ÁNGELES CAÍDOS por Mercedes. G. Rojo

Imagen tomada de Pinterest

Estaban allí. Vigilando sus movimientos desde sus altos pedestales de granito, desde la intensa frialdad de sus grandes ojos plomizos.

            Acechaban sus pasos y carreras por el foso inútil de aquel palacio que parecía, parece aún, de juguete  o más bien de cuento de hadas, siguiendo de cerca sus juegos de princesas atrevidas – aún ni siquiera adolescentes – en la quietud de aquellas paredes de castillo encantando.

            Parecían seguir sus evoluciones a través de las grandes cristaleras de colores, mientras ellas trataban de ignorarlos, de mantener lejos de sus mentes de niñas el temor que les causaba su impávida quietud, al tiempo que vagaban por las grandes estancias, sentándose a la inmensa mesa de comedor de la primera planta, jugando por el foso inútil que rodeaba el edificio, mientras cogían “milflores” nacidas entre los muros de la antigua muralla sobre la que se asentaba, imaginando historias de princesas encantadas.         

Ellos eran tres, tres ángeles gigantescos o más bien arcángeles, aunque nunca los llamaban de esta forma… Eran los ángeles del palacio. Aquellos que un día debieron haber culminado su parte más alta y que, una vez desaparecido el “padre” arquitecto que los había ideado, nadie supo cómo colocar en los lugares para ellos destinados.  Nunca pudo entender como Gaudí pretendió culminar el palacio con ellos. Le parecían tan grandes, tan pesados, que imaginaba que no habría torre ni pináculo capaz de soportar su sobriedad. Y de hecho, el sustituto de tan especial cabeza no dio con la solución para hacerlo, y allí los dejó, guardianes impasibles de lo que pasaba a su alrededor con la simple mirada de su altura distante que les proporcionaba su inmenso tamaño, situados en el pequeño jardincillo que rodeaba el palacio episcopal, sobre sus correspondientes  pilares, mucho más altos que cualquiera de ellos por mucho que pudieran llegar a crecer.

Parecían mirarlas expectantes, desde su altura, vigilando sus juegos y actos. Particularmente a Paula, a veces llegaban incluso a intimidarla, pareciendo reprobar sus actuaciones. Pero otras veces se convertían en testigos amistosos de sus juegos. Y, eso sí, siempre estaban allí, grandes, majestuosos.

Un buen día, para sorpresa de la chiquillería y del resto de los habitantes del lugar,  comenzaron a desaparecer uno a uno de su pedestal, dejando un importante vacío en aquel espacio que tan grandiosamente ocupaban.

 Para Paula la sorpresa se convirtió en susto  cuando, aquel mismo día,  entró en casa de su abuelo, situada a pocos pasos del recinto del palacio.

 Su abuelo era el fontanero de la comarca. La parte baja de su casa de dos plantas estaba dedicada toda a ella a su negocio y allí se amontonaban en tres habitaciones y un zaguán materiales de fontanería: herramientas, tuberías, codos, grifos, rollos de esparto, … dotando este espacio de un olor especial que aún muchas veces se le agolpa en la memoria y en la boca.

            Allí, en el lugar por el que ella se deslizaba a menudo observando el trabajo concentrado de su abuelo, que en muchas ocasiones torneaba artísticamente los tubos, yacía humillado uno de aquellos “angelicales” colosos. Dormía en la penumbra del portalón, compartiendo su grandiosidad caída con las largas y plúmbeas cañerías  que ocupaban aquella parte baja de la casa, un ángel caído que reposaba  frío y quieto entre tuberías y herramientas.

Acababa de llegar del colegio cuando, nada más entrar, fue su inmensa mole lo primero que se encontró, sus grandes ojos vacíos acechándola desde el familiar zaguán. Su cuerpo yacía como un material más que pudiera ser moldeado y trabajado de forma caprichosa por las manos artesanas del artesano.

             Toda aquella grandiosidad, humillada ahora  en el suelo del taller de fontanería, debería haberle parecido menos aterradora pero, muy al contrario, tener tan cerca de su cara de niña su enorme rostro de ángel caído le causó una gran inquietud.

            Acercó sus manos hasta su gran cuerpo inerme en un intento por perderle de una vez por todas el respeto temeroso que le inspiraba. Lo tocó con miedo sin saber a ciencia cierta la sensación que esperaba recibir….

            Estaba frío, frío como los tubos de plomo que a diario manejaba su abuelo y que invadían todo el taller, sobre los que ella se subía de vez en cuando haciendo equilibrios por su resbaladiza y redonda superficie amontonada.

            Por un momento estuvo, efectivamente, muy cerca de perderle el respeto, tentada de sentarse a horcajadas sobre su gran cuerpo caído. Pero algo (quizá fui ella misma) debió golpear aquel hueco esqueleto y una sonora y bronca  reverberación se extendió por todo él, como un profundo y continuado latido.

            Se  asustó. Se  asustó extremadamente y escapó de aquel taller, escapó también de casa del abuelo y se refugió en la suya propia, situada no mucho más lejos.        

            Aquella noche soñó con aquellos grandes ojos vacíos e inquisitivos mirándola insistentemente, siguiéndola con fijeza por dondequiera que iba. Un sudor frío la bañaba por entero, empapando las sábanas mientras daba vueltas en sueños intentando esconderse a su mirada que parecía perseguirla con  insistencia.

            Despertó sobresaltada…. Estaba en su cama. En su casa. Lejos del taller de su abuelo, y a salvo de los ángeles caídos. Suspiró aliviada al oír el sonido de la televisión que sus padres veían en la habitación de al lado. Pero como un instinto de protección se agarró con fuerza a las sábanas de su cama y se tapó con ellas hasta la cabeza. Después de un rato de seguir escuchando el familiar ronroneo televisivo, consiguió quedarse dormida de nuevo, esta vez sin sobresaltos.

            Al día siguiente el ángel aún continuaba en el portalón de su abuelo. Y allí permaneció todavía durante varios días, sustituido después por sus otros dos compañeros. Y durante ese tiempo ella se deslizaba cada día por la escalera, hacia la parte de arriba de la casa, intentando mantener su mirada de niña temerosa alejada de la  suya, fría y vacía, intentando pasar lo más lejos posible de aquella plomiza mole derrumbada.

            Al cabo de un tiempo, los ángeles volvieron a su lugar habitual, a sus pedestales,  ya reparados por las manos expertas de su abuelo. Por circunstancias de la vida ella comenzó a frecuentar cada vez menos el palacio, pues la amiga con la que compartía juegos en sus salas, se fue.

Ya de un poco mayor acudió de nuevo a este espacio. Estudiaba en el instituto, que estaba justo al lado, y la zona era perfecta para dejar transcurrir la escasa media hora de  descanso que tenían  durante las clases de la mañana. Pero, durante un tiempo, aún mucho tiempo, evitó mirar sus grandes ojos vacíos…

Han pasado los años. Cambiados de ubicación, los ángeles siguen en el entorno palaciego, vigilando con su apostura lo que pasa alrededor, como guardianes eternos de mitos, de leyendas, de tantas cosas. Se ha pasado el temor infantil. Pero aún hoy se pregunta qué misterio es el que guardan para que  nadie consiguiera nunca colocarlos en las alturas para las que su creador los había ideado, y se pregunta también si habrán causado en alguien más, durante todos los años que llevan vigilando, el  mismo temor incierto que un día a ella  le causaron.

Nota de la autora: Este relato pertenece a mi colección Historias de filandones para ser contadas a los niños.

            Hubo un tiempo, cuando la televisión no existía y la radio era aún una rareza en la mayoría de las casas, cuando los libros eran un privilegio al que muy pocos niños y niñas podían acceder, que las largas tardes de invierno se entretenían al amor de la lumbre y al arrullo de las palabras que narraban historias de todo tipo y condición.

            Algunas de ellas eran totalmente inventadas, otras se basaban en experiencias que la gente o sus conocidos habían tenido a lo largo de los años, pero en cualquier caso eran historias que emocionaban o hacían pensar a chicos, pero también a grandes.

            En aquellas largas veladas se fueron alimentando las imaginaciones de quienes llegarían a ser escritores en el futuro (bueno, no todos). Yo también viví algunas de aquellas veladas, aunque ya en época más moderna,  y con el tiempo fueron surgiendo algunas historias que de vez en cuando comparto con quienes quieran leerlas. Como las de antaño, algunas se basan en hechos reales, otras son pura fantasía. ¿Sabréis distinguir unas de otras?

            Os lanzo el reto.

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