BOSQUE PRIMIGENIO por Mavi Govoy

Imagen tomada de Pinterest

El eufórico ministro de Movilidad e Infraestructuras anunció el arranque de la construcción de la última autopista proyectada. Lo presentó como una magna obra de ingeniería civil que concluiría la modernización de la nación y facilitaría las comunicaciones y el trasiego de mercancías. Habría un antes y un después. Ese camino de asfalto los conduciría más allá de la modernidad, hasta la cúspide de las grandes construcciones humanas, haría de ellos un referente internacional, los situaría en el mapa, todas las naciones los admirarían.

La nación vibraba de entusiasmo y se imaginaba un futuro luminoso. Los turistas vendrían en oleadas gracias a la comodidad de sus vías de comunicaciones, traerían las billeteras llenas y se dejarían cuanto trajeran a cambio de productos típicos. Se volverían una potencia comercial y turística.

Las pocas voces críticas en contra del proyecto fueron silenciadas. Solo un puñado se atrevió a protestar con la peregrina ocurrencia de que el proyecto atravesaba el único bosque primitivo que quedaba y dañaría un ecosistema como no lo había en ningún otro lugar del planeta. Pero ¡a quién le importaba el bienestar de las ranas cornudas y los escarabajos de terciopelo cuando el proyecto prometía acabar con la pobreza endémica de la población!

Se decidió cazar un par de docenas de cada especie y entregarlas a algún parque zoológico, y se nombró una comisión de control que se cerciorase de que los animalitos gozaban de un ambiente acogedor en su nueva residencia. Y así acabaron con las protestas. Ningún bosque milenario podía obstaculizar el bendito progreso que traería riqueza y bienestar para todos.

El día que el ingeniero jefe, acompañado de un sinfín de prebostes y empresarios que querían salir en la foto, entró en el bosque para marcar los árboles que había que arrancar, hubo cámaras de cientos de rotativos y cadenas de televisión nacionales y de otros países que no dudaron en inmortalizar el evento. Hubo discursos grandilocuentes, brindis y aplausos, y cuando la cuadrilla se perdió entre los árboles hubo vítores y banderas agitadas al aire.

Ninguno regresó. Ninguno salió del viejo bosque.

Al día siguiente se envió una nueva cuadrilla acompañados por una dotación de policías. Tampoco volvieron.

Por tercera vez se envió a gente a marcar los árboles condenados, esta vez con la asistencia del ejército. Se perdieron igual que los anteriores.

Por último se hizo venir a la última funcionaria del estado y se la conminó a averiguar el paradero de los desaparecidos. La joven, de grandes ojos que las gafas redondas hacían parecer aún más grandes y con un pelo corto y fosco que crecía en todas direcciones y le daba aire de estar recién despertada, entró al bosque acompañada por un cámara y varios expertos del ministerio de Movilidad e Infraestructuras, todos ellos prescindibles, pues el ministro ya estaba harto de perder gente importante.

Fue un paseo inolvidable, dantesco e inolvidable, pero encontraron a todos los perdidos.

Todos estaban allí, atrapados dentro de los árboles o quizá devorados por ellos o simplemente -si es que puede tildarse de simple una transmutación semejante- convertidos en árboles como los que hubiesen sacrificado sin cuestionamientos ni reparo. Los encontraron porque sus figuras, deformadas, y retorcidas, pero todavía reconocibles, marcaban y daban forma al tronco de los árboles. En algunos los brazos alzados y estirados formaban las primeras ramas, en otros las piernas combadas eran nudosas raíces aéreas, a algunos los dedos se les habían alargado para formar un conjunto de ramas finas acabadas en inflorescencias, pero en todo los casos la cara persistía en nítido y bien definido relieve sobre el tronco del árbol.

Los expertos del ministerio quisieron abandonar y correr fuera del bosque y el cámara lloraba en silencio, la joven funcionaria insistió en continuar hasta encontrarlos a todos. El último de ellos fue el ingeniero jefe. Lo reconocieron porque había salido en todos los noticiarios, aunque su cara en el árbol estaba deformada por el pánico y tenía los brazos -ahora ramas- cruzados por delante de la cara. Miraba hacia el interior del bosque. Algunos otros también miraban hacia delante, pero la mayoría había intentado huir y habían sido atrapados con el rostro dirigido hacia la linde del bosque.

Cuando regresaron, la última funcionaria se aclaró la voz y dijo al ministro que la magna autopista tendría que dar un rodeo y evitar el bosque porque habían descubierto que el lecho de este era pantanoso y que no aguantaría la cimentación.

El ministro se echó a reír. Era político desde hacía años, pero se había leído los informes técnicos y sabía que la joven mentía.

–La autopista atravesará este bosque aunque tenga que talarlo yo mismo –dijo.

Fueron sus últimas palabras.

Aún hablaba cuando las primeras briznas se enroscaron en torno a sus lustrosos zapatos y sus tobillos revestidos con calcetines negros de algodón orgánico. Con una velocidad endiablada las hierbas se alargaron, se espesaron y se convirtieron en madera que atrapaba al señor ministro hasta la cintura. Algunos de los expertos tiraron de sus manos y trataron de liberarlo, pero las briznas eran imparables, cubrieron su pecho, alcanzaron cuello y hombros, se extendieron por los brazos y los expertos del ministerio, horrorizados, retrocedieron y abandonaron a su jefe a su destino.

En cuestión de minutos, un castaño grande y majestuoso cubría con su sombra a los funcionarios. En el tronco, los nudos y las estrías de la corteza moldeaban un rostro angustiado de ojos muertos.

Ese mismo día se acordó desviar la magna autopista y respetar el viejo bosque, el motivo alegado fue el del pantanoso suelo capaz de tragarse a los desaparecidos sin dejar rastro.

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