EL BÚ por Felicitas Rebaque

Relato perteneciente al libro: NUEVOS CUENTOS CASTELLANOS VIEJOS I

Ilustración: Graciela García Robles

La siesta en los meses de verano era una costumbre familiar. Para Gerardo, una imposición que había cumplido a regañadientes hasta los seis años.  Su madre, después de comer, le hacía meterse en la cama para reposar en las horas  que el sol hace que busquen la sombra hasta las lagartijas. 

—Gerardito, a dormir la siesta— le ordenaba— haciendo oídos sordos a sus  protestas. Odiaba la siesta y odiaba que le llamaran Gerardito.

Vicenta, su abuela, que a menudo era cómplice de sus  travesuras, también le obligaba a cumplir con el odiado ritual.

Muchas tardes, se acercaba sigilosa hasta su habitación y si le encontraba despierto, ponía una voz tenebrosa y cantaba:

“Duérmete niño que viene el Bú y se lleva a los niños como tú”

Gerardo se tapaba la cabeza con las sábanas y así se quedaba dormido. Esa misma amenaza se repetía por las noches, cuando trataba de retrasar la hora de acostarse.

“A la cama, Gerardo, que viene El Bú, y se lleva a los niños que están despiertos, como tú

Su madre, entonces,  reñía a su abuela, con cariño:

—No asustes al niño con cuentos de viejos.

—Deja, deja. —respondía  la abuela, achicando los ojos—Ya verá lo que le ocurre si no se duerme pronto.

—Abuela, ¿quién es el Bú? —preguntó Gerardo, un día .

—Es  muy feo y malo.

—¿Pero cómo es?

—Es un búho enorme, con las plumas negras, negrísimas y unas alas grandes,

grandísimas. — Y extendiendo mucho los brazos para que Gerardo pudiera imaginar  lo grandes que eran—.  Tiene el pico más afilado que el cuchillo con el que corta tu padre el jamón, y sus garras son fuertes; pueden sostener a un ternero como si fuera una paloma.

Gerardo la escuchaba con la boca abierta. Ella prosiguió su relato

“Pero lo peor son sus ojos: redondos y rojos,  parecen las mismas puertas del infierno. Dicen que si te mira,  quedas paralizado por el terror, y  que el pelo se te vuelve blanco.

Gerardo, a pesar del miedo que le corría por la espalda, preguntó:

—¿Y dónde vive el Bú?

— Por el día,  escondido en grutas o en el tronco de alguna vieja encina. Sale  por

las noches. Se asoma a las ventanas de las casas y si ve algún niño despierto, se lo lleva. Y no vuelve a saberse nada de él.

Desde aquel día,  Gerardo no volvió a  dormir con la ventana de su habitación abierta, por mucho calor que hiciera.

Según se iba haciendo Gerardo mayor, la historia del Bú quedó atesorada en  su memoria junto a otras historias infantiles. Hasta aquel verano, en el que cumplió diez años.

Sucedió una tarde  de agosto. Sus amigos habían planeado ir en bicicleta hasta el bosque del Cotarral. No quedaba lejos del pueblo, a poco más de un kilómetro, y  regresarían antes del anochecer.

Gerardo ni intentó pedir permiso;  sabía cual iba  a ser la respuesta de sus padres.

Ya era mayor,  no le obligaban dormir la siesta, pero tampoco le  permitían salir de casa hasta después de merendar, cuando el sol  suavizaba su fuerza.

Sus  amigos no sufrían esas prohibiciones. Desde las primeras horas de la tarde,  correteaban por la calle, o se acercaban al arroyo para cazar renacuajos, o se reunían en la plaza para jugar al balón. Estaba harto de soportar sus burlas cuando ponía pretextos para no acompañarles. 

Gerardo sentía desobedecer a sus padres, pero a pesar de la desazón que le raspaba por dentro,  no quería perderse  la excursión.

Ese día, después de comer, se encerró en su cuarto con la excusa de leer un libro.  Nervioso, espero un buen rato a que su madre y su abuela dormitaran en el sofá, y a que su padre se hubiera marchado a jugar la partida al dominó, como cada tarde. Salió de  casa sin hacer ruido, con el tiempo justo para llegar al lugar y a la hora convenida: junto a la tapia del cementerio a las cuatro y media. Montó en su  bicicleta  y atravesó el pueblo pedaleando con todas sus fuerzas, esperando no encontrarse con ningún vecino que  pudiera ser testigo de su escapada.

Cuando llegó Toño, Miguel y Santi le esperaban impacientes.

—Te has retrasado. Gerardo. Pensábamos que ya no venías — le dijo Manuel,  malhumorado.

Manuel era el jefe de la pandilla. Tenía doce años. Presumía de pelos en las piernas y de que una pelusilla le sombreaba el labio superior. Decía que ya se afeitaba, pero los demás no se lo creían.

— Lo siento. No he podido llegar antes —se excusó Gerardo.

—Seguro que te has escapado, Gerardito —afirmó Santi, el graciosillo del grupo.

—No, no es verdad. Mis padres me han dado permiso. Ya soy mayor.

—No me lo creo — dijo Manuel, con un gesto de burla.

—Yo tampoco —apuntilló Santi.

—Te has escapado — aseguróManuel, aguijoneándole con los ojos. 

—No me he escapado.

Gerardo se defendió, con vehemencia de las dudas de sus amigos a pesar de que la mentira le ardía en la cara.

Las burlas de Miguel le mortificaban. Y a Santi le hubiera dado un puñetazo. Sabía cuanto le molestaba que le llamaran por su diminutivo; lo hacía a propósito para fastidiarlo.  

—Bueno, vamos, que se nos va hacer tarde. —medió Toño, que siempre ponía paz entre ellos. Toño, era el mejor amigo de Gerardo.

—No les hagas caso —le dijo al observar su rostro crispado, mientras se subían en las bicicletas—. Yo me alegro de que hayas podido venir. 

Gerardo le sonrío y le agradeció su apoyo.

Manuel y Santi encabezaron la marcha. Toño y Gerardo les seguían, intentado no quedarse rezagados.

Cuando divisaron los árboles del Cotarral, Gerardo respiró aliviado; estaba empapado de sudor por el calor y el esfuerzo. Pero Manuel, no se detuvo. Les condujo por un sendero que cruzaba el bosque y que terminaba en un paraje donde los árboles se desperdigaban por un pequeño cerro coronado por unas formaciones rocosas. Entonces, Miguel se bajó de la bici y les dijo con aire triunfal:

—Ya hemos llegado. 

Ilustración Graciela García Robles

Gerardo les advirtió que se habían alejado demasiado, pero ninguno hizo caso de su preocupación. Todos exploraba aquel paraje entusiasmados. Gozaban de la libertad de encontrarse fuera del alcance de miradas adultas.

—Subamos hasta las rocas más altas —propuso Manuel—.  Allí os daré una sorpresa que os he traído.

De nada sirvieron los ruegos de sus amigos para que les dijera en qué consistía la sorpresa. Manuel, sin soltar prenda, les hizo ascender hasta las peñas. Algunas tenían formas extrañas, otras se elevaban al cielo como si fueran cabezas de gigantes.  

Cuando llegaron arriba, Santi, impaciente, apremió a Manuel:

—Vamos, enséñanos la sorpresa.

Manuel buscó en su mochila y les mostró su tesoro: dos cigarrillos.

—¡Cigarros! —exclamó Santi — ¿De dónde los has sacado?

—Se los he cogido a mi padre. Están un poco arrugados, pero se pueden fumar.

—Pero, ¿tú fumas? —preguntó Toño, asombrado.

—Pues sí. No es la primera vez que doy unas caladas a algún cigarro.

—¿Los compartirás? —preguntó Santi.

— A ver, alelado. ¿Para qué crees que los he traído?

Gerardo no estaba muy seguro de querer fumar. Pero no se atrevía a negarse; tendría

que soportar, una vez más, las burlas de sus amigos.

Manuel sacó un mechero del bolsillo, uno de esos antiguos que llevan una mecha, y prendió un cigarro. No mintió, cuando dijo que no era la primera vez que fumaba: lo hacía con soltura y hasta se tragaba el humo.

Se lo fueron pasando entre risas y accesos de tos. Cuando apuraron el primero,

Manuel encendió el segundo.

Gerardo, al finalizar, se sintió muy mareado y con unas ganas tremendas de vomitar. Las piernas le temblaban y un sudor frío le empapaba la frente.

—Estás muy pálido— advirtió Toño.

— Solo estoy un poco mareado.

— Suele pasar la primera vez. Habrás fumado muy deprisa. Bebe un poco de

agua —le aconsejó Manuel, tendiéndole su cantimplora.

Bebió con avidez. Cuanto llegó el agua a su estómago la arcada se hizo

incontrolable. Vomitó allí mismo. Con gestos de repugnancia Santi le pidió que se apartara de ellos. Olía mal.

 Gerardo se separó y se resguardó tras unas rocas. Siguió vomitando hasta que su estómago quedó exprimido como un limón. Las arcadas no cesaban; el mareo tampoco. Pensó en buscar un lugar donde tumbarse, antes de volver con sus compañeros; quizás así se recuperaría antes.

Se alejó unos metros sorteando el follaje de brezos que surgían entre las piedras.  De pronto, el suelo desapareció bajo sus pies y se hundió en una grieta, oculta por el follaje.  Trató de sujetarse a las ramas que sobresalían, pero las arrastró en la caída.  El agujero se lo tragó.

Cuando chocó contra el suelo, no podía moverse. La pierna izquierda le dolía mucho. Pensó que la tenía rota. A pesar del dolor, intentó subir trepando por donde había caído,  pero las piedras estaban mojadas y, apoyándose en un solo pie, resbalaba una y otra vez descendiendo el poco trecho que avanzaba. Miró a su alrededor: por la luz que se filtraba entre las grietas pudo apreciar que  se encontraba en una especie de cueva. 

Entonces comenzó a llamar a gritos a sus amigos.

Pasaron los minutos sin que nadie apareciera.  Volvió a gritar pidiendo ayuda. Pero nadie llegaba  a auxiliarlo.

Gerardo comenzó a impacientarse. No se había alejado tanto como para que no escucharan sus voces desesperadas. Le extrañó que Toño, viendo que no regresaba, no hubiera ido a buscarlo.

Tengo que ser valiente, se dijo. Y volvió a gritar pidiendo auxilio.

La esperanza de que sus amigos llegaran para rescatarlo se fue desvaneciendo según iban pasando el tiempo, y la angustia fue erosionando su valentía. Se daba ánimos pensando  que habrían vuelto al pueblo para decírselo a sus padres y que ellos vendrían a sacarlo de aquel horrible lugar.

El silencio y el frío le rodeaban. Y sombras siniestras suspendidas en la penumbra

que le rodeaba. De pronto una de ellas, mucho más negra y terrible se movió entre las demás. Gerardo, a punto estuvo de dejar escapar un grito si el terror no le hubiera paralizado la garganta el recordar la cancioncilla que le cantaban de pequeño.

“Duermete niño que viene el Bú…

 Aquel ser sacudió las alas emitiendo un siniestro sonido con su terrible pico. Lo reconoció al instante. Lo que le contó su abuela cuando era pequeño no era un cuento asustaniños: el Bú  existía de verdad.

Un escalofrío le recorrió la espalda y un líquido caliente bajó por sus piernas: se orinó  de puro miedo. Aterrado, se tumbó en el suelo rezando para que no le viera. Se cubrió la cabeza con las manos como si esa pequeña defensa pudiera protegerlo.

Así mantuvo inmóvil mucho tiempo. Cuando reunió el valor suficiente para abrir los ojos y levantar la cabeza, le buscó en la oscuridad: había desaparecido. Pero no dudaba de que estaría escondido en algún lugar de la cueva; seguro que era su guarida.

La pierna le dolía cada vez más. Comenzó a llorar sin hacer ruido. No podía soportar ese horrible silencio que como una enorme bocaza  parecía querer tragarle. Si no le sacaban pronto de allí, pensó que se volvería loco, como le ocurrió a Tasio, que, según contaban, perdió la razón y se quedó “lelo” desde el día que  le metieron en un cuarto oscuro lleno de ratas por desobediente, cuando era un niño pequeño. Él  se encontraba en esa situación por la misma causa.

Gerardo hubiera deseado poder hablar en alto para escuchar una voz familiar, aunque fuera la suya.  O cantar. Su madre decía que cantando se ahuyentaba al miedo. Pero no se atrevió ni a intentarlo, ni siquiera susurrando. El  Bú podría oírle y entonces sí que sería su final.

En aquellas angustiosas horas, se arrepintió mil veces de no haberse quedado en casa, de no haber hecho caso a sus padres. Pensó en el tremendo disgusto que tendrían sus padres y los preocupados que estarían. Su abuela también. Pero ya de nada le valía lamentarse. No le importaba el enorme castigo que le esperaba, tan solo deseaba con todas sus fuerzas que le sacaran de ese horrible lugar.

¿Y si no me encuentran? ¿Y si me muero de hambre y de sed? ¿Y si él Bú vuelve, se preguntaba cada vez más desesperado.

Apartó esos pensamientos de su cabeza. Su padre llegaría en cualquier momento. Estaba seguro.

Gerardo observó que la penumbra era cada vez era mayor. Sin duda estaba anocheciendo. Pensar en pasar allí la noche le provocó una nueva oleada de angustia.  “Me moriré, estoy seguro de que me moriré”, pensó aterrado. 

Un murmullo le hizo ponerse alerta. Algo se movía en la oscuridad.  Gerardo agudizó el oído. El murmullo se repitió de nuevo. No, no era un murmullo, era aquel horrible silbido del Bú.  Aterrado vio como la sombra se acercaba, con sus enormes alas extendidas y mirándole  con sus espeluznantes ojos de fuego.  Entonces se desmayo.

Gerardo despertó en su cama. Sus padres le contaron que le encontraron desvanecido. Quizás por eso, no escuchó sus voces llamándole. No le pidieron explicaciones de su escapada, ni siquiera le riñeron ni le impusieron castigo por su desobediencia.

La fractura de la pierna le obligó a aguardar reposo varios días. Sus amigos fueron a verlo y le preguntaron muchas veces qué es lo que ocurrió en la cueva. Pero Gerardo nunca les contó el mal rato que había pasado. Ni siquiera a Toño. La sombra que tanto le asustó eran, sin duda,  las de su padre y la de las personas que acudieron a rescatarlo. Y los ojos del Bú, no eran más que las linternas con las que se alumbraban.

Al parecer, la cueva tenía una entrada.

Gerardo se reprochó haberse dejado impresionar por viejas historias de personajes fantásticos que jamás habían existido. Hasta que pudo levantarse y contemplarse en un espejo: un mechón de pelo blanco le cruzaba el flequillo.

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