EL PARQUE DE MADURODAM por Ana Vara

LAS TERTULIAS DE DON FABIÁN FLAKES DE LA ROSER

CUENTOS DE OTOÑO- IV

Imagen tomada de Pinterest

Cuando unos domingos después volvieron a reunirse los invitados en casa de D. Fabián, se encontraron con una sorpresa: ¡Flavius y Bárbara estaban sentados uno muy junto al otro con expresión de tortolitos en sus caras! Y el de la Roser anunció su compromiso de boda para la próxima Navidad, que coincidiría con el nacimiento del nieto de Bárbara. ¡La noticia no podía ser más impactante!

Helga Von Gutiérrez aprovechó la ocasión para echar una “indirecta” a su novio Lord Garci, conde de Casacuadrada, que parecía no estar dispuesto a recogerla porque no creía en los compromisos por escrito.

– ¿Cómo ha sido? ¿Es posible, Bárbara? ¡Quién lo hubiera pensado! Tú…Y Flavius… ¿Pero es que estabais enamorados? Si no se notaba nada- las peguntas silbaban como el viento en todas las direcciones.

-Pues…Yo tampoco lo puedo creer. Flavius me lo propuso…, al principio creí que era un despropósito. Pero, no sé cómo ocurrió…Me he enamorado de él tanto como él dice que lo está de mí. Así que ahora tengo doble labor: la ropita de mi Benjamín, ahora nuestro benjamín, y mi vestido de novia. Lo que es la vida, si mi Rufus levantara la cabeza…Pero claro, que como a él…No es lo mismo, no…Rufus, no tiene esto nada que ver con lo nuestro.

D. Fabián sonreía feliz mirando a la nueva pareja, “a sus hijos”, y para no dilatar más la cosa pidió silencio para comenzar el cuento.

EL PARQUE DE MADURODAM

El parque de Miniaturas de Madurodam está ubicado en La Haya y muestra lo más representativo de Holanda en maquetas de tamaño 25 veces más pequeño de lo normal. Dicho Parque fue financiado por los padres de George Maduro, que falleció en 1945 en el campo de concentración de Dachau. Los ingresos del Parque son donados para obras en beneficio de la juventud.

Cuando Conrad, su esposa Mirra y sus siete hijitos, todos ellos de color verde y tamaño similar al de las coles de Bruselas, visitaron el Parque, se quedaron fascinados y decidieron, inmediatamente, quedarse a vivir allí para siempre. Pero había un problema: tendrían que estar con mucho cuidado de no ser vistos, porque el Parque de Madurodam no es una zona residencial y, si les descubrían, los echarían inmediatamente de allí.

La familia en cuestión había sido desalojada de su vivienda porque el gobierno holandés había decidido hacer una carretera general que iba a pasar justo por el medio de esa casa. A Conrad y Mirra les habían indemnizado con bastante dinero por echarles de su vivienda, pero hacía tiempo que residían en una casa de alquiler que no les gustaba nada y estaban buscando un lugar para echar raíces.

– ¡Nos quedamos! – dijo Conrad.

– ¡Nos quedamos! – dijo Mirra.

– ¡Nos quedamos! – gritaron entusiasmados los siete hijitos de Conrad y Mirra.

-Tenemos que ir a buscar todas nuestras pertenencias- dijo Conrad-. Pero tendremos que trasladarnos de noche para no ser vistos.

-Pero de noche el Parque está cerrado- contestó Mirra- ¿Cómo vamos a entrar?

-No te apures, mujer ¿No ves que somos muy pequeños, nuestros muebles también y además somos verdes y nos podemos camuflar perfectamente entre las arboledas y arbustos que hay en el Parque?

– ¡Ya! Nosotros sí, pero nuestros trastos no son verdes…

– ¡Pues los envolvemos en hojas de lechuga y ya está! – vocearon los siete hijitos satisfechos de su ocurrencia.

– ¡Hecho! Cogemos nuestro pequeño coche, tardamos en llegar a la casa un cuarto de hora, si el tráfico está bien y, si no, como mucho, media hora…Y comenzamos a embalar. Necesitaremos comprar muchas lechugas, y también berzas. Conrad iba calculando…

La familia Conrad- Mirra montó en su cochecito y, de camino, pararon en un mercado y se abastecieron de lechugas, berzas y cuerdas; también de papel de celofán verde. Luego se dirigieron a su casa y se pusieron manos a la obra: embalar absolutamente todo lo que tenían de modo que no se viera ningún color que no fuese del color del follaje. Cuando hubieron terminado, y mientras los niños descansaban en el sofá absolutamente agotados, Conrad y Mirra se fueron a comunicar a los propietarios del inmueble su decisión de abandonar la vivienda pues, por motivos familiares, tenían que irse a vivir a España. (Una mentirijilla para no desvelar la realidad). Regresaron al piso, encontraron a los niños dormidos profundamente sobre el sofá y, sonriendo, se fueron ellos también a descansar.

Al día siguiente alquilaron una camioneta de transportes, a su medida, lo cual no resultó fácil, y cargaron sus pertenencias. Por la noche se colaron en el Parque sin ninguna dificultad debido a su pequeño tamaño. Descargaron todo en el lugar que previamente habían elegido como vivienda (nada menos que el Palacio de la Paz, de la ciudad de La Haya, donde tiene su sede el Tribunal Internacional de Justicia), y Conrad se marchó para devolver el camioncito a su dueño y pagarle los honorarios convenidos. El coche de la familia no fue llevado al Parque Madurodam para no llamar la atención: Conrad y Mirra se lo regalaron a un sobrino lejano.

-Pues… ¡Qué barbaridad! ¡Vaya con la familia de miniatura! ¡Instalarse ni más ni menos que el Palacio de la Paz! ¡Menudas pretensiones se gastaban los “verdes”! – exclamó Monsieur Facón, marqués de Sondesondo, algo indignado porque su casa no era un palacio ni mucho menos.

-Tranquilo, Monsieur, que los demás tampoco vivimos en palacios- rio Lord Garci, conde de Casacuadrada.

– ¡Qué más quisiéramos- apostilló Helga Von Gutiérrez!

Don Fabián Flakes de la Roser esperó pacientemente que terminaran los ridículos comentarios de la nobleza y prosiguió el cuento:

Esa noche, una vez instalados en su nueva y palaciega vivienda, se besaron, como todas las noches antes de irse a dormir, pero hubo algo especial: el hijo mayor, que era un virtuoso del piano, interpretó en su pianito de cola, que también habían transportado al Parque, el concierto nº 21 para piano y orquesta de Mozart, que a toda la familia entusiasmaba…

El nuevo día amaneció y, con él, toda la “familia verde” que aún no podía creer que se encontraba allí… ¡Era fabuloso! ¡Un sueño!

Desayunaron opíparamente, después…a programar el día. Ahora el señor Conrad no tenía que ir al despacho a trabajar; ni los siete niños al colegio; ni la señora Mirra cocinar ni limpiar… ¡Un verdadero sueño! La comida, sería comprada en los súper nocturnos, ya cocinada…Únicamente hacer lo que les viniera en gana procurando no ser vistos. Tenían una ventaja: en el Parque hay maquetas, aproximadamente de su tamaño, de muñecos que se mueven; también barcos que navegan por los canales y coches que ruedan…

Al transcurrir los días, cada miembro de la familia fue encontrando su lugar favorito: así, a la señora Mirra, le fascinaba pasearse por el Mercado de Quesos; a los niños les gustaba meterse en el barco ÁMSTERDAM que se hundió en su primer viaje a Indonesia en el siglo XVIII y les hacía sentirse marinos y aventureros; también se subían en el barco que navega por el canal Herengracht, uno de los más grandes y bonitos de Ámsterdam; y el señor Conrad disfrutaba enormemente subiéndose en los cochecitos que circulan por el Parque y, después de comer cuando hacía buen tiempo, echarse una siestecita a la sombra de algún árbol frondoso.

Los niños, aunque ya no iban a la escuela, tenían inquietudes y, como se habían llevado los libros de texto y también los de lectura, aprovechaban el tiempo. El mayor, continuaba con sus estudios de piano; de joven quería ser pianista de profesión. Mirra, mantenía sus contactos por vídeo- conferencia con su club de toda la vida, en el que se hacían múltiples actividades culturales y políticas. Y Conrad comenzó, on-line, la carrera de arquitectura.

Había transcurrido un año completo desde que la “familia verde” llegó a vivir al Parque de Madurodam. Nadie les había descubierto y se sentían a gusto con su nueva vida. Pero…el niño mayor no estaba del todo contento: se había convertido en un adolescente y necesitaba relacionarse con amigos de carne y hueso, aunque no fueran de color verde; quizá alguna niña que le gustara…Y protestó. Dijo a sus padres que quería irse a vivir a otro sitio, que en ese Parque no tenía futuro, que se lo planteasen detenidamente…Y se lo plantearon: reunieron a toda la familia y ninguno quería macharse de allí. Así que el futuro pianista decidió probar fortuna fuera de aquel lugar y, con el permiso de sus comprensivos padres, partió y se fue a vivir con uso tíos a Ámsterdam. Sus padres y hermanos le echaron mucho de menos, pero era su deseo y había que respetarlo.

Con el paso de los años, el resto de los “niños verdes”, también quiso marcharse de allí, al igual que su hermano mayor, para realizar su futuro en ambientes reales y no de maquetas. Todos, uno por uno, se fueron yendo del Parque de Madurodam a vivir a la casa de sus tíos de Ámsterdam que les acogían con mucho cariño.

Conrad y Mirra, continuaban viviendo en el Parque, eran felices allí. Pero…ocurrió…que Conrad enfermó gravemente; era absolutamente necesario trasladarlo a un hospital que el Parque, obviamente, no tenía. Los “tíos verdes” de Ámsterdam fueron a buscarlos y los llevaron a un buen hospital de la ciudad. Allí tuvieron que permanecer varios meses hasta que Conrad se recuperó, sólo a medias. Ahora se planteaba la situación: tendrían que vivir en la ciudad, cerca de la atención médica que el “padre verde” iba a necesitar frecuentemente. Habrían de despedirse del Parque de Madurodam para siempre. Mirra lloraba. Conrad lloraba. Los “tíos verdes” lloraban. Pero los niños, ya hechos unos jóvenes, se alegraron del cambio de residencia de sus padres; ya habían pasado demasiados años viviendo “camuflados” en un lugar que sólo era para visitar.

-Pero, D. Fabián ¿Los tíos de Ámsterdam no estaban hartos con nueve personas dando la lata en su casa? En total…once personas, por pequeñas que fueran, ocuparían lo suyo y darían mucho trabajo, ¿no? – preguntó la práctica Bárbara.

– ¡Y yo qué sé! ¡Eso pregúnteselo a los “tíos verdes”!

-Ja, ja ja… ¡Pues preséntemelos usted D. Fabián!

Y D. Fabián continuó:

Mirra no se resignaba a vivir fuera de su adorado Parque y, en cuanto podía, se escapaba a hacer una visita a sus amistades. En el Mercado de Quesos los vendedores la echaban en falta; Mirra había aprendido algo, aparentemente imposible: comunicarse con las maquetas. Ellos entendían sus palabras y ella comprendía sus pensamientos ¿Cómo era posible que unas figuras sin vida pudieran comunicarse con una persona? Desde luego hay milagros; claro que los hay. El milagro era el cariño tan profundo que entre la “señora verde” y los vendedores de quesos había surgido a través de los años.

Los “jóvenes verdes” ya habían hecho sus vidas y estaban todos fuera de casa. Conrad y Mirra seguían viviendo con los tíos. Pero Conrad, muy delicado de salud, y ya con muchos años, un día se despidió de la familia para irse a vivir al Cielo. Mirra, dentro de su dolor, soportó la ausencia de su esposo porque tenía otra presencia entrañable de la que no pudo prescindir: regresó de nuevo a vivir al Parque de Madurodam, ella sola, y esta vez se alojó, con escasísimas pertenencias, en el Mercado de Quesos. Allí vivió el resto de sus días feliz. Había cambiado a los humanos por las maquetas; ellas sólo eran buenas; nada más que buenas.

Cuenta la leyenda que un buen día, uno de los limpiadores del Parque encontró a una señora verde, del tamaño de una col de Bruselas, muerta con la sonrisa en su rostro y colocada en un ataúd rodeado de quesos y tulipanes, que unas cuantas maquetas llevaban a hombros hasta un bosquecillo precioso y posteriormente enterraban entre llantos y canciones holandesas.

Ese día el Mercado de Quesos no abrió al público.

RUEGOS Y PREGUNTAS

P- No sé qué es una maqueta, D. Fabián- preguntó Josefito.

R- Pues, una maqueta es un modelo en tamaño reducido de un monumento, edificio, construcción…etc.

P- ¿Por qué murió George Maduro en el campo de concentración de Dachau, D. Fabán? – dijo Inesita.

R- ¡Santo Dios! ¡Vaya pregunta, Inesita! Mira, hija, en las guerras se hacen auténticas barbaridades imposibles de justificar. Se matan entre los que se pelean…D. Fabián se sintió indispuesto y tuvo que pedir disculpas para ir al baño; cuando volvió tenía la cara de color violeta. Un silencio sepulcral reinó en toda la sala y Flavius, con buen acierto, anticipó el cierre de la sesión a las 19.15h.

EL LIBRO “LAS TERTULIAS DE DON FABIÁN FLAKES DE LA ROSER” (autora Ana vara). Puede adquirirse en las librerías de Valladolid:

LIBRERÍA CAMPUS: PLAZA DE SAN ANDRÉS.

LIBRERÍA EL SUEÑO DE PEPA: PLAZA MAYOR

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s