TIM Y ROBERT EN LA NOCHE DE HALLOWEEN por Ana Vara

Imagen tomada de Pinterest

LAS TERTULIAS DE D. FABIÁN FLAKES DE LA ROSER

CUENTOS DE OTOÑO-III

Un domingo más en la mansión de D. Fabián Flakes de la Roser. El otoño avanza y el frío se va colando por todas las partes que puede, ya es noviembre. La chimenea está encendida para que, cuando lleguen los invitados, esté el ambiente caldeadito.

-¡A ver si es posible que hoy no tengamos ningún incidente! Porque no hay domingo en el que no ocurra algo desafortunado en el grupo- dice D. Fabián a Flavius , que está limpiando la plata, y a Bárbara, que está teje que teje ropitas para Benjamín.

-Es cierto, D. Fabián. Cada vez están más impertinentes, no sé qué les ocurre- contestó Flavius.

– Pues yo no noto gran diferencia de ahora a cuando comenzaron las tertulias- añadió Bárbara.

-Es la condición humana, tenemos que ser tolerantes unos con otros. En fin, que la casa se nos cae a pedazos de puro vieja y no hay dinero para los desperfectos. Cualquier día amanecemos con los techos en los suelos- dijo el de La Roser paseando la vista por el salón.

Bárbara seguía atenta a su calceta: derecho- revés- dos del derecho- dos del revés- menguo uno. Estaba muy hermosa con la ilusión de ver llegar a su primer nietecillo; ya faltaba poco…Y Flavius la observaba como un colegial enamorado; nunca había sido guapo, pero el amor le había convertido en más rubio, con los ojos más azules y más joven. Dudaba si declararse a Bárbara pero seguía teniendo miedo a su rechazo…Se moriría de vergüenza si Bárbara se burlara de él.

D. Fabián, que seguía notando lo que le ocurría al mayordomo, salió al paso:

-¿Te has fijado, Bárbara, en lo guapo que está últimamente Flavius? ¿Será el otoño? ¿El amor, quizá?

– ¿El amor, D. Fabián? ¡Pero si Flavius no se ha fijado en ninguna mujer desde el tiempo que le conozco! ¡No me haga reír, señor!

-Quién sabe si le gustas tú…

-¿Yo? ¡Pero qué cosas dice usted! ¡Si llevamos siglos juntos y somos como hermanos!

– Quién sabe, quién sabe… – Y D. Fabián sonrió pícaramente.

Flavius se puso tan colorado que parecía que iba a reventar su cara y, para disimular unas lagrimitas que le estaban estorbando en los ojos, salió apresuradamente del salón fingiendo tener que hacer una tarea sin pérdida de tiempo. D. Fabián no se inmutó, pero Bárbara volvió su rostro hacia la dirección en la que marchaba Flavius y, con los ojos grandes como una lechuza debido a la sorpresa, exclamó mientras hacía girar su dedo índice en la sien: “Está mal, éste está mal”. Al poco, llegaron los invitados, la merienda y el cuento…

TIM Y ROBERT EN LA NOCHE DE HALLOWEEN

Era la noche del 31 de octubre en una pequeña ciudad de un estado de los Estados Unidos. Los hermanos Tim y Robert, al igual que toda su panda de amigos, se habían vestido para la ocasión con disfraces de brujas y esqueletos y se lo pasaban en grande llamando de casa en casa, gritando: “Trick or Treat” que significa “Truco o Trato”, mientras esperaban que les dieran golosinas y chocolates.

Todas las casas estaban decoradas con colores negro y naranja, en las entradas habían puesto calabazas, y las puertas de las cocheras estaban adornadas con fantasmas, arañas y murciélagos.

ERA LA NOCHE DE BRUJAS

Robert, el más decidido de los hermanos, propuso a su pandilla acudir al cementerio de la localidad para saludar a los espíritus de los muertos. Tim, más miedoso que su hermano puso reparos, pero como todos los amigos se metieron con él llamándole miedica y cobarde, el pobre chico tuvo que aceptar y se unió al grupo.

La noche estaba oscura, apenas había luna y se veía muy mal, las puertas del cementerio estaban cerradas y los chicos tuvieron que saltar el muro para poder entrar en el recinto. Una vez dentro, y yendo a la cabeza el atrevido Robert, se sentaron en círculo alrededor de una de las sepulturas. Tim encendió una potente linterna regalo de su madre, y Robert habló: “Espíritus del Más Allá, os saludo en esta noche de Halloween, si estáis ahí, manifestaos”.

Hubo un largo silencio y otro de los chicos se echó a reír: ¡Bah! Bobadas- dijo- , los muertos están muertos y aquí no hay nadie.

La noche estaba cada vez más fría y los chavales comenzaban a tiritar. Vámonos- dijo Tim-, nos vamos a coger un resfriado, aquí no hacemos nada.

-Pues tenemos que saludarles- insistió Robert bravuconamente-. “¿Me oís espíritus de los muertos? Venimos a hablar con vosotros, sé que estáis ahí, contestad”

Nada, nadie, más frío. Soplaba el viento con quejidos roncos y Tim tenía miedo.

-Sois unos cobardes, espíritus de pacotilla, ¿por qué no contestáis? ¿acaso tenéis miedo de nosotros? – gritó Robert ya algo aburrido por la espera.

Como no ocurría nada Robert se levantó, y con él toda la pandilla decididos marcharse de allí mientras refunfuñaban por el fracaso (el único que se sentía feliz de largarse del cementerio era Tim que, alumbrando con su linterna el camino de salida, corría el primero como alma que lleva el diablo). Ya cerca de la salida Tim tropezó con algo y cayó al suelo. – ¡Ay- dijo- ¿qué ha sido eso? – Y mirando al suelo descubrió la mano de un cadáver suelta. – ¡Qué horror! – gritó-. Y levantándose rápidamente siguió corriendo entre sollozos. Robert y todos los demás se reían de Tim, aunque en realidad sentían tanto miedo como él. El grupo continuó su marcha pero, ya cerca del muro, cuando se disponían a saltar, oyeron unas voces de ultratumba que les llamaban por sus nombres. Quedaron paralizados y al poco rato las voces se oyeron más cercanas…Y más…

-¿Qué hacéis aquí, insensatos, perturbando nuestro merecido descanso?- dijeron las voces lúgubremente.

– No, nada, nada…Sólo queríamos celebrar la noche de Halloween…si ustedes no tienen inconveniente, claro- contestó Robert.

– Pues para ello no es necesario que nos molestéis. Cuando un día estéis muertos, ya veréis cómo no os gusta que os incomoden. Si queréis hacemos la prueba: Os llevamos durante un tiempo a nuestro mundo ¿Qué os parece la propuesta?

La pandilla se quedó muda.

– ¿No decís nada, valientes?

Los chicos estaban temblando de frío y miedo.

-Pues vamos a probar…

Cuando quisieron echar a correr, no pudieron. Varios esqueletos les tenían asidos por las piernas empujándolos hacia abajo, con fuerza, mientras lanzaban carcajadas estentóreas.

¡Socorro! ¡Socorro! – gritaban todos casi al unísono- ¡Perdonen nuestro atrevimiento, no lo volveremos a hacer, suéltennos, por favor!

-Ja, ja, ja- reían los espíritus-. Ahora veréis…

Pasó un largo rato. En el cementerio no quedaba ningún rastro de niños ni de cadáveres parlantes. La noche se había quedado completamente negra…Silencio sepulcral…

Los padres de los chicos estaban alarmados al ver que sus hijos no regresaban cuando ya era más de la media noche. Salieron en su busca. Avisaron a la policía. La búsqueda resultaba infructuosa. La situación realmente preocupante. Las madres lloraban y los padres fingían calma mientras intentaban calmar a sus esposas. Ya casi amaneciendo, los niños regresaron a sus hogares. Sus rostros estaban desfigurados por el miedo y sus cuerpos manchados de tierra. No decían palabra. Sólo temblaban…

Tim se había hecho sus necesidades en el pantalón, y el “valiente” Robert vomitaba sin parar y lloraba a mares mientras su madre le acunaba como a un bebé. “Pero hijo, ¿se puede saber qué os ha ocurrido? Contéstame, por Dios”

– ¡James, llama al médico inmediatamente, estos chicos se nos mueren!

-Nooo, por favor, otra vez nooo!- gritó convulso Robert-. Y Tim, que continuaba mudo, volvió a ensuciarse en el pantalón.

– ¡Igual que Josefito! ¡Igual que Josefito! ¡Mira, mamá, se ha hecho pis!- rió la cursi Inesita que, en contra de lo que podría pensarse, se había quedado impasible ante la historia de terror que D. Fabián acababa de relatar.

-¡Cállate, niña, no seas indiscreta!- la reprendió su madre, la señora marquesa.

El resto de invitados, excepto Inesita que se estaba divirtiendo muchísimo, no dijo nada, pero estaban bastante serios. Se diría que con mieditis…

Bueno, qué ocurre, parecen ustedes impresionados por el cuento ¿No tienen ninguna pregunta que hacer? – dijo D. Fabián.

SILENCIO…

SILENCIO…

Se levantaron todos y con un “buenas tardes” “gracias” y “hasta el próximo domingo” salieron ordenadamente del salón. Porque no eran perros, que si no, hubiera podido decirse que iban con el rabo entre las piernas.

D. Fabián se reía maliciosamente por lo bajines…

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s