EL DÍA QUE EL MUNDO TEMBLÓ por Mavi Govoy

Imagen tomada de Pinterest

1.    Y el gallo cantó

Durante unos instantes los sonidos quedaron apagados por su vozarrón furioso. Simón se sentía satisfecho de su voz, grave, profunda, sonora. No destacaba por su altura, pero su voz era la de un hombre que sabía lo que decía, una voz que infundía respeto, que inducía a prestar atención a lo que tenía que contar. Eso pensaba de sí mismo. Antes.

Pero ahora se había levantado como si le hubieran pinchado, había separado los pies, cerrado las manos y gritaba como un energúmeno. La suya no era la estampa de un hombre razonable y respetable, y lo sabía. Gritaba y maldecía con la única intención de asustar a quienes lo rodeaban para que se apartaran de él y lo dejaran en paz. Berreaba y los miraba con la cara contraída en una expresión feroz, porque quien estaba verdaderamente aterrado era él. Aterrado y, a la misma vez, decidido a no moverse de allí. 

No iba a huir de una patulea de criados fisgones. No lograrían que se marchase, aunque tuviese que comportarse como un loco furioso. Aunque todas sus vehementes protestas a gritos fueran mentiras vergonzantes. Iba a proseguir con una nueva retahíla de improperios cuando…

…Un gallo cantó.

Tan solo fue eso. Un sonido habitual, cotidiano, tranquilizante. Un sonido que indicaba que la vida seguía con normalidad al otro lado de los muros y del corrillo de gente sorprendida que lo rodeaba.

Simón se atragantó.

«Amigo mío, antes que el gallo cante, me negarás tres veces».

Se tambaleó. Jadeó sin emitir ningún sonido. Él lo supo. Él lo había sabido siempre. Él se lo había dicho antes de que sucediese. Sabía que en el momento de necesidad en el que se reconoce a los verdaderos amigos renegaría de él. Lo sabía y, sin embargo, lo mantuvo a su lado. Incluso le pidió que lo acompañase al huerto y rezase con él… Ni eso fue capaz de hacer: la cena copiosa, el vino abundante, el cansancio del día…, se quedó amodorrado en el suelo, recostado contra un olivo. Y ahora había gritado a voces que no lo conocía, que no sabía quién era, que no lo había visto nunca y que siete veces fuera maldito quien sostuviese lo contrario.

Los criados todavía lo rodeaban, manchas oscuras alrededor de una hoguera medio consumida. Algunos lo miraban con curiosidad, otros le daban la espalda. El amanecer era frío y ventoso. La leña crepitaba. Alguien bostezó. Alguien pateó contra las losas del suelo para activar la circulación de las piernas. Simón boqueó como un barbo fuera del agua. No conseguía respirar, su organismo parecía haber olvidado como se hacía.

Su mente estada desbordada por la revelación de que él lo había sabido todo. Recordó cuantas veces les había hablado de lo que iba a suceder en Jerusalén. Les había anunciado su prendimiento, su juicio, su condena y su muerte. En una de tales ocasiones, Simón había tratado de hacerle razonar y él lo había reprendido con dureza.

Se llevó las manos a la cabeza, que agitó en un absurdo gesto de negación. Seguía sin poder aceptarlo. No podía ser, no podía ser, no era razonable, no era justo, no era… lo que esperaba, lo que él, Simón el botarate de voz potente, quería. Pero estaba sucediendo delante de sus ojos. Y Yeshúa había sabido que iba a suceder y le había advertido que lo abandonaría, como los demás. No, peor que los demás puesto que había acabado renegando de él a gritos.

Echó a correr.

Escapó del patio del palacio del Sumo Sacerdote como un perro apaleado. Las lágrimas lo cegaban y no veía por donde iba, tropezó varias veces, pero no dejó de moverse ni de correr por aquellas callejas que no conocía. No tenía la menor importancia el camino, no tenía destino ni objetivo, solo se movía cuesta abajo. De haber estado en Cafarnaúm había corrido al lago y había embarcado para perderse en las aguas, donde nadie pudiera verlo ni oírlo llorar. Tal vez por eso su instinto lo llevó cuesta abajo.

2.    Indulto

Lo despertaron a patadas.

Era un procedimiento bastante efectivo para despertar a un hombre. No era la primera vez que lo experimentaba en sus carnes, y él mismo se lo había aplicado a otros en diversas ocasiones, en otro tiempo. O quizá en otra vida, cuando era un jefecillo con autoridad sobre otros.

¡Por el trono del Altísimo! Aún recordada los días en que se había creído alguien importante, alguien que sería decisivo para su pueblo. Su nombre sería recordado como uno de los valientes que expulsaron al invasor romano y restablecieron el reino de Judá. Yeshúa Bar’Abbá el Valeroso, eso había pensado de sí mismo alguna vez. Yeshúa Bar’Abbá el Idiota, eso es lo que era en realidad.

Se levantó tambaleante y giró el rostro hacia un lado, deslumbrado por las antorchas que habían traído los soldados romanos. Con eficacia brutal, otro de ellos atrapó sus muñecas con grilletes y ajustó las cadenas alrededor de sus brazos y cuello. A Yeshúa le pareció una precaución innecesaria. Había perdido la cuenta de cuantos días llevaba encerrado en la fortaleza Antonia, pero habían sido suficientes para debilitarlo. La comida era escasa y nauseabunda, como si la condimentaran con meados, y la humedad y el frío que se filtraba por las paredes de piedra, además de las rondas de los soldados y los gemidos o gritos ocasionales de los demás presos aseguraban que el sueño fuera superficial y poco reparador. 

El preso de la celda frente a la suya era un pobre demente al que habían encerrado por morder a la gente en el mercado. Se mostraba apático casi todo el tiempo, pero cuando tenía un ataque de furia irracional se daba golpes y gritaba como si lo quemasen, a cualquier hora del día o de la noche.

Los hombros de Yeshúa se hundieron bajo el peso de las cadenas, del cansancio y del temor. Acababa de cumplir treinta años, pero las ojeras, la barba descuidada y la piel quemada por el sol lo hacían parecer mayor. Los soldados lo arrastraron fuera de la celda.

Se esforzó por mantener el ritmo a pesar de la cojera y el dolor. Se había torcido el tobillo en la última algarada. Posiblemente lo habrían atrapado de todas formas, pero el dolor y el no poder correr se lo puso aún más fácil a los romanos. Los soldados que lo custodiaban hablan entre ellos con despreocupación. Quizá no sabían que los entendía o quizá no les importase que supiese lo bastante de latín para descifrar lo que decían. Hacían apuestas acerca de cuál de los dos Yeshúa sería el indultado.

Bar’Abbá vaciló y perdió el paso. «¡Indulto!».

De inmediato, uno de los soldados tiró de las cadenas. Si su intención era equilibrarlo, consiguió justo lo contrario y Yeshúa cayó contra otro de los soldados que lo rechazó con el brazo. Por uno momento, mientras oscilaba de un lado a otro, pugnando por no caer, se rieron de él. No le importó. «Indulto». No podía ser para él. Dirigió una estúpida algarada que no sirvió para nada. Hubo un muerto. Era absurdo hacerse ilusiones de ser indultado. Y, sin embargo, su mente se negaba soltar esa palabra, ese concepto, que botaba de un lado a otro dentro de su cerebro, como un eco. «Indulto», iba a haber un indultado.

La luz lo cegó de nuevo al salir del edificio, y el aire le trajo el rumor de mucha gente reunida. Se dejó conducir mientras parpadeaba repetidamente, incapaz de ver donde estaba.

–Párate –dijo el soldado de su derecha en un pésimo arameo.

Obedeció y alzó la cabeza…

…A su lado había un hombre ensangrentado y molido a palos. Era alto y estaba en pie, inmóvil y cubierto de cadenas. Tenía un ojo medio cerrado por un golpe, el pelo apelmazado de sangre bajo una especie de guirnalda macabra, los labios hinchados y la barba manchada con más sangre. Y lo miraba directamente a los ojos.

«Él morirá por ti, Yeshúa Bar’Abbá», pensó o escuchó dentro de su mente, si es que tal cosa fuera posible.

–No, ahí no. Poned a este al otro lado –dijo una voz en latín.

Los soldados empujaron a Bar’Abbá sin contemplaciones. Trastabilló y cojeó hasta que lo hicieron parar de nuevo, pero no apartó la vista del hombre ensangrentado que también lo seguía con la mirada. No lo había visto nunca, estaba seguro, pero en la mirada del desconocido no había rechazo ni asco ni desdén, y tampoco había miedo ni desconcierto ni duda. Yeshúa Bar’Abbá se estremeció de pies a cabeza. Lo miraba como a un amigo, como a un hermano.

–¿A quién queréis que os suelte: a Yeshúa Bar’Abbá, o a Yeshúa, llamado el Mesías? –resonó una voz en un arameo casi correcto.

El sonido le hizo dar un bote, volver al presente y mirar a su alrededor. Se le abrió la boca de la impresión. Ante él, separados tan solo por unos cuantos escalones y una hilera de soldados armados al pie de estos, se congregaba una muchedumbre de judíos. En el centro de la muchedumbre, protegidos por sus propios guardias y rodeados por la habitual patulea de aduladores y servidores, unos cuantos hombres lucían hermosos ropajes sacerdotales. En lo alto de los escalones, en el centro, sentado sobre un sitial, el gobernador romano también mostraba sus mejores galas. En el extremo derecho, sobre los escalones, el hombre ensangrentado se mantenía en pie a duras penas. En el extremo izquierdo, Yeshúa Bar’Abbá empalideció y se echó a temblar cuando un mar de manos se alzó para apuntarlo a él y la muchedumbre gritó su nombre.

«No. No puede ser. Esto es un error».

3.    Vino agriado

Se había detenido al llegar al basurero de la ciudad.

No fue premeditado, o al menos no fue consciente, pero cuando se cansó de andar se dio cuenta de que estaba cerca de los fuegos siempre encendidos del valle de Hinnom, el vertedero de basuras de Jerusalén. 

«Estoy en la Gehena de fuego. Es apropiado», se dijo. Así que allí dejó pasar las horas, mientras lloraba y se odiaba a sí mismo, pese a que a veces los vientos cambiantes le traían el desagradable olor putrefacto de la basura en descomposición. Pero no podía quedarse inmóvil para siempre. 

Como para darle la razón, un largo gruñido brotó de su estómago. Se lo masajeó mientras se levantaba. Miró al suelo. Un rato antes había habido un temblor de tierra y había escuchado gritos y carreras. Aunque pudiera parecer extraño, no se asustó del temblor. Estaba acostumbrado a la inestabilidad de la barca, y además su mundo había saltado por los aires; encontró casi natural que la tierra compartiera su zozobra y su desesperación. Pero el suelo volvía a estar tan firme como siempre. 

Miró entonces al cielo, cubierto de nubes oscuras. Eso no era normal. Un impenetrable manto de nubes que ocultaba el sol y oscurecía la tierra, pero que no descargaba agua. Era extraño, pero no se iba a quejar; si hubiese llovido, se habría empapado.

Tenía que encontrar a los demás. Echó a andar hacia las murallas, de vuelta a la ciudad.

Jerusalén era un hervidero de rumores. Había mucha gente en las calles, el temblor de tierra había provocado algunos derrumbes y había gente retirando escombros, pero la mayoría se limitaba a mirar y cuchichear en corrillos. Escuchó decir que los Sumos Sacerdotes habían condenado a Yeshúa. «Tal y como él dijo que sucedería», pensó. Oyó que lo condujeron ante el gobernador romano para que este procediera con la sentencia. Oyó que Poncio Pilato quiso indultarlo, y por un instante su corazón saltó esperanzado, pero entonces le contaron que los Sumos Sacerdotes dieron la directiva de que era preferible que el indultado fuera Bar’Abbá, un sedicioso. Decían que el epicentro del terremoto había estado en el templo, que las nubes tenebrosas se formaban justo encima de este y se extendían en un patrón helicoidal hasta abarcar toda la ciudad, que el velo del templo se había rasgado y que los sacerdotes iban de un lado para otro transmitiendo mensajes contradictorios sobre su significado, aunque muchos expresaban que solo podía significar que Dios había cancelado su Alianza. 

Nada de todo eso importó a Simón cuando se enteró, por fin, de que Yeshúa llevaba horas crucificado en el monte Gólgota.

«Tengo que ir allí», se dijo decidido. «Tengo que estar con él».

Se perdió. Siempre había sido un desastre para orientarse y las calles retorcidas de Jerusalén no ayudaban nada. Por más que andaba no llegaba al otro extremo de la ciudad ni encontraba la muralla y tenía la impresión de no hacer más que dar vueltas. Pero no se detuvo, era terco como una mula, así que apretó los dientes y aceleró cuesta arriba, siempre cuesta arriba.

Al doblar una esquina casi arrolló a un tullido.

–Discúlpame –acertó a musitar casi sin aliento.

Sin dedicarle una segunda mirada, se dispuso a continuar la marcha, pero el hombre se plantó delante y levantó una jarrilla desportillada que llevaba en la mano.

–Echa un trago. Se ve que lo necesitas.

Entonces se fijó en él. Iba sucio, olía mal y no le hubiera sorprendido ver saltar pulgas de su ropa o de su pelo enmarañado, pero tenía tanta sed que aceptó la jarrilla. No quedaba mucho vino y estaba agriado, pero refrescó su boca.

Devolvió la jarra con una mueca debido a la acidez que le picaba la lengua.

–Muy malo, lo sé. Lo siento. No conseguí que me fiasen nada mejor que este vino picado –dijo el tullido. Apenas apoyaba el pie izquierdo, que tenía hinchado y amoratado. Llevaba suelta la correa de la sandalia debido a la hinchazón

–¿Se va por aquí al monte Gólgota? 

–¿Eres tú Simón de Tiberíades, llamado Kefás?

Los dos había hablado a la vez y los dos se quedaron un instante en silencio, observándose. Simón con sorpresa y el otro con expresión anhelante.

–¿Me conoces? –preguntó Simón.

–El muchacho, Yohannan, me dijo que te buscase. Tal vez lo hizo para librarse de mí, de mi olor, pero dijo que tú eras ahora el jefe y que tú debías decidir sobre mí. No me he presentado… –El hombre hizo una torpe reverencia que a Simón se le antojó totalmente fuera de lugar–. Mi nombre es Yeshúa. Se me conoce como… Yeshúa Bar’Abbá –dijo. Y algo parecido al miedo asomó a sus ojos al pronunciar su nombre.

–Ah. –Reconoció el nombre, por supuesto, lo había escuchado en los corrillos de los curiosos.

–Él ha muerto por mí –musitó Bar’Abbá. Había anhelo y también desconsuelo en su expresión.

Simón se estremeció.

–¿Es que ya ha muerto?

Una crucifixión era una tortura horrible y prolongada, los hombres más fuertes podían aguantar incluso más de un día antes de morir. No deseaba una agonía larga a Yeshúa, pero esperaba llegar a su lado antes de… «No le he pedido perdón». Echó a andar a toda prisa. El tullido lo siguió como pudo.

–Murió hace una hora o así. Justo antes del terremoto y de esta nube oscura que nos cubre. Yo… estaba allí. El centurión le clavó la lanza para asegurarse de que estuviera bien muerto –jadeó Bar’abbá a su espalda–. Espera. Por aquí se llega antes.

Se dejó guiar. Por algún motivo no receló de aquel tipo, de Bar’Abbá, que lo condujo mientras le contaba con expresión avergonzada lo que había pasado en el pretorio y como, atrapado por una mirada que lo había traspasado, se había sumado a los curiosos que acompañaron a los condenados hasta el Gólgota. Contó que allí encontró a Yohannan, a Myriam y a algunas otras mujeres, que escuchó como un tal Yosef acordaba con Yohannan acudir a Pilato para que le autorizara a bajar y enterrar el cuerpo, y que entonces se acercó y ofreció su ayuda.

Simón miró a Bar’Abbá de arriba abajo. Incómodo, el hombre se estiró la túnica, como si de esa forma pudiera trocar su apariencia de facineroso en apuros por otra de persona honrada y de fiar.

–Yohannan me rechazó. No se lo reprocho, yo hubiera hecho lo mismo en su lugar, pero Myriam habló en mi favor. Ella… me escuchó y…, en lugar de odiarme… –La mano de Bar’Abbá se extendió para sujetar el brazo de Simón, aunque en el último instante se detuvo sin atreverse a tocarlo. Sus ojos expresaron la súplica que no pronunciaron sus labios–. Quiero ayudar… Quiero unirme a vosotros.

–¿Por qué?

–Por lo que vi en él, por lo que he visto en ella… No lo sé. No sé si me he vuelto loco. No lo entiendo, pero no puedo volver a ser el que fui.

«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará».

Las palabras resonaron en la mente de Simón. Nunca las había entendido. Él era hombre de acción, no un estudioso ni alguien con facilidad de palabra, podía ser autoritario, pero no parecía la mejor elección para dirigir con prudencia y sabiduría una organización. «Él lo sabía, él supo todo el tiempo que lo traicionaría, y aun así me eligió y me destacó ante los demás. Yo soy la piedra, él es el arquitecto».

De repente se dio cuenta de que había cambiado el tiempo verbal a presente. «Él dijo que todo esto tenía que suceder. Profetizó su muerte, pero también profetizó su resurrección. Y me dio una misión».

Miró al cielo. La capa de nubes tormentosas se aclaraba poco a poco. A su lado, Bar’Abbá aguardaba expectante. «¡Menuda pareja hacemos! El cobarde y el sedicioso. Eliges ayudantes muy raros, Rabí». 

Le puso una manaza sobre el hombro.

–Vamos, hermano. Guíame a ver si llegamos a tiempo para ayudar a enterrarlo.

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