LÍO EN LA FIESTA por Mavi Govoy

imagen tomada de Pinterest

Continuación del cuento:Grita y Gruta Brujas diplomadas

Una vez dentro de palacio, las brujas recorrieron tanto la amplia terraza como los anchos salones dispuestos para la fiesta sin perder la sonrisa y también sin perder detalle de la decoración, de los invitados y, sobre todo, de los abundantes y variados canapés y ponches que se servían.

Ninguna de las dos hermanas tenía costumbre de beber y mezclaron demasiadas bebidas. Probaron bebidas rojas, violetas, anaranjadas, amarillas, blancas y transparentes y ninguna de ellas era agua, pero todas les parecieron bue-ní-si-mas.

Gruta, la supuesta señorita Greta, acababa de poner la vista sobre una bebida verdosa cuando una mano morena y velluda acompañada de un brazo tapizado de rojo fuego con galones dorados se apoderó del vaso. La mano, el brazo, los galones y la chaqueta roja pertenecían a un hombre robusto de piel quemada por el sol, gesto sereno y amistoso, pelo encrespado que no aceptaba el peinado y barba recortada y cobriza. 

Se trataba del capitán Martín, terror de los bucaneros y famoso por su habilidad para encontrar tesoros sumergidos. Pero Gruta no sabía quién era, solo sabía que si aquel tipo quería conservar la mano, el brazo, la chaqueta y los relucientes galones en buen estado más le valía renunciar a aquella bebida verde y cedérsela a ella.

El capitán Martín acababa de derrotar en un reñido pulso a su tercer contrincante y saludaba a sus admiradores vaso en mano. Desde hacía varios años nadie conseguía vencer a Martín en un pulso.

–¿Alguien más se atreve a enfrentarse a nuestro campeón? –repetía el rey Baldomero, situado junto a Martín.

Gruta levantó y extendió la mano. Quería apoderarse del vaso. Pero todos los curiosos pensaron que desafiaba al capitán y se hizo un silencio tan espeso que la bruja pensó que se le había metido algo en los oídos. Entonces, el propio Martín se volvió para mirarla, y al hacerlo bajó el vaso. La mano de Gruta se cerró en el aire. Empezaba a ver doble y no tenía claro cuantos brazos tenía aquel hombre ni cual era el vaso que ella deseaba.

–Señorita, creo que usted no debe hacerlo –advirtió Martín educadamente–. Podría sufrir algún daño.

–¿Por qué? ¿Acaso es venenoso? –repuso Gruta en referencia a la bebida.

–¡Claro que no! –contestó Martín, desconcertado.

–Pues entonces, quiero –dijo Gruta.

Sonriente, se dejó caer en la banqueta que había delante de la mesita tras la que estaba Martín y apoyó el codo en la misma, levantando la mano para que Martín le entregase el codiciado vaso. Martín miró dubitativo al rey Baldomero, quien le indicó por señas que aceptase el desigual duelo. Con un suspiro, el marino dejó el vaso a un lado y agarró con firmeza la mano de Gruta al tiempo que llevaba su otra mano a la espalda. 

–¿Preparada, señorita?

Gruta se despejó de inmediato. Acababa de darse cuenta de que estaba ante un pulso. ¡Un PULSO! Dejó de mirar hacia la bebida verde para fijar sus ojos claros en los de Martín y decidió que, si se miraba bien, aquel tipo parecía encantador. 

–Siempre estoy preparada para un pulso.

Grita era mucho más delicada que su hermana en cuanto a comidas y bebidas. No le gustaba nada que fuera verde, ni rojo, ni que tuviera antenas, no le gustaba que la comida la mirase desde el plato, tampoco le gustaban las burbujas, ni las aceitunas sumergidas en líquidos raros… Durante un rato se dedicó a picotear y a colgar las aceitunas con anchoa que se encontraba trinchadas en un palo como adornos en los moños de las damas o como insignias en las pecheras de las chaquetas de los caballeros. 

Cuando se cansó de probar zumos y licores de colores, decidió columpiarse un rato para entretenerse. Miró a su alrededor y lo único adecuado para lo que quería hacer eran las enormes lámparas de cientos de velas que colgaban del techo mediante recias cadenas. Las lámparas estaban a más de tres metros por encima de ella. De un saltito se agarró a la más cercana y empezó a balancearse de un lado a otro, dándose impulso para saltar a la siguiente lámpara.

Posiblemente hubiera seguido distraída con tan inofensivo entretenimiento si los camareros, alarmados, no hubieran advertido al chambelán, quien llegó a la carrera y correteaba tras ellas sin dejar de rogarle encarecidamente que dejase las exhibiciones acrobáticas para mejor momento. 

A Grita le hizo gracia el nerviosismo del chambelán, las continuas e incontroladas reverencias con que pedía disculpas a todos aquellos invitados con los que se chocaba mientras la seguía de lámpara en lámpara y la forma en que se retorcía las manos y se mordía el negro bigote. Decidió no darle más disgustos y, con un doble salto mortal impecable, se bajó de la lámpara para aterrizar delante del tembloroso funcionario.

–¡Tata tachan! –canturreó y extendió los brazos a los lados.

¡PLOF! ¡PLAF!

Su mano derecha chocó con la espalda de una señorita. Su mano izquierda propinó un guantazo a otra señorita. La señorita de la derecha, desequilibrada por el manotazo, cayó por el ventanal abierto desde el que contemplaba la incesante llegada de invitados, sin dejar de chismorrear sobre los portes, los trajes o los adornos de todos cuantos conocía, que eran muchos, y de aquellos que desconocía, que no eran menos. La de la izquierda, empujada por el manotazo, hundió la cabeza en una gran fuente llena de ponche, cuyo olor y color habían merecido sus encendidas críticas.

Los testigos del suceso aplaudieron a Grita, no tanto por su agilidad y técnica acrobática como por librarlos de las dos criticonas.

El sobresaltado chambelán empezó a balbucear órdenes inconcretas, inconclusas y contradictorias, pese a lo cual los eficientes camareros rescataron a la señorita de la izquierda de la ponchera y a la de la derecha del arbusto que había bajo el ventanal.

Aquellas señoritas eran las hermanastras de Cenicienta y el baile en palacio acabó allí para ellas. La una salió de la ponchera con un ojo morado, la otra fue liberada del arbusto con la nariz hinchada, y a ambas las llevaron al servicio médico de palacio. También allí acabó el baile para la madrastra, que tuvo que acudir a consolar a sus llorosas y enrabietadas hijas.

En cuanto a Grita, decidió que era mejor quitarse de en medio y desapareció sin que nadie fuera capaz de decir por donde se había ido.

Se encaminó hacia un corrillo de gente donde unos cuantos señores y señoras, todos muy peripuestos y enjoyados, jugaban a la oca. Se abrió paso con unos diestros codazos cuya procedencia no pudieron determinar los doloridos sujetos receptores de los mismos y se sentó en una silla que vino corriendo a su encuentro desde otra mesa. 

Misteriosamente, mientras Grita se acomodaba, las fichas que estaban sobre el tablero de juego se pusieron de canto y rodaron hasta el centro de este. Hubo protestas entre los jugadores y entre los curiosos y sospechas de tongo, porque jugaban con apuestas y un empate entre todos solo beneficiaba a uno de los apostantes.

Los jugadores intentaron hacer volver a las fichas a las posiciones anteriores, pero se les escapaban de los dedos. Algunos intentaron detenerlas a manotazos, lo que fue aún peor. Las fichas empezaron a saltar sobre la mesa para escapar de los manotazos. Una de ellas se coló en la boca de un señor que reía a carcajadas, quien se la tragó sin darse cuenta. Otra buscó refugio en el escote de una oronda señora… y nadie se atrevió a meter mano para sacarla de ahí.

–Propongo que juguemos a las cartas –dijo la clara voz de Grita.

Su propuesta fue rápidamente aceptada. Dejaron el juego de la oca a un lado para ver si se tranquilizaban las fichas y abrieron la baraja de naipes que Grita había hecho aparecer de alguna forma.

El capitán Martín sudaba a mares: un reguero de sudor descendía desde su frente y se perdía en su barba. Tenía el rostro rojo como la chaqueta y los ojos nublados fijos en su contrincante, que, muy animada y sonriente, charlaba con los curiosos sin aminorar en ningún momento la espantosa presión que ejercía sobre el brazo del capitán.

Al principio, los presentes pensaron que Martín quería ser cortés y por eso no había derrotado a la señorita Greta nada más iniciarse el pulso. Pero no podían seguir negando lo obvio por más tiempo: Martín no podía con ella. Los dientes del capitán rechinaban de esfuerzo, su brazo temblaba y los nudillos de su mano estaban blancos, pero el brazo de doña Greta Exquisita no se movía.

Grita palmoteó feliz. Acababa de ganar otra manga en el juego de cartas. Sus dos compañeros de juego dejaron caer los hombros con gesto de derrota mientras ella se adueñaba de las fichas que había ganado. 

En diez minutos había desplumado a dos marqueses, un comerciante rico y una diplomática de algún lejano país. En cinco minutos más había dejado sin un céntimo a una condesa que se había retirado en busca de sus sales. En los siguientes cinco minutos había ganado toda la mercancía de un rico joyero. El joyero se había desmayado y aún intentaban reanimarlo. 

Solo quedaban ante Grita dos osados y ricos hombres de negocios que, en aquel momento, se miraban entre sí con desconsuelo.

–Me retiro, no puedo perder más –dijo uno de ellos, el que tenía un próspero negocio de productos dietéticos, estimulantes, elixires vitales y fórmulas magistrales. Se levantó de la silla y se alejó a la carrera, reprimiendo a duras penas las ganas de llorar, porque era un jugador experto y un tramposo nato, nadie hacía trampas mejor que él, nadie… salvo aquella espantosa doña Grata de la Buena vida.

–¿Y usted? –preguntó la sonriente Grita a su último rival.

Pablo Abúndez tragó saliva y la miró de frente. 

En torno a él, los curiosos y todos aquellos a quienes Grita había desplumado le suplicaron que continuase, asegurando que era imposible que la buena racha de la señorita se prolongase indefinidamente. Todos confiaban en la victoria de Pablo para poder recuperar sus pertenencias. 

Pablo Abúndez era el director de un banco, bueno, lo había sido antes de sentarse en aquella mesa a jugar a las cartas, porque en aquellos precisos momentos la mitad del banco había pasado a ser de Grita.

–Yo sigo –musitó Pablo, despertando aplausos de toda la concurrencia, incluso Grita le hizo un mohín de simpatía. Empezaba a caerle bien aquel banquero de ojos grandes y pelo ondulado y enredado.

–Espero que no se sienta demasiado incómodo por perder contra mí –decía Gruta a Martín–. De verdad que no quiero humillarle delante de sus amigos, pero es casi imposible que usted me gane. Tal vez tendría que haberle advertido, antes de empezar, que he sido entrenada por el dragón Krompos, que me he batido con los enanos más fuertes, los dragones más sabios y los ogros más habilidosos, he ganado dos torneos y quedado finalista en quince. ¿Ha ganado usted alguna vez a un dragón?

La cháchara interminable de Gruta era incomprensible para el capitán Martín, que tenía la impresión de estar en una pesadilla. Había perdido la noción del tiempo, tenía la impresión de llevar años mirando aquellos ojos alegres de largas pestañas mientras su rival, poco a poco, le volcaba el brazo.

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