EL GALLITO ESCARLATI por Conchita García-Bayona

Ilustración de Laura Bueno Valdés, coloreada por las alumnas de 6ª del C,.E.I.P. La Cañaica de Mazarrón.

Nuestro gallito vivía en un pequeño pueblo en donde no se conocían las prisas de las grandes ciudades. Sus casitas eran blancas y limpias y en todas ellas había un corral y un gallinero que se comunicaba con un pequeño huerto. En una de ellas, los niños de la casa y también los animales que, andaban por allí sueltos, pasaban sus mejores ratos. 

Los chavales visitaban el gallinero observando a las gallinas,  contaban los huevos que habían puesto y también comprobaban si habían nacido algunos pollitos. Un día, jugando en el pequeño huerto, de entre todos las aves que estaban por allí picoteando entre las hierbecillas, una les llamó la atención. Pasó andando por su lado como si fuera de puntillas, con el cuello muy estirado, tanto, que pensaron que miraba a los demás por encima de sus alas. Más que andar parecía que quisiera arrancar el vuelo en cualquier momento. No tuvieron más remedio que reírse. Uno de los niños miró al pollito y dijo:

—¡Qué pollo más raro! Con ese  cuello tan estirado  parece una avestruz.

—Un gallo avestruz, ¡que original!

 Lo volvieron a mirar extrañados y  fueron corriendo muy divertidos a  contárselo a su madre. 

Los patos y los otros animales del corral comentaron entre sí:

—Veis, hasta los niños se han dado cuenta, ese pollito es muy orgulloso y presumido,  parece que nos mira a todos como si los demás fuéramos tontos.

Agustina, la mamá gallina, oyó el comentario  y pensó que ya era hora de hablar con su hijo, el gallito del cuello estirado. Así  que, como las cosas importantes no se deben  dejar para el día siguiente, se dirigió a Escarlati II que así se llamaba:

—Vamos a ver Escarlati II, llevas unos días muy raro. Sé que te ocurre algo y no me lo quieres decir. Te veo siempre triste, preocupado y andando de una forma muy extraña. Ya te estás haciendo mayorcito y nuestros vecinos se empiezan a reír de ti. Confía en tu madre y cuéntale lo que te inquieta.

Escarlati II  la miró y se le llenaron los ojos de lágrimas:

—Mamá, no quiero que te apene  lo que te voy a decir, pero todos los días veo pasar por encima de nuestras cabezas a muchas aves  volando de un sitio a otro libres y divertidas: las cigüeñas de la torre, las palomas de nuestra casa, los jilgueros. ¡Quiero volar como otros pájaros! … ¿Por qué  no puedo hacerlo? Siempre picoteando en el suelo y buscando gusanos ¡qué asco! ¡ No me gusta ser un pollo; hasta la palabra pollo me pone la carne de gallina, y perdona por la comparación. ¡No hay cosa más tonta y aburrida que ser ave de corral!  

—Mira hijo —le dijo Agustina muy disgustada—, por mucho que andes de puntillas para parecer más alto y estires el cuello para tenerlo más largo, no te vas a parecer nunca a las cigüeñas de la  iglesia, ni vas a volar tan alto como ellas. Pero si tienes paciencia, comprenderás cuando seas mayor que los gallos tienen un oficio muy importante y que la vida de todo el pueblo depende de ellos. 

El pollito miró a su madre con los ojos muy abiertos y le dijo:

—Pues yo he visto un gallo encima de la torre. Él  sí que ha podido volar más alto que nosotros.

—¿Un gallo encima de la torre? —dijo extrañada Agustina—. A ver, enséñamelo.

Escarlati y su madre se fueron andando hacia una parte del corral, desde donde se veía bien dicha torre y, efectivamente, allí estaba el gallo encima del campanario de la iglesia.

Se movía girándose sobre sí mismo, según soplaba el viento.  Agustina se echó a reír:

—Hijo, eso no es un gallo, es una veleta. No es un animal de verdad sino de hierro y está ahí encima para indicar la dirección del viento.

Escarlati se puso colorado, pero no se le notó porque ya se le estaban poniendo las plumas de la cabeza naranjas y rojas como las de su padre, así que,  la vergüenza que sintió por el error cometido pasó desapercibida.

—Ten paciencia cariño, dentro de poco te llegará tu momento— le repitió Agustina.

 —¿Falta mucho para  ese día mamá?

—Confía en mí, que yo te avisaré cuando crea que estás preparado para la misión que tienen reservada los gallos del corral —le contestó.

El pollito se marchó más tranquilo meditando sobre todo lo que le que le había dicho su madre.

Esta le vio alejarse y dijo para sí:

—Tengo que hablar con su padre. Ya es hora de que le enseñe a Escarlati II que la vida de un gallo no es tan aburrida como  cree. Además, está creciendo muy rápido y no me parece bien que todos los animales  se rían de él porque crean que es un estirado.

El padre de Escarlati II, Escarlati I, era un gallo de armas tomar. Todas las gallinas del vecindario estaban enamoradas de él. Tenía una planta majestuosa. Se paseaba por el corral despacio, moviendo la cabeza para todos lados luciendo su precioso plumaje. Las plumas de la cabeza pasaban desde los tonos amarrillos hasta los rojos más vivos y los bordes de las alas eran de color  naranja. El resto del cuerpo era gris oscuro y la cola de color  negro azabache, alternando con algunas pinceladas blancas. Si te fijabas con atención, podías ver que alguna pluma azul marino salpicaba su cuerpo para hacerlo más bello todavía. 

Cuando Agustina llegó delante de él suspiró orgullosa viendo lo guapo que estaba su marido y, pensó, que pronto su hijo se convertiría en un gallo tan espectacular como su padre.

—¡Escarlati, tengo que hablar urgentemente contigo! —le dijo—. Vamos a un sitio en donde podamos estar más tranquilos.

 Se fueron debajo de unos árboles, lejos de las miradas indiscretas de algunos vecinos, y Agustina le puso al corriente del problema que tenía su hijo. Los dos decidieron que cuando terminara el invierno y entrara la primavera sería el momento del relevo; el padre descansaría para dejar a Escarlati II la responsabilidad de ser el gallo del gallinero.

Llegó el tiempo fijado, los árboles, las  plantas del huerto, los animales y los alrededores de la casa habían experimentado un gran cambio. Se notaba que la vida bullía por todos lados: era la primavera.

Una noche Escarlati I habló con su hijo:

—Ya ha llegado el momento que tanto esperabas. Mañana, de madrugada, tendrás que estar a punto. Veremos si sabes ganarte el nombre de” El gallo del gallinero”.

Esa noche nuestro joven no pudo dormir. Cuando llegó su padre a por él, ya estaba listo.

Escarlati II ya no era el gallito tímido y raro de antes, durante el resto del invierno se había convertido en un digno sucesor de su padre. Le siguió lo más rápido que pudo, pero su progenitor iba tan ligero, que estuvo a punto de caerse varias veces. ¡Estaba muy nervioso!

Por fin, después de unos cuantos tropezones, llegaron a lo más alto del tejado.  Cuando hubieron descansado un poco, el padre se volvió hacia él y le dijo solemnemente:

—Escucha hijo, dentro de unos segundos vas a ser testigo de un  gran milagro que todos los días sucede en la naturaleza, el paso de la oscuridad a la luz, de la noche al día. Observa bien. 

Transcurrieron unos minutos que a Escarlati II le parecieron horas. Miró a lo lejos. El cielo estaba maravilloso cuajado de estrellas. De vez en cuando  se oía el ladrido lejano de un perro vagabundo. De repente, un magnífico espectáculo apareció delante de sus ojos, un punto brillante con un halo rojo surgió en el horizonte, el cielo empezó a aclararse muy despacio y comenzó a ver mejor. Las estrellas fueron apagándose poco a poco y las nubes que había en el cielo se vistieron con colores grises, rosas y rojos. La belleza del momento le  emocionó de tal manera que, sin saber por qué motivo,  hinchó su pequeño pecho y cantó su primer  “KIKIRIKÍ.” 

 Le gustó la sensación y lo volvió a repetir: KIKIRIKÍ…, KIKIRIKÍ… 

La alegría que sentía le hizo cantar  una y otra vez hasta el agotamiento. Lo que vino un poco después le gustó aún más: observó desde el tejado como el pueblo  se despertó al oír su canto y  empezó a cobrar vida. Desde donde estaba subido pudo ver lo que sucedía: las luces comenzaron a apagarse  y vio al panadero abrir la panadería; los dueños del corral se despertaron y se levantaron de la cama; los niños subieron las persianas y se asomaron a las ventanas para comprobar el tiempo que  hacía; el señor cura tocó las campanas para anunciar la misa de siete;  Paco, dueño del Kiosco, recogió como todas las mañanas los paquetes de periódicos que el repartidor había dejado en la puerta y los colocó en  los expositores de hierro junto con las revistas. 

—¡El Ideal, compren el periódico con las noticias más frescas! —empezó a vocear. 

Todos los animales del corral salieron fuera y miraron hacia el tejado asombrados. Habían reconocido que el canto que les había despertado ese día no era el de siempre. Era el de un gallo más joven e ilusionado:

—¿Habéis escuchado? Creo que es Escarlati hijo —decían los patos a las gallinas.

—Tiene un canto aún más bonito y potente que el de su padre —añadía un gatito desperezándose.

—Ahora sí que ya no se va a poder dormir más en este corral  —protestó un viejo perro que destacaba por su pereza—. ¡Si esto se vuelve a repetir me voy de esta casa!

 Todos los que le escucharon se echaron a reír,  sabían que no lo iba a hacer. Siempre protestaba por todo, pero ¿dónde iba a ir a sus años?

Agustina muy orgullosa, se dirigió al grupo  que estaba allí reunido y les dijo:

—Por fin se ha dado cuenta de la importancia de su misión. Desde hoy será muy feliz.

Mientras desde el tejado….

—KIKIRIKÍ; KIKIRIKÍ —Escarlati seguía cantando. 

Poco a poco todo volvió a la normalidad. Se hizo completamente de día, las luces del pueblo se apagaron por completo y Escarlati I se volvió a su hijo y mirándole orgulloso le dijo:

—Verdaderamente ¿crees ahora que es aburrido ser Gallo? 

Escarlati hijo  miró a su padre  emocionado y, ambos, con sus bonitas plumas se dieron un  gran abrazo.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Mirka Reyes Chapman dice:

    Maravilloso como todo lo que escribes, hasta saltaron algunas lágrimas de nostalgias de tiempo que hace que no escucho ese canto madrugador.
    Mis aplausos a tu persona y a tu gran talento.

    Me gusta

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