DOÑA URRACA OLISQUEA EN EL BARRO DEL JARDÍN (Cuentos de otoño -5) por Ana Vara

Imagen tomada de Pinterest

El último domingo de otoño llegó, y con él, el último cuento de la estación. Los invitados se encontraban eufóricos ante la inminente llegada del invierno ¿Qué nuevos cuentos traería D. Fabián para deleitarlos? ¿Y la Navidad, con la llegada de Benjamín y la boda de Bárbara y Flavius?

Las féminas estaban trabajando a destajo cosiendo y tejiendo ropitas para el futuro bebé, Incluso Inesita, a quien su mamá había enseñado a hacer punto de calceta, estaba haciendo un jerseycito crema, monísimo, al que iba a colocar unos lazos de color avellana; la niña no respiraba, tan sólo se fijaba en la labor para que no se le escapara ningún punto de las agujas; de vez en cuando paraba y se pasaba la mano por la acalorada frente mientras sonreía orgullosa de su trabajo.- ¿Me queda bien, mamá?- preguntaba inquieta a su madre, mientras la marquesa de Sondesondo asentía casi sin mirarla porque estaba a su vez ocupada en coser un precioso faldón para el bautizo del niño.

Bárbara y Flavius observaban agradecidos el afanoso trabajo de Josefa, Inesita, la marquesa de Sondesondo y Helga Von Gutierrez. A la vez que se miraban entre sí, emocionados y…enamorados.

D. Fabián habló, todos callaron, el cuento iba a comenzar

DOÑA URRACA OLISQUEA EN EL BARRO DEL JARDÍN

Uno, dos, tres, cuatro. Feliciana tiene un gato.

Cuatro, tres, dos, uno. Me gusta Unamuno.

Cinco, seis, siete, ocho. Yo como un bizcocho.

Ocho, siete, seis, cinco. El gato de Feliciana da un brinco.

Nueve y diez. Jugamos al ajedrez.

– ¡Tú qué vas a jugar al ajedrez, gato bobo! ¡Conténtate con comer sardinas, que tu cerebro no da para más! – gritaba doña Urraca al gato de Feliciana, harta de oírle cantar esa cancioncilla que le levantaba dolor de cabeza y que, además, solía canturrearla cuando cometía una fechoría o estaba tramando algo. – ¡Y qué sabrá ese quién es Unamuno, si es un ignorante! – farfullaba.

– Eso, D. Fabián, ¿quién es ese Unamuno del que habla el gato? – preguntó Josefa.

-Pues, querida Josefa: D. Miguel De Unamuno fue un gran escritor español de los siglos XIX- XX mundialmente conocido; su última obra extensa fue LA TÍA TULA que, como vulgarmente se dice, la conoce hasta el gato.

Por eso lo conocía el gato de Feliciana. Je, je, je- rio el intelectual Lord Garci, conde de Casacuadrada.

-Los ruegos y preguntas para el final, que si hay interrupciones ahora no termino nunca el cuento- refunfuñó el de La Roser. Y continuó:

Doña Urraca y el gato se tenían la guerra declarada desde hacía mucho tiempo. Feliciana, la vecina de doña Urraca era muy fisgona y su gato, aún más. Doña Urraca, al contrario, mantenía su vida muy oculta y no quería saber nada de los demás. Por eso la vecina y su gato se pasaban la vida intrigados por ver por dónde se dirigían los pasos de doña Urraca.

La veían olisqueando en el barro del jardín de su casa, que colindaba con la de ellos. No entendían qué podía hacer una persona metiendo las narices en el barro. Esto solía hacerlo un poco antes del amanecer, cuando todos los vecinos estaban aún dormidos; todos menos Feliciana y su gato que se despertaban a la misma hora que cantaba el gallo: Kikirikí, kikirikí…

El olisqueo de doña Urraca se repetía a diario y, cuando terminaba, se limpiaba las narices y la boca y se retiraba al interior de la casa con expresión satisfecha.

– ¡No comprendo qué hace la vecina! – cuchicheaba Feliciana a su gato.

-Miau, miau- la respondía el minino, que significa: Ni yo, ni yo.

Uno, dos, tres, cuatro. Feliciana tiene un gato.

Cuatro, tres, dos, uno. Me gusta Unamuno.

Cinco, seis, siete, ocho. Yo como un bizcocho.

Nueve y diez. Jugamos al ajedrez.

La cancioncilla del maldito gato se repetía una y otra vez metiéndose en los oídos de doña Urraca mientras el animal se reía descaradamente de la pobre mujer y la decía: – Sé por qué hueles a barro. Ya sé por qué metes tus narices en el barro todas las mañanas. Me lo ha contado mi ama.

– ¿Y qué es lo que te ha contado esa deslenguada metomentodo?

-Pues que eres un estornino y por eso comes gusanos que coges del barro.

– ¡Ya sabrás tú qué es un estornino!

– Lo sé. Lo sé. Feliciana me lo ha dicho…

-A ver. Explícate, ya que vas de enteradillo.

-Si quieres que te lo digaaa…Si quieres que te lo cuenteee…Cien monedas a mi bolso y cinco kilos de sardinas, eso para empezar. Y si no quieres que lo divulgue por todo el vecindario para que se rían de ti… ¡Una paga vitalicia de cincuenta monedas ingresadas mensualmente en mi cuenta corriente! Jua, jua, jua.

La pobre doña Urraca se sometió al chantaje del gato y fue a comprar las sardinas, y luego al banco para hacer la transferencia a la cuenta del felino. Regresó a su casa: allí en el patio, estaba el taimado animal esperándola con los bigotes tiesos, paseando inquieto de un lado a otro. Entremos a la casa- le dijo a doña Urraca-, allí haremos mejor nuestros negocios. Y entraron. El gato se acomodó, sin pedir permiso, en el sillón más cómodo y doña Urraca, presa de los nervios, se sentó en una mecedora desvencijada que había en el salón.

-A ver. Cuenta todo lo que sepas.

-Primero la mercancía.

-Toma, desgraciado.

-Sin insultar, oiga.

El gato guardó con ansia las sardinas, las cien monedas y el justificante de la transferencia. Luego habló:

-Pues verás: Dice Feliciana que desciendes de un pájaro llamado ESTORNINO PINTO porque esta ave se parece a ti: Tiene el plumaje negro con brillo metálico de colores violeta y azul, y el pico amarillo; tú eres muy negra de piel y reflejas con el sol esos colores, y tus labios tienen algo de forma de pico y son amarillentos.

También haces unos quiebros con la voz, en la garganta, como si fueran silbidos chillones, parecidos a los gorjeos del estornino, y tu canto es muy ruidoso, como el de ese pajarraco. Y, por último, comes invertebrados, como él…

– ¿Qué como invertebrados? ¡Esto es lo último que me faltaba por oír!

– ¡Pues dime qué haces olisqueando el barro con tus puntiagudas narices!

La pobre doña Urraca se sintió acorralada, realmente comía esos animalillos que cogía con su larga lengua del barro, y eran su principal fuente de nutrición. No podía alegar nada, la habían pillado. Y…se echó a llorar amargamente. – No tengo la culpa de descender de estorninos- decía entre hipos y mocos-. He nacido así ¡Qué más quisiera yo que ser como los otros humanos! ¡Dios mío, qué va a ser de mí ahora que lo sabéis! – y seguía llora que te llora.

El gato fue enseguida a contar a su ama todo lo ocurrido (se abstuvo de decir lo de las sardinas y el dinero, por algo de vergüenza). Feliciana babeaba de placer con el relato: ¡Por fin la vecina había reconocido sus orígenes aviarios!

A partir de ese día no volvieron a ver a doña Urraca buscando invertebrados entre el barro por las mañanas; ni por las mañanas ni a ninguna hora; no se la veía el pelo y su casa estaba cerrada a cal y canto.

Pasados unos meses, un día por la tarde mientras Feliciana y su gato estaban en el jardín, ella haciendo calceta y él dormitando, un ruido insoportable que rompía los tímpanos se apoderó del silencio del cielo: una bandada inmensa de estorninos manchaba las nubes. De pronto, uno de ellos se alejó del grupo, perdió altura, llegó hasta el jardín de Feliciana y lanzó dos enormes excrementos: uno sobre la cabeza de ella y otro sobre la del gato, mientras cantaba entre risas:

Este es un regalo del cielo

para mis amados vecinos,

que tienen cara de palomino.

Ya no me veréis más

olisqueando el jardín;

ahora estoy con mi familia.

¡Andad con cuidado, malvados,

no vaya a ser que encontréis

una sorpresa aún peor!

Feliciana se limpiaba el excremento con cara de asco y el gato hacía lo que podía con sus patas delanteras por sacudirse el pastel que le había caído encima de los ojos. Parece ser que no lo consiguió y perdió la vista del derecho quedándose tuerto para siempre. Cuentan los vecinos que el minino se volvió taciturno y sedentario, y engordó una barbaridad, y que Feliciana se arrepintió mucho por su mal comportamiento con doña Urraca.

RUEGOS Y PREGUNTAS

P- ¿Qué es un invertebrado, D. Fabián? – preguntó Inesita.

R- Pues un animal que no tiene columna vertebral, como les sucede a los gusanos, caracoles, babosas…etc.

P- Entonces yo soy un invertebrado ¿no? – dijo Josefito.

R- No hijo, no. Ni tú ni ningún animal de la familia de los mamíferos a la que pertenecemos, lo es. Nosotros tenemos vértebras; columna vertebral. Por eso somos vertebrados- contestó D. Fabián pudiendo, apenas, contener la risa por semejante pregunta.

Bueno, queridos míos- se despidió el de La Roser-, el próximo domingo que nos veamos ya será invierno y quién sabe si ya tendremos buenas nuevas…Flavius miró a Bárbara con gesto de complicidad. El resto de invitados se acercó a ellos y les abrazó efusivamente. Y el anfitrión se limpió una lagrimilla de emoción que le rodaba por la mejilla izquierda.

El libro LAS TERTULIAS DE DON FABIÁN FLAKES DE LA ROSER

se halla a la venta en las librerías de Valladolid:

“El Sueño de pepa”- Plaza Mayor.

“Campus”- Plaza san Andrés.

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