LO QUE PASÓ DESPUÉS por Mavi Govoy

Imagen tomada de Pinterest

Último capítulo del cuento: Lío en le baile de Cenicienta

Cenicienta y el príncipe Sergio, como ya se había advertido al comienzo de este cuento, no bailaron nada de nada en la fiesta en que se conocieron. 

Cenicienta no pudo bailar porque había perdido uno de sus zapatitos de cristal y Sergio no bailó porque no quiso separarse de ella, se quedó a su lado y juntos buscaron el desaparecido zapatito, que no fue localizado hasta el día siguiente.

Fue una suerte recuperar el zapatito de cristal, porque un par de horas después de conocerse, así como hacia medianoche, Cenicienta también se esfumó y dejó a Sergio confuso y abatido y sin querer saber de ninguna otra joven casadera. 

Entonces, al día siguiente, el eficiente chambelán inició una campaña de búsqueda de la joven misteriosa a partir de aquel precioso zapatito de cristal hallado por una camarera entre las hojas de un frondoso ficus.

Pero ese es otro cuento que aquí no os cuento, prefiero contaros lo que pasó con Grita y Gruta.

Grita localizó al arruinado banquero. No le fue difícil dar con él, pues seguía en el mismo sillón e incluso en la misma lánguida postura en que lo dejara un rato antes, recostado contra los almohadones y con los ojos cerrados. La mayor parte de los curiosos que habían presenciado la partida de cartas ya se habían dispersado, pero aún quedaba junto a Pablo quien intentaba consolarlo o quien no quería perderse el regreso de la señorita Grata. 

Grita se acercó sonriente al tiempo que agitaba las pestañas, contorneaba las caderas y tarareaba al compás de la orquesta para hacerle saber que había vuelto. Pablo tuvo un estremecimiento, pero abrió los ojos y se levantó sin que se le notase demasiado que le temblaban las rodillas.

–Aún lleva usted puesta MI ropa –le dijo Grita, con un ademán entre travieso y coqueto.

 Hay brujas de todos los tamaños, razas y edades, pero lo usual es que una bruja se salga de lo usual. Es decir, lo habitual es que una bruja sea o sumamente bajita o extremadamente alta, que sea albina o negra como el ébano y suelen alcanzar edades inusitadamente largas. Grita no era albina ni negra ni vieja, pero era muy alta, pese a lo cual, acababa de descubrir que Pablo era aún más alto que ella. Resultaba un tanto desgarbado, pero Grita pensó que era porque en aquel momento tenía problemas para controlar el temblor de su esqueleto.

–¿Me permitirá la señorita que me despida del rey Baldomero antes de entregarle la ropa? –pidió Pablo.

Grita decidió que un mozo tan alto merecía una nueva oportunidad. 

–Se la devuelvo a cambio de un baile –propuso.

Se asociaron poco tiempo después y ahora dirigen juntos el banco del primero y todos los restantes y numerosos bienes que Grita ganó en el juego. Están forrados, pero a ellos no les importa.

Gruta también localizó a su desmoralizado lobo de mar, que no sabía si llorar o pedir la revancha. Cuando la vio volver, sonriente y amistosa, optó por invitarla a bailar, ya que aún sentía calambres en el maltrecho brazo. 

Martín, que conocía todos los continentes, nunca había conocido a alguien como Gruta que supiera bailar con garbo vals, tango, chotis, rock, salsa, foxtrot y cuanto interpretó la orquesta al tiempo que apartaba a las parejas que tenían la mala suerte de cruzarse en su camino, todo con la misma eficacia y habilidad, sin perder el ritmo ni la sonrisa. 

En aquella fiesta, hubo inexplicables accidentes, caídas y tropezones entre los bailarines, algunos saltaban por los aires para caer a varios metros de distancia de donde estaban; otros olvidaban cómo girar, de manera que continuaban su danza en línea recta hasta que alguna columna, pared o alma caritativa los detenía y los más, sencillamente, se derrumbaban al tropezar con obstáculos inexistentes.

En particular, hubo una atribulada damita que quedó enredada en una cortina y a la que tardaron varias horas en liberar, y un caballero que, en uno de los giros que requería la daza, remontó el vuelo y acabó agarrado al capitel de una columna. Para su desgracia, el hombre sufría de vértigo y se negó a bajar él solo de la columna, hubo que llamar a un trío de experimentados escaladores que organizaron su rescate.

 Al final, en la pista de baile solo quedaron Gruta y el capitán Martín, pues incluso Grita y su banquero se habían retirado para hablar de negocios. Entonces hicieron una soberbia exhibición de danzas del mundo, entre las que no faltó la samba, la rumba y la sevillana, que mereció los aplausos de todos y la calurosa felicitación del propio rey Baldomero. 

Poco después se oyó decir que se habían casado y ahora navegan juntos por los siete mares, bailan en los malecones de los puertos bajo la luz de la luna y echan pulsos a Neptuno cuando se acerca a merendar con ellos.

Que se tenga constancia ni Grita ni Gruta han vuelto a colarse en fiestas en palacio. Tal vez por eso el siguiente baile organizado por el rey Baldomero fue todo un éxito y en ese segundo baile sí es verídico que el príncipe y Cenicienta no dejaron de bailar… Bueno sí, dejaron de bailar un ratito, para cenar.

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