BENILDE DESCUBRE A MARTINICO

IMAGEN DE GRACIELA GARCÍA ZURDO

Felicitas Rebaque

Echaba mucho de menos a mi marido. Sentía que me habían arrancado una parte de mi misma. Era una dolor tan profundo que a veces me impedía respirar. José era para mí como el agua para las plantas. Los vecinos me visitaban con frecuencia, sin duda preocupados al verme tan triste. Pero nada ni nadie podía consolarme. Tan solo en mi querido bosque encontraba un poco de paz, recordando los días felices que vivimos juntos. Cuando descubrí que mi árbol mágico también había muerto, mi tristeza se hizo mayor. Lloré durante mucho rato al pie de mi árbol, pensando que todo lo que amaba desaparecía. Y me sentí más sola que nunca. Distraía el tiempo entre la casa y el bosque. A pesar de la pena, seguía con mi vida tranquila de siempre. Hasta que apareciste tú.

Al principio tuve la sensación de que una presencia silenciosa se movía dentro de la casa. Pensé en algún pequeño animal. Pero  por más que busqué no encontré nada. Después comenzaron los ruidos, los golpes, las cosas que encontraba fuera de su lugar habitual. Los tarros de los jarabes abiertos. Las mermeladas derramadas por la cocina. Mis ovillos de lana deshechos, como si un gato hubiera estado jugando con ellos.  Cada mañana, al levantarme, tenía un sobresalto. Esto parece cosa de duendes, me dije. No se lo conté a nadie por temor que me tomaran por loca y pensaran que eran imaginaciones mías. El día que encontré el suelo de la despensa hecho un mar de aceite y las espitas de las garrafas abiertas, no tuve la menor duda: tenía un duende en casa.  Comencé a espiarte, sin ningún resultado, hasta que te descubrí sobre la caja de música.  No te imaginaba así: regordete y barrigudo, con esa enorme nariz. Y menos, vestido con un hábito de color rojo. Parecías un fraile chiquitín. Tus orejas puntiagudas sobresalían por la capucha.  Me hizo muy feliz verte. Había estado esperando ese momento durante muchos años. Por fin, mi sueño se hacía realidad. No imaginé que fueras tan revoltoso, y no quería que estropearás mis cosas y ensuciaras la casa. Ya era muy mayor para estar todo el día limpiando y recogiendo los destrozos que hacías.  Un día te hablé y te propuse un pacto: yo te dejaría todas las noches un vaso de leche con galletas o un poco de la mermelada que tanto te gustaba, y tú, a cambio, te portarías bien.  A pesar de que guardaste silencio y que no te dejabas ver, sabía que lo mantendrías. Palabra de duende.

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