EL DISFRAZ MÁGICO por Conchita García-Bayonas

Ilustración de Xenia Armengol

           

 

Quique llegó a casa con una nota de su colegio.

—El martes de Carnaval todos los niños deberán venir disfrazados para el festival que se celebrará en el salón de actos –leyó la madre.

—Tendremos que comprarte un disfraz nuevo para la fiesta –le dijo mirándolo de arriba abajo para calcular la talla que tendría su hijo en ese momento—. Has crecido mucho desde el año pasado.

 El niño se rió orgulloso al escucharla.

Al día siguiente Quique estaba muy nervioso; iban a ir con su abuela a elegir el disfraz.

Cuando llegaron a la tienda, había tantos que no sabían por cual decidirse: de piratas, de chinos, de indios, de vaqueros. Él los miraba todos, callado, sin decidirse por  ninguno.

—¿Quieres uno de pirata?  —le preguntó su madre.

Él movió la cabeza para los lados un poco enfadado.

—Pues no, parece que no le gusta —comentó  su abuela.

Entonces, el niño vio uno que le llamó mucho la atención; se soltó de la mano y salió corriendo a cogerlo.

—Este, mamá, quiero ir de jirafa –dijo muy contento pensando que ya había encontrado el que quería.

—¡Claro, cómo no se me había ocurrido antes! Con lo que le gustan  los animales,  quiere vestirse de jirafa. Ven Quique, vamos a probártelo.

La madre del niño descolgó el disfraz de la percha en donde estaba colgado y se dirigieron los tres hacia una fila de personas que esperaban el turno para poder entrar en la única habitación de la tienda  que tenía un espejo.

—Lo siento señora, pero este disfraz no está disponible. Tiene un letrero que lo indica: No está a la venta —les dijo la dependienta cuando vio que se lo llevaban al probador.

El niño, al oír a la señorita, cogió una rabieta tan grande que  nadie lo podía consolar.

—Quiero este, quiero este —decía entre sollozos y suspiros.

La dependienta, viendo que Quique no tenía consuelo, se conmovió.

—Bueno, cójanlo, no creo que mi jefa lo tenga reservado.

El niño dejó de llorar inmediatamente y, cuando les tocó la vez, se metieron en el probador con el disfraz  para ver cómo le quedaba. Le quitaron con cuidado la funda de plástico que lo protegía, ¡era precioso! Parecía hecho de la piel de una jirafa de verdad, todo de una pieza. En la cabeza tenía dos cuernecitos negros que al niño le hicieron mucha gracia.

—Ven Quique, mete primero las piernas y luego los brazos. Ahora la cremallera y por último te pondremos  la cabeza  —le explicaba su madre.

El niño se miró al espejo y sonrió viendo lo guapo que estaba.

—Estupendo, te queda muy bien —dijo la abuela.

Las dos  lo estaban contemplando cuando observaron que ocurría algo muy raro, la tela del disfraz empezó a pegarse al cuerpo del pequeño como si se tratara de su piel, su cuello se  estiró y estiró de forma que la cabeza empezó a subir y a subir tanto, que no cabía en el probador y la nariz y la boca se transformaron en un verdadero hocico de jirafa. La abuela salió gritando:

—¡Socorro, socorro, ayuda! el disfraz está embrujado.

En ese momento, entró la dueña de la tienda y, al escuchar los gritos, fue derecha al probador con un cubo a agua que echó sobre el disfraz ante la mirada asustada de Quique y de su madre. Rápidamente, el cuello del niño empezó a encogerse, la tela se le separó de la piel y volvió a ser como era antes,  un niño rubio con cara de niño, no de jirafa.

—Lo siento mucho  —les decía la señora de la tienda disculpándose toda sonrojada—, no sé cómo la dependienta se ha atrevido a vendérselo, ¡si ponía bien claro que no estaba a la venta! Desde que me lo trajeron de África, este disfraz no me ha dado más que problemas. Mañana mismo le devolveré.

—No la regañe señora, la culpa ha sido de mi hijo, que se ha puesto muy pesado. La pobre chica no ha tenido otro remedio que dejar que se lo probara —decía la madre de Quique respirando hondo, mientras se le pasaba el susto, y la abuela se tomaba una tila.

Quique no dijo nada; sabía que por culpa de su cabezonería había estado a punto de convertirse en una jirafa de verdad. Ahora le iban a echar una buena bronca  de camino a su casa.

A la mañana siguiente, llamaron a la puerta; un repartidor les entregó un disfraz de indio que les enviaba la dueña de la tienda con una nota volviendo a disculparse por lo sucedido el día anterior. Cuando la madre lo vio, llamó a su hijo:

—Mira Quique, por lo menos con este no te crecerá el cuello, si acaso alguna pluma –comentó sonriendo para quitarle  importancia a lo sucedido el día anterior.

El niño, mirándola  con preocupación y sin ganas de bromas, le dijo:

—Mamá, pensándolo bien, no quiero ir a la fiesta.

Ilustración Xenia Armengol

blog de la autora: http://www.laabuelaatomica.blogspot.com

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