaba descalzo sobre la hierba en primavera y que eran, a la vez, resistentes e impermeables. Las iba a necesitar en mis muchos recorridos.

El cestero me regaló un sombrero de paja fina, para protegerme del sol. La curtidora me dio una bota de cuero para el agua y un cinturón para que la llevara colgada a la cintura.

La maestra, Enicá, un cuaderno con un lápiz, para ir registrando todo lo notable de nuestros viajes y las nuevas pócimas, remedios y plantas que fuera descubriendo en ellos.

El carpintero labró para mí un bastón de viaje, casi tan alto como yo; para apoyarme en él al subir por caminos empinados y defenderme de posibles alimañas. Era de madera de avellano, el árbol mágico de nuestros ancestros. En fin, tantos regalos que de algunos ahora ya no me acuerdo. Pero el que más me emocionó fue el de Lasira: ella me ofreció su amuleto para protegerme de un sombra.

—No puedo aceptarlo, está echo para ti…

—Debes hacerlo, no seas tonto, vas a emprender tu primer viaje de sanador y los peligros del camino son muchos. Hasta es posible que te encuentres con un sombra y ya tienes edad para que ambicione tu espíritu.

—Ya, pero si mientras yo estoy lejos con tu amuleto, aquel sombra que viste de pequeña viene a atraparte…

—Eso no va a ocurrir, mañana, tras tu partida, iré al pueblo de mi abuela para que su sanadora me haga otro; no te preocupes.

—Bueno…, ¡prométeme que irás mañana!

—¡Que sí, pesado! —exclamó Lasira riendo mientras colocaba el amuleto en mi cuello. —Lo que de verdad me gustaría es llevarme un retrato tuyo… —sugerí poniéndome colorado.

—¡Ja! ¿Para qué? ¿Es que te vas a olvidar tan pronto de mi cara? —se burló Lasira y marchó corriendo a escuchar a los músicos, que ya empezaban a tocar tras la ceremonia de los regalos.

La fiesta de ese día fue inolvidable, todo el mundo estaba contento por tener ya un aprendiz de sanador. El verano llenaba de colores el valle e invitaba al baile y a la diversión; además, mi primer viaje no iba a ser largo ni peligroso: mi padrino lo eligió con cuidado teniendo en cuenta que yo era más joven de lo habitual. No parecía haber ningún motivo de preocupación, ningún peligro. Pero los viajes son siempre imprevisibles; cuando uno se pone en camino nunca sabe lo que puede pasar…

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