ESTÁS MUERTO por Mavi Govoy

Imagen tomada de Pinterest

–Abre la puerta.

–Alteza, van a atravesar la muralla en cualquier momento, invadirán los jardines. No debéis salir.

Por un momento, la mujer de rostro de piedra inclina la cabeza y su mejilla arrugada acaricia la cabecita del bebé que sostiene con su brazo izquierdo, su nieta, la princesa Cirenia, la última de su estirpe. A su alrededor hay fuego, humo, gritos, carreras, golpes y destrucción. Se lucha y se muere, se ataca y se defiende, se apuñala, se golpea, se atraviesa con lanza, con flechas, se pisotea… Imperturbable e inocente, Cirenia duerme en los brazos de su abuela.

Cuando la Anciana Dama levanta la cabeza, sus firmes y tristes ojos azulados atraviesan al hombre que le corta el paso. Ve hilillos de sangre costrosa en un lado de su cabeza y grandes manchas parduzcas en sus ropas arrugadas y sudadas, pero no parece malherido. Es joven e inexperto y salvajemente leal. Todos ellos lo son, y muchos morirán hoy, en esta madrugada. Darán su vida para frenar un ataque imposible de detener, darán su vida para que ella tenga tiempo de salvar a Cirenia y de engañar a su enemigo.

–Abre, capitán. Es una orden.

Puede que sea su última orden. En su voz no hay vacilación, tampoco se eleva innecesariamente, su porte es sereno, seguro, confiado. Parece una reina. Lo ha sido y ha tenido que volver a serlo tras el asesinato de su hijo. Al hombre le tiembla el fino bigotillo rubio que adorna su labio. Solo hace dos días que ha sido nombrado capitán, un ascenso no oficial, concedido por un hombre que agonizaba y que en lugar de reservar sus fuerzas para intentar vivir un poco más, se preocupaba de reorganizar a los guerreros que quedaban en pie. El joven capitán aprieta las mandíbulas para detener el temblor y se inclina profundamente ante ella.

–Sí, mi reina.

La puerta de hierro y cristal que da al jardín del palacio Albo se abre para ella.

En el jardín también hay humo, pero allí el olor a sangre, sudor y madera quemada se mezcla con el aroma de la hierba fresca y la fragancia de las flores. Los gritos, los enfrentamientos, las carreras tienen allí fuera otro sonido, sin los ecos de un espacio cerrado. Amanece, pero hay mucha oscuridad alrededor de la mujer, mucho dolor, mucha muerte. La Anciana Dama se gira por un instante hacia el guerrero, traza sobre él la señal de una bendición.

–Capitán…, vete. Sal de aquí y llévate a todos los que puedas. Vivid. No dejéis que os maten.

No se queda a ver su reacción. Avanza sin mirar atrás. Un paso, otro, otro… Siete, el número de la plenitud. Los gritos han cambiado. Alguien se ha dado cuenta de su presencia, alguien grita «Dama, Dama…». Se detiene. Su brazo derecho traza un arco cuando lo eleva, algo brillante escapa de su mano extendida. Una flecha se clava en el suelo a unos cuantos metros de donde ella está inmóvil. Luego otra, apenas más cerca. Los gritos son ahora más claros: «¡Viva, idiotas! ¡Hay que atraparla viva!». La reina registra esos gritos con una parte de su cerebro, una pequeñita, pues todo su interés está centrado en la mota brillante que gira sobre ella. No llueven más flechas, pero las carreras arrecian; quieren llegar hasta ella, pero están lejos. La Anciana Dama contempla el punto de luz. Nadie le impedirá hacer lo que tiene que hacer.

La lucecita explota. Una cascada de brillos cae sobre la mujer, un surtidor brillante se eleva y se desparrama en todas direcciones. El surtidor de luz tiene todos los colores del arco iris, pero no es un espectáculo cegador, no daña la vista.

Sin embargo, de algún modo eclipsa a la criatura hasta que aterriza.

Bajo la catarata de titilantes colores, la blanca cabezota de una serpiente gigantesca se inclina hacia la Anciana Dama, su largo cuerpo está cubierto por arriba de plumas de fuego y por debajo de escamas de hielo blanco. La serpiente se arquea alrededor de ella, como ofreciendo un refugio. La mujer, que ha permanecido con el brazo derecho en alto, acaricia con la punta de sus dedos levantados la papada de hielo blanco de la serpiente cornuda. Y habla. Fue reina de Garadia y tiene poder para imponerse a la criatura.

Solo la serpiente escucha sus palabras. Solo ella recibe su mensaje. Nadie más tenía que escucharlo.

Cuando la Anciana Dama calla y baja la mano, la silenciosa serpiente emplumada se retuerce en lo que parece un rayo de luz y color más rápido que el mismo pensamiento, ciertamente más rápido que la vista. Quienes se han acercado al círculo protector formado por el cuerpo de la criatura no ven llegar su muerte, ni siquiera llegan a saber qué los mata. La enorme serpiente barre el suelo y el aire a su alrededor, aplasta y lanza cuerpos en todas direcciones, los ruidos de carreras se transforman en gemidos y golpes, la criatura genera un perímetro de destrucción a su alrededor.

Después sus alas de llamas se elevan en la madrugada más triste y oscura de la historia de Garadia. La serpiente asciende como una flecha de fuego hasta perderse entre las nubes.

Los ojos de los supervivientes contemplan el vuelo de la gran serpiente alada, ninguno de ellos parece saber qué hacer, ninguno parece entender qué ha pasado, nadie, salvo la Anciana Dama.

Ella no permanece inmóvil admirando a la criatura. Envuelta en su largo mantón blanco de flecos de oro, con sus cabellos prematuramente níveos, la Anciana Dama es una figura blanca que atraviesa el círculo de muerte que ha dejado tras de sí la serpiente. Con la espalda muy recta y la cabeza alta pasa entre cuerpos aplastados y rotos, como si no viera lo que la rodea; se desplaza sin apresurar el paso, pero sin detenerse. Su destino es el cenador de cristal que hay en un lado del jardín.

Por fin, los conjurados reaccionan. La rodean, estrechan el cerco, pero solo uno de ellos se destaca. Es grande y grueso como un tonel, moreno, de cutis enrojecido y mejillas sin afeitar. Es el comandante de los conjurados. Y está furioso, porque ha comprendido que la princesa Cirenia se le ha escapado.

La Anciana Dama le hace una seña para que se acerque. No se queda a esperarlo. Entra en el cenador. Dentro del reducido espacio octogonal hay una mesita de cristal con una botella y dos copas finamente labradas. Junto a la mesa, sobre un porta cirio dorado, una vela y pedernal. La Anciana Dama descorcha la botella con mano experta y llena las copas. Luego manipula el pedernal.

El comandante de los conjurados entra como un toro furioso: respira entre dientes, sus botas resuenan con estrépito en el suelo de piedra, su manaza golpea el cristal para abrir la puerta. Con él entran dos de sus hombres, armados hasta los dientes. Otros muchos rodean el cenador por todos lados. La Anciana Dama los mira con desprecio. Su mano no tiembla cuando prende la vela aromática.

–Solo te llamé a ti. ¿Te doy miedo y por eso traes a estos hombres contigo?

–Tú no me das órdenes –replica entre dientes el comandante.

Se observan en silencio. Entre ellos dos hay mucha diferencia de estatura, de volumen y de carisma, pero no tanta de edad. E incluso hay menos diferencia en la malquerencia mutua que impulsa sus actos y sus palabras.

–Has perdido –le provoca ella sin descomponer el gesto ni alterar la voz–. Jamás pondrás un dedo encima de mi nieta. Y tampoco serás tú quien suceda al rey Conrado como monarca de Garadia.

–¿Eso piensas? Ahora mismo hay hombres míos siguiendo a esa fiera alada. Donde sea que vaya, donde quiera que aterrice, lo sabremos. Y atacaremos y la encontraremos. Solo es cuestión de tiempo. No has conseguido nada. Debiste huir tú también sobre ese bicho, por quedarte no podrás verlo cuando me apodere de tu nieta, porque no verás amanecer mañana.

–Sé que no veré otro amanecer. Es la única verdad que has dicho –asiente la Anciana Dama con calma. Levanta una de las copas y bebe–. El vino no está envenenado, puedes beber.

El comandante no se mueve.

–No quiero nada tuyo.

Los fríos ojos de la mujer miran sin pestañear a su enemigo.

–En cambio, yo sí quiero algo tuyo. Y lo voy a coger.

–No toleraré otra impertinencia –advierte con dureza el comandante.

La Anciana Dama arrastra un pie hacia delante, para acercarse a él.

–Has perdido –repite una vez más–. Y estás muerto. Y tus dos guardaespaldas también, por entrar aquí. Quería que lo supieras, quiero que mueras sabiendo que yo te he derrotado y me he llevado tu vida.

Los tres hombres se agitan espasmódicamente, aún pueden mover los dedos, la mandíbula, un poco el cuello, todavía respiran y pueden hablar, pero sus extremidades ya no responden. La mujer arrastra otro paso.

Durante más de dos meses, desde el asesinato de su hijo Conrado, se ha preparado para este día, para esta situación. Cada día desde entonces, durante una única respiración, ha inhalado el veneno de la vela para hacerse resistente a él. No hay cura para ese veneno, también para ella la dosis que está respirando es mortal, pero ella todavía puede moverse. Sus víctimas, en cambio, están inmovilizadas. Es un veneno rápido.

El sudor empapa la frente del comandante. Uno de sus hombres gime.

–¿Por qué no gritas? Pide ayuda –sugiere la Anciana Dama–. Di a todos que yo te he vencido.

Un paso más.

Los despavoridos ojos de los tres hombres giran en sus cuencas. Los conjurados que esperan fuera se remueven inquietos, empiezan a comprender que algo va mal. La Anciana Dama levanta con esfuerzo una mano temblorosa. Apoya un único dedo contra el esternón del comandante. Empuja con él.

–Estás muerto.

El comandante cae hacia atrás.

Muere antes de tocar el suelo.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. BlogTrujaman dice:

    Me encantó, Mavi. El relato te va llevando de la mano y desvelando pasado y futuro, hasta el final. ¡Muy bueno! Saludos.

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